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que su afán era saborear el deleite de revolver en sus inmensas riquezas que en monedas de oro guardaba en una arca de hierro más grande y pesada que la peña que arrastró Sisifo. No tenía, pues, más amor que para su arca repleta. Sus hijas oían á veces el sonido de las monedas que contaba, avaro, una á una, recreándose al verlas brillar y rodar... Un día en que Rosaura y Clarisa, palpitantes de juventud y ansiosas de los goces del amor, platicaban con sus novios en el jardín, vieron aparecer á su padre, que, sorprendiéndolas en tal coloquio, con la mirada feroz y el gesto de un endriago las mandó subir al palacio, donde las encerró en una estancia obscura, teniéndolas allí muchos días y muchas noches por tan liviano motivo, con los ojos arrasados en lágrimas y el corazón destrozado por el dolor... Aliarda y Zenobia lloraban también y pedían á su padre que cesara el encierro de sus hermanas; pero el fidalgo, sordo á los lamentos cuando tal merced de él rogaban, huia al cuarto donde el arca mostrábale el brillo del cuantioso oro que encerraba. Los mancebos enamorados, de acuerdo con Zenobia y Aliarda, consiguieron una noche, en ocasión que el viejo hallábase revolviendo en su oro, libertarlas de la prisión que por amor padecían, y las llevaron sobre el cuello de sus caballos á un convento, donde las depositaron doncellas como eran. Sus semblantes, demacrados por tanto penar, sonreían gozosos, y sus labios, lindo pozo de lágrimas amargas, gustaron la dulzura de unos besos castos. El padre, al enterarse de la fuga, encerró á las otras bijas en una estancia más obscura, que tenía puertas de hierro y ventanas de gruesos barrotes, y allí también las tuvo muchos días y muchas noches embargadas en llanto profundo... Y el avaro, vuelta á gustar del deleite de contar y recontar sus monedas, su único amor, que, como tanto era su brillo, ponía ante sus ojos un reflejo que le cegaba y á su corazón una capa del mismo metal del arca, arca de hierro fundido, sacado de las venas sin sangre de los peñascos duros. Era, pues, un tirano, mis juglares y amigos, más tirano que un monstruo, indigno de perdón, aunque un día, arrepentido, vistiese su cuerpo con el hábito de ermitaño al pie de un altar. ¡Bien distinto á los fidalgos de su tiempo, que conquistaban coronas de laurel, sonrisas de sus damas y deponían su clava, como Hércules, ciñéndose una rueca al lado de Onfalte... Otro día, también Zenobia y Aliarda fueron libertadas por los novios de sus hermanas y conducidas á casa de su madrina, que las colmó de halagos y dulces caricias. El padre, al saberlo, como no tenía más hijas que encerrar, se encerró él junto á su arca, libre de otras preocupaciones que no fueran sus monedas redondas, brillantes, que al acariciarlas con sus dedos rapaces sonaban como las campanillas de un viril. Contemplándolas se pasaba los días y las noches, ajeno á todo, con el cuerpo inclinado sobre el arca... y un día, ¡bendito sea Nuestro Señor! -Alabado sea- -dijeron los oyentes descubriéndose llenos de unción. ...cuando más lleno de gozo se hallaba, con febril deleite apilándolas y haciéndolas sonar, contándolas, mirando y remirando, con la cabeza sobre su oro, la tapa de hierro cayó bruscamente y le decapitó... Un murmullo largo, inarmónico, como si el aleteo de un ave les colmase de auspicios, produjeron los romanceros y juglares con sus exclamaciones de asombro. -Cuando sus hijas entraron en la estancia- -continuó Guiomar -lo primero que vieron fué el tronco ensangrentado tendido al pie del arca; ésta estaba cerrada, dentro la cabeza, y como la cerradura era secreta y sólo él conocía su mecanismo, allí quedó arca, oro y cabeza, enterrando sólo el tronco podrido... Rosaura y Clarisa, AHarda y Zenobia eran dueñas de un tesoro mayor: las dos primeras, del corazón de sus amantes las otras dos, de la libertad de querer al doncel que las pretendiese. ¿Y el arca? ¿Y el oro? -preguntaron á la vez dos ciegos. -El arca fué abierta algún tiempo después, y había dentro una calavera; y el oro aquel, rubio, bañado por la sangre de tan cruel avaro, trocarase en metal negro y despreciable, sin valor y sin sonido. Luego de una pausa, que los oyentes aprovecharon para hacer comentarios, Guiomar acabó de esta manera: -Ahora que ya conocéis la historia, podéis marcharos á rimar vuestros romances, ajustándoos á lo que os relaté, que comienza en amores y termina trágicamente. Y ved como hay en ella, no sólo amor y castigo, sino también caballeros libertadores y valientes, que bien pueden ser los héroes de vuestros versos; amor que los guía, que debéis ensalzar; el crimen del padre al oponerse á que las blancas rosas del ensueño que crecían en los pechos de sus hijas perfumasen sus almas, y la justicia divina, por último, y el donaire después, al aparecer su calavera monda entre las monedas trocadas en metal. -i ¡Todo es mentira! -gritaron unos pastores y jayanes que aparecieron de pronto tras una robleda, donde se hallaban escondidos. ¡i No haced caso á Guiomar, que es un l o c o ¡i Nada de eso aconteció! ¡i ¡Es mentira! I! Guiomar, descendiendo con una serenidad profética del peñascal desde donde había hablado, internóse en un bosque y desapareció. Los pastores y jayanes seguían diciendo á gritos que la historia era falsa, que Guiomar era un loco. Y un ciego bergantiñán, el que cubría sus guiñapos con amplio ferreruelo y por debajo llevaba la zampona que le abultaba como una chepa grotesca, con una remota altivez, en un tono de primitiva salmodia, dijo: -i ¡Y qué os importa á vosotros que sea mentira, si es bella, y qué os importa que sea cuento, si puede ser historia! Hemos de cantarla en nuestros romances, y, -al oírlos, lloraréis vosotros los villanos y fruncirán el ceño los fidalgos. Y monte abajo, parloteando jocundos, descendieron todos para coger los caminos reales que habían de conducirles á sus tierras, dispuestos á pregonar en romance aquella relación, que había de divulgarse fatalmente por toda la lluviosa Suevia... Guiomar era un poeta que tenía nomjbre de princesa, y supiera tejer con maña y gracia una bella y larga mentira. PRUDENCIO C A N I T R O T Dibujo de Méndez Bringa