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taba hecha coa un rayo de luna, eran sus cabellos hebras finísimas de oro y tenía una regia túnica inconsútil formada, á creer libros viejos, con polen suavísimo de azucenas. Cuando comenzaba el crepúsculo, y sin que se pasara un día, surgía de entre el musgo y se m ontába en su coche de pulimentada ágata, tamaño como una cascara de nuez. El cochero, que era una coruscante luciérnaga, aguijaba al corcel, nocturna mariposa de obscuro terciopelo vestida, y la princesita, precedida á guisa de heraldos por una legión de insectos chirriantes y lucientes, cornenzaba á despertar á las cerradas campánulas. Para ello las golpeaba con su cetro, y, si alguna se mostraba un poco tarda, en seguida la condenaba á muerte, sin escuchar sus lamentaciones, mofándose de sus lágrimas y mandando á sus bufones qué la acocearan con chistes soeces y la apellidaran de vieja, mal criada ó perezosa. Porque habéis de saber que aquella princesita tenía el corazón tan duro como el metal de su diadema. En el silencio de la noche, cuai; do bajo la calma infinita de los cielos surge el ruiseñor con sus cánticos que transportan el alma á regiones de infinito ensueño, las desventuradas florecülas murmuraban de su soberana, y, al llegar ella por la mañana con el pfimer rayo de luz, cerraban al golpe del cetro sus corolas, de las que pendía una lágrim que á los ojos humanos pasaba por una gota de perlado rocío... ¡Y la princesita frivola sumergía en ellas su reidora y hermosa faz... Cierta noche salió la cruel, como de costumbre, á cumplir su cometido; pero, al internarse en un bosque de esparragueras, una tribu de gnomos, que la acechaba tras unos hongos, se precipitó sobre sUs servidores. La lucha fué espantosa. Lo menos se rompieron catorce briznas de hierba, i Qué saltar, qué correr, qué crujir el de las espadas, qué restallar el de los retorcidos látigos... Herido al fin el chambelán de un mortal cañarnonazo, los gnomos manosearon á la princesita y la asustaron con sus barbazas, y la despojaron de manto, cetro, corona, trono y coche, dejándola sola y molida en medio del ancho campo. Entonces ella se fué pasito á paso de campánula en campánula. -rSúbdita mía- -le decía, ¿quieres hacerme el favor de abrirte? Pero la subdita se le reía en su cara y se abría cuando le daba la gana, jurando que no la conocía. La princesita vertió llanto abundantísimo y comprendió, aunque tardíamente, que su reino no quería reconocerla por el desamor y crueldad que con él había usado. Y hoy, cubierta de ceniza la bella frente, camina sola por las praderas, y, á lo mejor, subiéndose á una margarita, suele decir entre sollozos: ¡Los que siembran vientos cosechan tempestades... ¡No hay sobre los corazones más fuerte ni más duradero imperio que el del amor y del bien... -60- JOSÉ A. LUENGO. EL PRINCIPE KASKARRABIAS w S i Y A 1 $10 2. Sus primeros pasos fueron para meterse con un animalito. I, Apenas vino á este mundo, pilló la mayor corajina del siglo... 3. Ya zangolotino, estuvo cast siempre castigado por su padre. 4. Por fin llególe la hora de reinar y montó á caballo. ÍTtf A yi í VÍ mil ÍlÍ 5. Al galope dfe su corcel se metió de patas en un país extraño. 6. El Rey en persona salió á recibirle y le declaró la guerra. Continuará, -66-