Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Y, efectivamente, quedamos citados para la mañana siguiente. Salí de mi casa como si me llevaran al patíbulo. Un temblor nervioso agitaba todos mis miembros. i legamos al hangar, donde estaba resguardado el volador, y D. Antonio empezó su explicación. 1 biplano aquel me hizo el efecto de un tendedero de ropa puesta á secar al sol sobre un armazón extraño y complicado, con cuatro ruedas. Me enseñó el motor y su manera de funcionar y después se puso una blusa ceñida, una gorra peluda y unos anteojos muy grandes. ¡Parecía un deshollinador! -Aquí, el único inconveniente- -me decía- -es que se presente un pan en el motor. ¿Un panf- -dije yo. -No pase usted pena; si se presenta un pan, me lo como en un verbo. Hechos los preparativos consiguientes, ejecutó un vuelo de diez minutos, el cual dio al traste con mi habitual prudencia y me produjo un entusiasmo indescriptible- -Ahora, futuro primo, va usted á volar conmigo. Me colocó delante, entre sus piernas; funcionó el motor y nos lanzamos al espacio. Sensación de delicia y de vértigo extraño. El ruido del motor crispaba mis nervios. Me tranquilicé un poco y miré. ¡Qué grandiosa emoción! A medida que nos elevábamos, veía entusiasmado cómo los campos se empequeñecían, se desvanecía el paisaje y huían las casas y las gentes, galopando en fantástica ronda, según eran nuestros movimientos. Al caüü üc unos doce minutos, dijo Pescozones; mi traje de aviador, saliendo una mañana por los aires, solo y atento únicamente al manejo del motor. Una multitud de personas presenció mi salida, aplaudiendo estrepitosamente. Al princi 3 Ío todo marchó á pedir de boca y el biplano subía y más subía por el espacio. Mi alma estaba henchida de alegría. Miré el reloj, pasado un rato, y vi con asombro que llevaba en el aire, sin sentir, cerca de una hora y que la altura ganada era más que suficiente para darme el triunfo. Maniobré con decisión para el descenso y, cuando ya me faltaba poco para aterrizar, zas! dio la voltereta el aparato y agiiaticé en medio de la bahía con un estréiDÍto horrible. Dos costilüís rotas, un remojón tremendo y quince días de cama fueron el resultado de mi empresa; ¡y gracias! En seguida puse á Doloretes este telegrama: Ganado record altura; niéganme premio por caída. Empresario pide pague desperfectos; manda fondos. Y hasta hoy nadie me ha contestado y estoy á descuento para indemnizar al empresario, que es un tuno. Regresé á Madrid, fui á casa de mi novia y, á vuelta de mil rodeos, me dijo su padre que no podía consentir que su hija se casara con un lisiado como yo. i Qué desengaño! Luego supe que Doloretes tenía compromiso de matrimonio con su primo Pescozones, y mi desesperación no tuvo límites. ¿Hay alguien en el mundo más desgraciado que yo? ¡Si lo hay que levante el dedo! Aj- ra vamos á parar el motor y con un vuelo planeuuo tomaremos tierra; que dicen aterrizar los aviadores. Y, en efecto, planeamos; pero con tan mala fortuna que, dando una horrible voltereta, fuimos á dar en tierra con nuestros huesos y quedamos magullados hasta más no poder. Los periódicos citaron mi nombre con encomio, diciendo que yo era una esperanza para el arte de la aviación por mi serenidad y gran valor. Estos bombos me hicieron perder la chaveta. Me hice hombre célebre, me buscaron y me ofrecieron dinero. Doloretes me fascinaba con sus palabras y sus inocentes promesas, hasta que, á vueltas de mil amaños y rodeos, me invitaron á batir el record de altura en San Sebastián. Me propnrcionaron un biplano y héteme allí, con Me he caído desde el cielo de mi dicha hasta la tierra, que es caer; se me ha roto el alma, que es romperse, y me han dejado cesante, que es fastidiar. Yo necesito un destino para no morirme de hambre, aunque sea el de ama seca. Ricardo González Icaro, para servir á ustedes. Tengo el gustó de participar á mis lectores que un bondadoso señor que tiene dos hijos, de diez y doce años, respectivamente, los ha puesto al cuidado del pobre Icaro, que así ha visto cumplidos sus deseos. Todas las tardes- -si el tiempo lo permite- lleva los chicos al Retiro, se sienta en un banco y les deja jugar y corretear por aquellos sitios deliciosos, ejerciendo filosóficamente su papel importante de preceptor, ó de ama seca, como él dice con melancolía. ¿Quieren ustedes conocerle. Pues ya saben dónde poderlo encontrar. FELIPE M A T T I E Dibujos de Medina Vera