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pie y no se deja oir desde el segundo banco, es un asombro explicando la teoría fisiocrática con proyecciones luminosas. En fin, chico, que vivo en un intercambio de ideas y de sensaciones que me tonifica el cuerpo y el espíritu; esta amplitud anímica no tiene para mí más que un lunar la planchadora que me ha tocado en suerte es algo sucia y me tiene siempre la ropa en tinieblas medioevales que me martirizan el alma. ¡Ah! ¡Con lo que yo odio todo lo medioeval... I Me tienes á tus órdenes en el hotel Metropole, donde dispongo de tres apartement y de un menú de sátrapa, y todo por tres marcos; en España esto me costaría una docena de ojos de la cara... Apenas leo la carta me dispongo á hacer las maletas para trasladarme inmediatamente á Osward- surmer; más que nada me lleva allí el deseo de presenciar los crepúsculos y el afán de huir de este ambiente teocrático y mefítico. Me dirijo para adquirir detalles al despacho central de una conocida agencia de viajes; mis ilusiones vienen al suelo y mis maletas dan en tierra oeshechas y despanzurradas... El jefe del burean me informa de la verdad con una amabilidad exquisita: Osward es un pueblacho que car sobre el Báltico, con unas callejas que huelen á ba cálao en putrefacción y á aceite de coco. El ambiente no es teocrático, pero sí de letrina, y en cuanto á lo famosos crepúsculos, allí no sale el sol más que c día del patrón del pueblo y cuando hay elecciones de burgomaestres. Las ocho estaciones de que habla mi amigo en su epístola- -que por lo infundiosa parece la epístola ad Pisones- -sí existen, pero tienen de ferroviarias lo que yo de prior francisco: son las estaciones de un Calvario establecido en las afueras del pueblo por la colonia católica, y consisten en un templete de ladrillos, que así los vea yo en la testa del amigo que tan encarnizadamente ha pretendido tomarme el pelo. A pesar de estos desengaños, que debieran á uno abrirle los ojos, confieso que yo también cedo un poco al prejuicio europeo; cuando paseo por las calles de Madrid con uno de estos amigos que acaban de abandonar las orillas del Volga ó del Sena, me invade una invencible timidez y voy cohibido y azarado, temiendo que todo le parezca mal y esperando oir de un momento á otro la queja ó la protesta que lastime mis oídos de patriota. Procuro confortarle: los escaparates de nuestras más acreditadas tiendas de productos alimenticios le parecen despreciables; el nuevo evacuatorio de la Puerta del So! le sugiere una mueca de desdé -i Amigo mío! No me enseñe á mí eso... ¡Si viera usted los evacuatorios de Charlottcntburgo... ¿Tienen sexteto? -Lo que tiene cada uno de ellos es una magnífica biblioteca con toda la filosofía alemana en tomos de octavo mayor, para que, mientras forma usted cola, pueda ir haciéndose una cultura. -i Claro! Asi se explica la ilustración de aquellas masas. -En cambio aquí... Corto en flor sus palabras; me estoy viendo detrás de la frase consagrada- -en cambio aquí... -una rociada de denuestos. Para quitarle el mal sabor de boca le invito á almorzar al Ritz... ¡Cualquiera le lleva á los Viveros ó en casa de la Concha i Sentados bis á bis, empezamos á devorar un menú prerraiaélico. ¿Ve usted este salmón? -Le veo y le como, mí distinguido amigo. -Bueno, pues éste es el alimento usual de la clase media en Viena. Pues éste- -aludiendo al trozo que hay en mi plato- -no es el alimento de nadie: me lo como yo. -i Claro, así hay esos cerebros! Dime lo que coinés y fe diré lo que discurres, ha dicho Macaulay. -En cambio aquí... -Eso, usted lo dice; aquí, el cocido, que, cuando está bien hecho, confieso oue no deja de tener su contenido esniritual. -Sí, pero ¿cuándo está bien hecho? -le digo, por seguirle la manía. -Esa es la cuestión; nuestros cocineros carecen por lo general de aqueha preparación filosófica que es necesaria para dar forma en la lumbre á un mito ijatriótico. Porque el cocido es un mito nacional. -No tanto. -Sí, hombre; y, sin embargo, ¡vea usted lo que es a cultura! ¿A que no adivina dónde he comido yo 1 mejor cocido español? -j Quién sabe... -En Cristianía. N o pude más y me levanté indignado. Salí á la calle, dejando que pagara la cuenta de nuestro almuerzo; en aquel momento no se me ocurrió otro medio más enérgico para castigar su impertinencia. JOAQUÍN BltLDA. DlhujO de Medina Vcrn