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LOS E kESDE hace una ttuiporada estamos abusando de Europa. H a y que incorporarse á Europa ílay que derribar las murallas que nos separan de Europa ¿Qué dirá Europa de nuestro atraso? No comprendo esta simpatía por el más viejo de los continentes civilizados- -Asia y Pozuelo no cuentan, -donde hay cosas tan feas como los canales ma! olientes de Venecia y los núcleos de campesinos rusos, sucios y llenos de parásitos. Mucho más poético sería preocuparse de lo que opinan de nosotros los toscos h abitantes, de la Nigricia ó los sencillos y religiosos bisayos. Pero, por lo visto, la preocupación europea es algo fatal en nuestros comentarios; apenas se arma un motín en la Puerta del Sol ó se produce una huelga de limpiabotas en La Coruña, ya estamos poniendo er ¡el cielo nuestros plañidos: ¿Qué dirán de esto en la Wulhestrasse de Berlín? Y ocurre que en la Wul hestrasse no dicen nada, porque á aquellas hora; piecisamente están myy. ocupados en disolver poí medio de las mangas de riego un grupo de obrero; en revuelta, que piden, rugiendo de ira, un retrato de: Kaiser para hacer ante él manifestaciones de un colectivismo lúbrico y, salvaje. La culpa de este lugar común que pesa sobre, nosotros la tienen en parte esos varones ingenuos que, habiendo pasado una temporadita en el extranjero, vuelven á la patria cargados de desprecios y de altiveces al pisar- tras una ausencia de meses, transcurridos en París ó en Leipzig- -los primeros pedruscos de la cuesta de San Vicente, todo les parece pequeño é inculto, y, encerrándose en una atmósfera de adustez, ni siquieran desarrugan el entrecejo ante el paso de uno de esos tranvías Bombilla- Hipódromo, que á mí- -que también me he asomado á Europa- -me parecen el colmo del refinamiento y de la comodidad. Como esas jóvenes cursis que al volver á casa tras un veraneo pasado de gorra con unos parientes de OPEOS posición desahogada, todo lo encuentran censuraLie y acusan, de insuficiente a! comedor casero, estos viajeros del ideal, al volver á nosotros, parecen personas arrancadas de un mundo de sus dimensiones para venir á habitar á otro en que no pueden ni desperezarse á gusto. El correo dé ayer me trajo una carta que leí con cierta emoción: es de un mi amigo mtiy conocido de todos ustedes- -el nombre no hace al caso, -que ha ido pensionado á Osward- sur- mer para estudiar los aranceles del carbón en su aspecto metaiisico; dice así ei amigo: Chicó, estoy encantado; esto es vida y no la que se desarrolla en el entresuelo del Colonial. Desde que llegué- -y va ya para tres días- -no he cesado de compenetrarme poco á poco con estas costumbres europeas que me están limpiando de la carroña adquirida en veinticinco años de vida española. No sé cómo un espíritu culto como el tuyo- -mi amigo me conoce á fondo- -puede vivir en ese ambiente teocrático y mefítico, sin más goce que ver á Chicote de vez en cuando, ni más perspectiva espiritual que comer unos callos los sábados por la noche, á la salida de un mitin. i En cambio aquí... La tolerancia de las costumbres se dilata en tan amplios horizontes, que el amor y las cartofles- souflées son el pan nuestro de cada día; al llegar, en el andén mismo de la estación en que me apeé- -en Osward hay ocho estaciones, -me estaba esperando una midinette, que sin duda presintiendo mi llegada, por un caso estupendo de telepatía, había salido á recibirme. ¡Y qué crepúsculos, noble amigo! ¡Hay que ver la puesta del sol- -los días que sale, pues desde que estoy aquí no le he visto el pelo- -desde uno de ios bancos, del Oest- park! Y por las noches é un cabaret del puerto, donde hay música y guardarropa, y donde los camareros siguen la perversa tradición española en lo que atañe á las propinas. Las mañanas las paso en la Universidad, oyendo las explicaciones del gran Simonoff, celebridad europea que, aunque padece de tartamudez tri- FILOSOFÍA BARATA D