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Ji: ¡5 síg Vi EL NOGAL i. todas las nostalgias de aquellos alegres años de libertad de mi infancia aldeana, la más fuerte es la del nogal de mi huerto, del gigantesco nogal cuyo dosel de verdura cubría de sombra, apenas perforada por el sol, el suelo del huerto; se desbordaba en soberbia magnificencia por encima de las tapias 5 del tejado rojo de nuestra casa, temblaba con un rumor de oleaje á las ráfagas del rudo viento de las mesetas castellanas, se matizaba en otoño de tonos multicolores, desde el oro viejo al cobre ardiente: renacía en primavera con toda la gama de los verdes, el color de las galas de nuestro mundo... El recuerdo del gigante familiar me hace sentir de nuevo con la dulce y vehemente fuerza de mi corazón de diez años. Con el libro escolar en la mano, me sentaba al ie del recio tronco de corteza rugosa y quería fijar mi atención en las páginas áridas: pero la mirada y la imaginación revoloteaban baje la bóveda de follaje que en plena luz, vista al través, tenía transparencias de esmeralda. En verano, una muchedumbre de esos insectos de pequeñ- a caparazón, roja y brillante como un barniz, salpicada de motas negras, bajo la cual guardan alitas de gasa, invadían las hojas, semejantes á una población exó tica y pasajera; después volaban para no volver sinc al ofro año. Los habitantes perennes eran los pájaros, los cantores matinales que permanecíaií aún más tiempo que las efímeras hojas y se aprelabar unos contra otros, en móvil hilera, á lo largo de lai. ramas, despojadas ya. En Octubre, mi madre, mis hermanos, el viejo vecino Antonio JMartín, nuestra criada Carola, á quien me parece estar viendo con su saya verde llena de remiendos y sus grandes zarcillos dé oro, que brillaban al sol balanceándose á cada movimiento de su cabeza, y hasta la pobre abuela Margarita, á cuyos nietecillos daba mi madre de comer en justo pago, acudían á recoger las nueces en grandes cestos, ¡Parecía que no íbamos á terminar nunca! Tan pródigo, tan fructífero era nuestro árbol; los enormes perales, los manzanos, los guindos próximos de anticipado frutó, en su comparación no parecían sino arbustos. Cuando llegaba el invierno y las nieyes nos recluían en la humosa cocina, donde las llamaradas del hogar bajo hacían brillar el caldero suspendido de las llares, la. loza amarilla del vasar, el farol colgado en un ángulo, las herramientas de mi padre, como en un cuadro de Teniers, á mí me gustaba asomarme á la pequeña ventana, con dos barras en cruz, que daba al huerto, alfombrado de nieve, y mirar el nogal desnudo con una línea blanca y brillante siguiendo el contorno negro de cada rama. Algunas noches, en mi caliente cama, oía silbar, rugir y suspirar el viento entre el ramaje. Y la misteriosa voz de los elementos resonaba en mi corazón, despertando en él extraños temores; recordaba los cuentos de lobos, de nieves y de brujos de la abuela Margarita, cuando nos agrupábamos con sus nietos en torno suyo junto al hogar, después de la cena, mientras ella hacía media y Carola fregaba los cacharros con el oído atento á las fantásticas consejas, i Oh, pero cuan bien se advertía la dulzura del nido, la tibia blandura de la almohada oyendo entre el nogal al viento, cuya voz hace temblar en la noche al nobreviajero extraviado! Y este grande y armonioso árbol evoca ahora en mi imaginación no sólo recuerdos de la primera edad, sino escenas no vividas; imagino que renazco en lejana época pasada y que me encuentro entre aquellos antiguos filósofos cuyas almas, llenas de elegancia, eran semejantes á las ánforas rebosantes de generosos vinos; filósofos que amaban la vida mientras merecía la pena de ser amada, no desdeñaban la poesía ni los buenos manjares y gustaban, sobre todas las cosas, de disertar con sus amigos bajo las frondas de sus quintas, al pie de algún árbol come éste, mientras la luz se filtraba por el follaje y las esclavas volvían de la fuente llevando á la cabeza los cántaros húmedos. Me parece hollar con las sandalias las hojas caídas y ver al borde de mi túnica la franja de púrpura, extenderse ante mis ojos un brazo desnudo y depilado de epicúreo con un ademán de elocuencia, apartar de la copa de vino griego una hoja otoñal desprendida de la rama, aún frondosa... ¡Oh, patriarca, que despiertas en mí tantas y tan variadas evocaciones como pueda despertar en una imaginación el mar inmenso y eterno! Quisiera, cuando llegue para mí la hora inexorable, dormir á tu pie, cual un. héroe de Uhland, al amparo de tu sombra perforada de luz, bajo tu dosel de acre aroma, pleno de frutos, poblado de alas y gorjeos; dormir con sueño sumergido en la vital armonía, en la serena renovación de la Naturaleza. Y ser como una nota del infinito concierto en aquel rincón de paraíso, donde ni aun la muerte puede discordar. M. RAS. Dibujo de Reg- idor.