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-Que me gustan más que nada en el mundo. ¿Le gustan de verdad? -Tanto que, para verlos á mis anchas, haría cien locuras. -Basta con una sola; mírelos si le gustan. -Mirarlos es muy poco; por besarlos daría todo cuanto poseo, hasta mi vida entera... you like- -murmuró su voz tenue. La estreché entre mis brazos; besé sus ojos. ¿Qué fué aquello? Ethel se estremeció; Ethel se desmayaba; sostuve solícito el peso embriagador de su cuerpo de ondina; recité apasionado amorosos conceptos, me embriagué en el aroma de sus cabellos rubios... y noté con espanto que la niña no volvía en sí; se contrajo siniestra su boca de corales y advertí que sus miembros se agarrotaban rígidos... llamé, pedí auxilio; acudieren las gentes, enmudeció la orquesta, sobrevino un silencio angustioso, y al poco rato alguien vino á decirme; -Pero ¿cómo ha sido eso? Miss Drexel está muerta. ¡Muerta Ethel, Dios mío! ¡Sí, muerta estaba; en el salón de baile, sobre un lecho de flores, colocaron su cuerpo! Yo me acerqué á mirarla; tenía abiertos aún los ojos, verdes como la malaquita de un viejo camafeo; ojos dominadores, cuya luz, para siempre apagada, nó brillaría más... me marché sollozando. Ocho días después, enterrada miss Drexel, comía yo muy triste en el comedor del Myrtle Bank Hotel hacía un calor espantoso; el mar rugía afuera, los cucuyos inflamaban los árboles, y la luz de los relámpagos iluminaba la bahía. No fué ilusión, no; ella, Ethel, entró en el comedor; vi su cabeza rubia, sus ojos de esmeralda y su boca sangrando sobre la faz de nieve. Corrí á su encuentro; pero Ethel se esquivó hurtándome su figura gentil entre las mesas, cuyos comensales me miraban atónitos, preguntándose quizá si yo había perdido el juicio: ellos eran los locos porque yo veía lo que veía, y en prueba de mi aserto, cuando Ethel desapareció evaporándose, por decirlo así, en un corredor, al que daba mi cuarto, entré en mi habitación y hallé, sobre la mesa, un sobre dirigido á mi nombre; no conocí la letra, pero lo abrí convencido de que Ethel me escribía. No era una carta; el sobre contenía un soberbio retrato de miss Drexel; sentada en un diván, aspiraba el perfume de una blanca gardenia; sonreían sus ojos con profunda tristeza, y su afilada mano había escrito al pie: Yours for everP -íf ¿Por qué me estrernecí de espanto? ¿Tu enfermera... -pregunté con voz débil. -Sí, ya la conocerás; una inglesa muy mona, que me cuida muy bien y que me quiere mucho. Regresó aquella tarde, cuando no la esperábamos; yo la adiviné, te juro que la adiviné antes de que entrara: tiembla tú ahora, como temblé yo entonces; era... mi amiga Ethel, era miss Drexel. Sus ojos verdes, clavándose en los míos, bucearon en mi alma, y me sentí de nuevo juguete de la niña que murió junto á mí, en una ardiente noche tropical de amoroso delirio. La vida de mi hermana se extinguió dulcemente; con mano fraternal y cariñosa la cerré los ojos... He pasado por todas las angustias, he padecido todos los dolores, he creído morirme veinte veces; victima de un insomnio febril, alucinante, mis noches han transcurrido lentas al fulgor indeciso de sus ojos verdes, cuya luz temblorosa, taladrando mi piel, encendía mi sangre; he soñado sin dormir, he vivido muriendo... Y Ethel, que á todas horas me buscaba, huía de mis brazos que hacia ella se tendían; el eco de mi voz la alborotaba, sonreía muy triste y se alejaba lenta, volviendo á mí sus ojos de amor y de misterio; después se disolvía, se fundía en los aires... El tratamiento enérgico á que me sometieron doctores eminentes, me produjo una sana reacción; pero he empeorado; ayer la vi otra vez; su silueta vagaba en torno mío, y va sin curación posible, soy un pobre despojo, soy el esclavo de los ojos verdes... Cuando terminó su historia, se retorció Daniel presa de ataque violento; tímido y azorado, yo no supe qué hacer ni qué decirle; vibraban en mi oído sus palabras, y oteé los rincones temiendo ver en ellos la silueta adorable de miss Drexel. Ayer le eincerraron en un manicomio; padeee la manía persecutoria; cree ver en todas partes á su gentil amiga de una noche, y dice que le acecha ¡a misteriosa dama de ojos verdes... Laura fijó en mi los suyos, respirando con fuerza. -Es un drama terrible- -murmuró á media oz. -Y lo más sorprendente es que yo no creía que en los tiemoos aue corren, enloqueciera un hombre por causas tan extrañas, por causas... pueriles. Protesté amoroso, y dije apasionado á mi dulce tirana: -Laura, bien sabe usted que enloquecemos... ¡Ah, si! ¿cómo dudarlo? -dijo en tono de broma. -Usted perderá el juicio. Y ¡a culpa de todo- -añadió muy risueña- -la tendrán estos ojos pecadores, tal vez menos bonitos, aunque quizá más verdes que los de la muchacha de su cuento... Sabed que Laura es una mujer que ha nacido para mi condenación; yo la adoro, y ella se burla de mí; se ofrece y se niega, me llama y me despide; huye cuando me acerco, y se queja después si no la busco... Por eso, al levantarme, besando emocionado la mano de marfil que me tendía, dije muerto de pena: -Terminaré como Daniel si usted no se humaniza. Y no se extrañe usted, porque no soy el único; repase cuidadosa las vidas de los hombres, y en todas hallará un idéntico fondo de amargura; todos le contarán la misma historia. Siempre hay una, mujer que, nacida para nuestra ventura, nos hace desp raciados: ¿quién no halló en este mundo esa mujer fat su dama misteriosa, la de los ojos verdes... Y me marché muy triste, mientras Laura, quizá por no llorar, continuaba riendo... MANUEL D E M E N D I V I L JDibiijo de Méndez Erínga. -4 5 C 7 G- Mi hermana estaba grave, mi hermana se moría. Tan pronto como lo supe arreglé mi equipaje, y en el primer vapor volví á la vieja Europa, temiendo llegar cuando ya mi llegada fuera inútil, cuando no pudiera dar un último abrazo á aquella adorada criatura, cuya vida, minada por la tuberculosis, se iba extinguiendo suavemente desde hacía dos años. Presintiendo un funesto desenlace llegué al sanatorio, construíd como nidal de un ave de rapiña, casi tocando al cielo, en lo más empinado de la montaña helvética, allí donde los fríos convierten en cristales las aguas rumorosas, y los tejados de pizarras grises se cubren tiritando con la clámide limpia de las nieves. Mi hermana mejoraba: seis noches hacía ya que, rendida al cansancio, dormía como un ángel, sin accesos de fiebre y sin golpes de tos; sus pupilas azules brillaban transparentes, plácidas y serenas, y á sus mejillas pálidas volvía poco á poco el rosado color de la salud y la vida. -Estoy tan bien- -me dijo, -renazco de tal modo, que anteayer di permiso á mi enfermera para que visitara á su familia; volverá mañana.