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por los ardores del estío, comenzó á enflaquecer, dobláronse sus ra- mas, y sus lucientes hojas, de tan obscuro verdor, se pusieron resecas y amarillentas y se llenaron de herrumbrosas salpicaduras. Don Cañamón se puso muy triste, y cierta mañana, abierta la cápsula que lo contenía, dio con su redonda humanidad en el santo suelo. Cuando volvió de su pasmo, notó que un bando de pardos y alegres gorriones piaban en torno suyo; y no sólo que piaban, sino que estaban engulléndose á sus desventurados compañeros. -i Dios mío! -exclamó. ¡Líbrame de estas voraces aves! Dios le oyó y amparó su desventura con una hoja que, tapándole, le salvó del peligro. Transcurrió un día más y Don Cañamón se cansó de estar oculto, por lo cual tornó a sus súplicas, solicitando de Dios que le condujera á la claridad del espacio. Sopló el viento en seguida, fuese la hoja en un torbellino y Don Cañamón, arrebatado por las patas de una caprichosa mosca, comenzó á caminar hacia el cielo. ¡Qué dulce balanceo... ¡Cótno, según subía, se iban empequeñeciendo las cosas de la tierra... Allá, en lo hondo, se quedaba el pueblo. La torre parro. quia. 1 emergía de entre las modestas casas como el mástil de un pobre y desvencijado navio. Los campos también se achicaban y los barbechos en rastrojo, cubiertos por las pajizas briznas, relumbraban al sol y parecían alfombras de oro. Al fin, tanto subió Don Cañamón, que tuvo miedo y volvió á importunar á Dios con nuevas solicitudes para qué lo librara del riesgo inminente de ser precipitado y estrellado contra el suelo. ¡Concédeme, oh, Señor de todo lo criado- -decía con mil congojas, -concédeme que yazga en un sitio tranquilo y humilde, ni tan alto que el sol cercano níe desvanezca y las miradas de las estrellas taladren candentes mis entrañas, ni tan bajo que sea la pobre tierra, donde el lodo puede sepultarme y la piedra machacarme y el pájaro devorarme... Y Dios, que es la suma bondad, hizo que la mosca descendiera hasta el rincón de un viejo granero y que allí depositara blandamente á Don Cañamón en la tela sutil de una laboriosa araña. Cierto día charlaba el cuitado con el biche jo, y como á éste le placían mucho las historias, hubo de contarle sus malandanzas. El sol del otoño, riente y plácido, filtrándose por una grieta, caía sobre la tela del insecto y hacía el milagro de convertir sus hilos en hebras de finísimo oro. ¿Te ampararon los hombres en tus apuros? -exclamó la araña suspendiendo un momento su trabajo. -Me amparó Dios- -contestóle Don Cañamón. -En la desventura, los hombres manan burla, y menosprecio; sólo Dios es manantial de caridad hasta para el grano de polvo... JOSÉ A. LUENGO. EL PRINCIPE KASKARRABIAS CONTINUACIÓN 7. El rey X, al enterarse de la provocación, tembló. 8. Conducido á su palacio, mostró á sus vasallos el pergamino. cMi -Í V r- í Xí- W 10. El Rey envió emisarios con una wmV de su puño y letra. 9. No había tiempo que perder; e divisaban puntos negros. ¡Malo! II. La respuesta fué una lluvia deflechas, que cesó al capitular. 12. E l príncipe avanzó sin acordarse del aviso del Rey X. Continuará. 58-