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j t- j -Í. Í. DESDE EL CIELO A LA TIERRA p iCARDO González y Caro, para servir á ustedes; aviador de la escala de reserva... mejor dicho, retirado; no quiero volver á las andadas. Tengo rotas dos costillas, aunque soy soltero, y ando un poco cojitranco por esos mundos de Dios, porque... pero no adelantemos los sucesos. Yo tenía un modestísimo empleo que me daba ¡mil pesetas al año! Con este dinero casi comía y casi vestía, aunque parezca mentira. Soy joven y mi figura no era despreciable; pero la ambición y el amor me han reventado en absoluto, como ustedes verán. Doloretes ha sido la causa y el origen de todas mis desdichas. ¿Que quién es Doloretes? Pues una valenciana morenita, pálida, de talle esbelto, con unos ojos incomparables y un cutis de raso. La vi un día en la calle de Alcalá; me miró fijamente y, como si hubiera recibido un tiro en el corazón, quedé preso en sus redes, enamorado como un borrego. Su padre- -que la acompañaba, -hombre viejo, de 2; esto avinagrado, me miró de mala manera; pero yo eguí, impertérrito, la estela luminosa que al andar lejaba Doloretes. ¿Quién me mandaba á mí meterme en libros de aballerías? Nadie absolutamente; pero era sin duda ü destino. Kmpecé á seguir sus pasos todos los días; la hice 1 amor por lo fino, y por fin me indicó que se hacía tfeciso hablar con su padre. Una tarde, prendido de los pocos alfileres de que odia disponer- -no llegaban á los veinticinco reglaicntarios, -subí las escaleras de la casa de mi novia me hallé en la presencia de mi futuro suegro, que unca llegó á serlo. lístuvo conmigo muy amable- ¡mala puñalada le den! -y me dijo que no quería contrariar la naciente pasión que su hija sentía por mis humildes pedazos. ¿Con qué dinero cuenta usted, caballero, para áostener á mi Doloretes decorosamente? Le dije lo de las mil pesetas al año con aire de importancia, para que no creyese que yo era un pelagatos, y se puso hecho una furia el muy animal. Por fin se tranquilizó, indicándome que todo podría arreglarse si vo buscaba con mi trabajo un sobresueldo resillar. -c Cómo se llama usted? -me preguntó. -Ricardo González y Caro- -le contesté. ¿Y Caro? Pues tiene usted en su segundo apellido la indicación providencial de un brillante porvenir. ¿Usted sabe quién era Icaro -No señor- -le repliqué, -no me lo han presentado. -Es usted un ignorante, hombre. Icaro fué un personaje mitológico muy célebre, porque quiso volar con alas de cera; subió muy alto, se fundió la cera con el calor del sol y se dio el pobre el batacazo número uno. -Pues no comprendo qué tiene que ver esto con mi brillante porvenir. -Si, hombre; si usted se dedica á la aviación, una de dos: ó se rompe la cabeza ó gana el premio de altura, se hace usted un personaje y Doloretes es suya. -Pero si yo no entiendo una palabra ds aviación, ¿cómo voy á empezar esta nueva carrera? -Quien no se arriesga no pasa la mar. No se apure usted. Yo tengo un sobrino que es competente en la materia; él le dará á usted lecciones teórico- ijrácticas. Yo- -francamente- -salí de aquella casa con el alma en un hilo, pensando la manera de esquivar una profesión tan peligrosa. ¡Como que todos los días leo en los periódicos que algún aviador se ha hecho una tortilla! Pero el hombre propone y Dios dispone. Al día siguiente tuve una entrevista con Doloretes y me dijo, con insinuantes y dulces miradas: -Es preciso, l icardo, que te dediques á la aviación. Si no lo haces, nunca seré tuya. A mí no me gustan los hombres cobardes. Y no tuve más remedio que apechugar con mi nuevo oficio y decir que sí con harto dolor de mi corazón. Antonio Pescozones, sobrino de mi suegro in pártibus, era un mocetón alto y recio, muy bruto él y bastante borrachín. Me- aseguró que el porvenir de los hombres de pelo en pecho estaba en la aviacién. -Pero, si yo no sé manejar esos aparatos ni tengo costumbre de volar por los aires. JMe voy á marcar! -No sea usted gallina, hombre. ¡Ya verá qué cosa más agradable resulta el volar como los pájaros. Yo le enseñaré á usted un aeroplano. Es una cosa preciosa y su manejo la mar de sencillo. -Pues nada, manos á la obra; estoy á sus órdenes.