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ieinblé de miedo, como cuando en los pretéritos años de mi niñez marchita me contaban, para hacerme callar, historias pavorosas de duendes y ladrones, de fantasmas y espectros... Recuerdo todavía (no lo olvidaré nunca) aquel baile siniestro que bailaban las tibias de un ahorcado, cuyo cadáver, pútrido y renegrido, adiviné colgante sobre el hogar desierto en la amplia chimenea de un castillo ruinoso... Í! -Porque han llegado á hacerme dudar- -repetía Daniel; -confabulados contra mí, negaban mis asertos, lo negaban todo; todo, aun la propia evidencia. ¿Estaré loco? me he preguntado en ocasiones. Caso era tan extraño, que de locura parecía; y por loco hubierame tenido (como el vulgo me tiene) si la realidad, la realidad palpable, la realidad tangible, pudiera desconocerse, si no hubiera visto lo que he visto. Murmuré á mi pesar: ¿Lo viste realmente? -Como te veo á ti: escucha. Ello acaeció en Jamaica: adoraba yo entonces los climas tropicales y adoraba también la vida aventurera, la vida bulliciosa de agitación y movimiento, en que surgen casi á diario los más absurdos, los má. inesperados incidentes. Tras prolija consulta de guías y manuales, me embarqué en Liverpool á bordo del King, Midas, y una mañana espléndida, bajo un cielo cobalto y sobre un mar turquesa, vislumbré la gran isla de Jamaica, con sus montes azules y sus bosques espesos, que, bañada en los rayos del implacable sol, agitaba risueña los grandes abanicos, los verdes abanicos de sus palmas. Heme ya en Kingston, capital de la isla, ciudad encantadora, construida no sé por quién, con arreglo a! jiatrón ideal de la ciudad aleg -e de mis sueños. Anchas y rectas calles, plazoletas lindísimas, vistosas edificaciones, jardines sombreados y parques numerosos abundaban por todas partes; el agua de cristal (tan limpia era) corriendo por arroyos y regatos, inundaba los céspedes; exhalaban las flores sus intensos aromas, y cerrando el confín, erguíanse magníficas las flexibles palncras. Agradable en verdad aquel pueblo de ICingston; después, meses más tarde, alentó un huracán que causó gran destrozo, -una convulsión sísmica convirtió la ciudad en informe amasijo de piedras y cadáveres; pero ese desastroso final, ¿quién hubiera podido sospecharlo? Yo me alojaba en el IV Iyrtle Bank Hotel (un hotel de esos que no abundan, por desgracia, en la vieja Europa) y olvidado del mundo, contemplaba impasible la fuga de los días, dejándome vivir tranquilo ni envidioso ni envidiado, como dijo el poeta. Por muy extraña que la cosa parezca á un europeo como tú, acostumbrado á no salir de Europa, en Jamaica abundaban los turistas (los turistas ricos, quiero decir) y el comedor de nuestro hotel en nada cedía, cuando, por las noches se llenaba de gente, á los famosos comedores del Ritz ó del Savoy del f ecil ó del Carlton londinenses. 200 viajeros despreocupados, que corrían el mundo con ansias de jaleos y broma y dispuestos á divertirse, pagando la diversión á peso de oro. El gerente de nuestro hotel Myrtle Bank Hotel como ya sabes) organizó una fiesta magnífica, un baile suntuoso, de cuyos preparativos nos haciamos lenguas; el jardín se había iluminado discretamente (fíjate bien, discretamenie) á la veneciana, el cotillón era punto menos que regio, el buffet, delicadísimo, y el Champagne, extra- dry de las mejores marcas. Entre la turbamulta de mujeres que había en el salón elegí con cuidado la que más me gustaba, y 1 ella me dirigí pensando en divertirme y en matar mas horas lo mejor que pudiera. Aquella sociedad cosmopnütn autorizaba todas las ibertades. ¿Su nombre? -Miss Drexel. ¿Un vals? -Con mucho gusto. Bailamos; la alegría que en el salón reinaba era contagiosa, y yo, ainén de aquella alegría, experimentaba la chisporroteante (asi la llamo siempre) del extra- dry almacenado: llevé la conversación á un terreno gratamente resbaladizo. -i Miss Drexel, miss Drexel... -protesté, -Eso no es un nombre. En España, al preguntar su nombre á una mujer bonita, nos dice, desde luego, el nombre familiar. ¿Cómo se llama usted? Vaciló mi pareja un corto instante, pero respondió al fin con burlona sonrisa: -Me llamo Ethel. -Pues bueno, amiga Ethel, ¿quiere usted que vayamos al jardín? Si seguimos bailando morimos de calor seguramente... ¿Y qué importa morir? -me contestó enigmática. Me sentí heroico. -No importa nada muriendo junto á usted; lo malo es que si usted me abandona voy á morirme solo. Apoyó su brazo en el mío, y dijo dulcemente: ¿Pero de dónde saca que voy á abandonarle... ití Como en ellos, había luces esplendorosas, sutil cristalería, plata resplandeciente, exquisitos manjares y una orquesta de cíngaros; con, ítem más, un público selecto de damas elegantes, neoyorkinas unas, americanas otras é inglesas las demás, aunque todas guapísimas. Y para fin de fiesta, nuestro comedor, abierto sobre la- jerandah tropical del Myrtle Bark Hotel se asom aba á un jardín delicioso, iluminado por luciérnagas saltarinas. y ese jardín, invadiendo h: playa, se metía en el mar, cuyas aguas azules erar, líquido espejo de la pálida luna. La llegada del Kronprinzessin alborotó Jamaica. Calcula tú el efecto que nos produciría ver arribar un transatlántico con la friolera de 200 turistas, Paseábamos por las sendas discretamente iluminadas, de que ya hice mención; la noche era tropical, noche ardiente y caliginosa; en el cielo sombrío, extensos nubarrones tamizaban como grandes pantallas la luz opalescente de la luna; yo respiré embriagado el perfume de Ethel y contemplé su rostro; cierta vaga inquietud se apoderó de mi; me pareció que en aquella mujer se cifraba la cla- e misteriosa de mi vida futura, y temblé estremecido al mirarme en sus ojos... Los ojos eran grandes, grandes y verdes, de un verde muy intenso, duro y apelmazado como la malaquita de un viejo camafeo; ojos deminadores, cuya fulgente luz se velaba entre sombras; ojos divinos, cuyo simple mirar alteraba mis nervios, produciéndome el sueño de la hipnosis. Alta, delgada, esbelta, rubia y muy bien vestida, Ethel era un encanto; me hablaba á media voz en inglés infantil, siempre á medias palabras. ¿Divertida Jamaica? -Es bonita y alegre; divertida, no sé, porque depende de las circunstancias; no hay país aburrido; las diversiones las llevamos dentro. Preguntó maliciosa: ¿También usted lleva dentro la diversión. -Yo, no- la contesté. -Y atrayéndola á mi, temblando como un niño: -Yo la llevo al lado- -repuse medio loco. Protestó en un fingido arrantue de indignación cómica. -Es usted un insolente; ¡cuidado con atreverse á decirme cara á cara que soy su diversión... ¿Sé acaso lo que digo? Culpe usted á sus ojos que me impiden ver claro, que marean y aturdeu Los volvió muy coqueta, y me dijo mimosa: ¿Pues qué tienen mis ojos?