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C I toda forma de poesía tiene un color propio, el tierno, el suave, el delicado madrigal, ¿cómo será sino de color de rosa? ¿Y quién gustará de él no estando enamorado? El madrigal es canto del amante que mira á las mejillas, del que si osa alzar la vista de ellas, mira á los ojos. Y los ojos han de ser claros, como los amaban los grandes poetas de la escuela sevillana, el caballero D. Gutierre de Cetina y el agudísimo licenciado Tamariz allá en los últimos del siglo xvi, ó verdes, como los amó el otro sevillano Bécquer en el xix. Es rosado ó rosáceo, además, el madrigal porque no trata de amores que no sean platónicos y puros, ni se dirige á mujeres, sino á damas; no es una brasa ardiente, como las elegías amorosas de Safo y de Ovidio; no es una sangrienta amapola, como las villanescas de nuestros poetas clásicos; no es tampoco, según muchos poetas tontos han creído, una poesía artificial y hechiza, como las chapitas rojas que se pintaban las damiselas del siglo xviii para que las galantearan abates y petimetres. No es un adorno de tocador ni un afeite de perfumería. ¿Qué será, pues, el madrigal? Imaginaos una mañana de primavera y una sabia y hermosa dama italiana que ha leído el Convite de Platón y se ha solazado con los sonetos del Bembo, y habla de lo uno y de lo otro sin pedantería. Ya veis si esto es difícil. Figuraos, además (casi no es menester decirlo) que esa dama espera algo, alguien. Y ese alguien es un caballero elegante, que sabe griego y latín, se ha batido con infieles, ha esclavizado indios americanos, ha disputado con teólogos en Trento y ha negociado con banqueros en Genova. El caballero regresa. triunfador; ha corrido mundo, ha aprendido lo que el amor por sí vale y, al cruzar el jardín, coge la rosa abandonada, y con gentiles razones se la entrega á la dama vestida de color de rosa... Y ahora poneos á escribir un madrigal, si sois hombres para ello. N. EL M A D R I G A L