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y frío en los huesos, como pondrá en vuestras cantigas, si de ello hacéis uso, tan justa y cierta veracidad como luciente y abrasador es el sol y clara y mansa es la luna... Romped los cartelones grotescos, tirad los romances vulgares, que así que tejáis con lo que yo os cuente otros, han de llorar al oirlo los villanos y fruncirán el entrecejo los nobles, que de éstos os haría yo escuderos, como lo fué Macías de Villena, si no fuerais piojosos, ciegos, malos copleros y cortos de ingenio, que es lo que yo os b r i n d o Así dicen que gritó un viejo cierto día desde lo alto de un monte, alzando tanto la voz, que su eco corrió por valles y cañadas, á través de bosques y de ríos, llegando á oídos de los requeridos que, atendiendo al llamamiento, se congregaron á su alrededor dispuestos á escuchar la relación que les había de servir para rimar nuevas coplas, que cantadas por toda la vieja Suevia, habían de poner espanto en las almas y frío en los huesos. Fuese cierto ó no- -que de ello nada dicen las crónicas y sí las ancianas fadas, á las que preciso es creer si queremos nos relatar esta historia ó cuento, -el hecho es que en una aldea recóndita y verde que se asienta entre pinares y penedos, allá hacia los montes del Barbanza, se congregaron todos los que de romería en romería, de aldea en aldea y de Pazo en Pazo, cantan y recitan por la pitanza y la limosna. Los había viejos, vestidos con capas de junco y capotes de infante; jóvenes con las cuencas de sus ojos vacíos y las bocas sonrientes; tipos deformes, con el belfo caído, llevando á la espalda rabeles y violas; mozas que acompañaban á unos y otros repitiendo la salmodia de los cantares; rapaces truhanes de hirsutas melenas trasquiladas, y unos calzaban zuecos 3 otros iban descalzos; los rapaces, con plumas en los sombreros; ellas, con dengues de descolorida grana, y en los labios de todos florecía la voz melosa, hecha á cantar querellas y cantigas y á contar la cuita de sus l ropias penas, con igual mansedumbre que llevaban al zurrón la negra borona de la caridad. N o conocían, como los juglares de otros tiempos, las historias de Bernardo del Carpió, ni la de los supuestos héroes de caballería y menos aún el romancero de J u a n Alfonso de Baena. Su musa silvestre apañaba los hechos más truculentos que acaecían en las encrucijadas y en los bosques, donde una cruz indicaba más tarde el suceso sangriento, cuyos detalles llegaban á ellos confusos y maltrechos. Y es que la juglaría- -llena de roñas y miserias- -había descendido, perdiendo su esplendor y su halo poético, después de la conducta poco noble de sus ascendientes, que, faltos de los recursos que los fidalgos les proporcionaban, veíanse precisados á vivir de la plebe y á caminar errantes, con el zurrón exhausto y la gabeta flaca; después de aquella época en que los nobles, como dijo el Arcipreste, delante de sus juglares, como homes honrados se veían lira aquel viejo alto y fornido; parecía un señor de la edad medioeval; hombre ai) asionado, intrépido, gigantesco como una creación de Ariosto. Su nariz aguileña se juntaba con la barbilla formando alicate. Llevaba aretes en las orejas y su nombre era de mujer. Llamábase Guiornar, y tan misteriosa era su vida como la profunda mirada (le sus ojos. Cuando tuvo congregados á los que atravesando breñas y caminos respondieran á su llama- miento, subiéndose á un alto peñascal del monte, los reunió á su alrededor. El sol le iluminaba el rostro, bruñendo la punta de su nariz. Los gritos de los juglares y romanceros, como aullidos de una trailla bulJiciosa, resonaban entre los penedos y bajo los pinos. Guiomar, á la manera de un apóstol, levantaba orgulloso su frente, donde el aire movía unos cabellos blancos. Sus ojos penetraban en el valle que se oteaba desde lo alto... Dentro del misterio de las cuencas vacías de los ciegos había así como un suave resplandor, y los ojos de otros, sin pupila, brillaban como ágatas. Las miradas de los rapaces y de las mozas eran de asombro, y la de los demás era una mirada cautiva de la del viejo, misteriosa y profunda. P o r fin, todos se acomodaron; se hizo el silencio, y Guiomar entonces habló de esta guisa: ¿P o r qué en vuestras canciones no ensalzáis el valor de los héroes... Y el a m o r ¿por qué no cantáis al amor? ¿Por qué sólo relatáis crímenes y por qué la sangre mancha vuestros groseros cartelones y vuestras simples coplas, donde ya no brilla ni el donaire... -Señor- -contestó un ciego anciano que llevaba bajo su ferreruelo la zampona, que le abultaba como una chepa grotesca, -no cantamos el valor de los héroes, porque héroes ya no los h a y olvidamos el amor, porque hoy es falso todo él; lelatamos crímenes, porque abundan como las pinas en los pinares y las moras en las zarzas, y en cuanto al donaire, le llevamos siempre en los labios, que mientras éstos no se sequen, hemos de hacer que los digan, que es fontana de risas la gracia de nuestros labios. -i i ¡E s v e r d a d! i ¡i E s verdad! -gritaron todos, produciendo sus voces un murmullo arecido al de las hojas secas sacudidas por un viento de tragedia. Luego Guiomar habló de esta docta m a n e r a -Convéncenme tus razones, ciego bergantiñán, que por boca de tus camaradas contestas á mis preguntas; pláceme que desconozcáis á los Amadises y Roldanes, Esplandines y Reynaldos, á Rosa Florida y á Don Duardos, que ior valentía y amor fueron cantados, porque yo os voy á relatar lo sucedido bajo las tejas de aquella casa hidalga, arrodeada de almenas, que allá se alza en el fondo del valle, que vale por cuanto antaño y hogaño pudiera acontecer... Oídme atentos, para que luego vuestras coplas se ajusten á la verdad... E n todos los rostros se reflejó el interés. Los ciegos, con la cabeza levantada y con una mano doblando la oreja, aparecían extáticos, con la boca abierta. -Vivía en ese palacio- -continuó Guiomar- -un fidalgo viudo, más labriego que fidalgo y más avaro que noble, que tenía cuatro hijas, las cuatro bellas como las alboradas de Mayo y los pim 50Ilo s de A b r i l eran buenas como el pan y blancas como las blancas azucenas. U n a llamábase Rosaura; otra, A l i a r d a la tercera, Zenobia, y la última. Clarisa. Tuvieron todas por madrina á una doncellueca que las bautizara tan lindamente como oís, sin sos echar que sus nombres, desengarzados de viejos romances, iban á servir para que vosotros exornéis con ellos unos nuevos. Rosaura y Clarisa tenían novio: dos mancebos de casas infanzonas de este contorno, y eran por ellos amadas profundamente, y sabían ellas corresponderÍes con igual amor. El padre lo ignoraba, y es