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rando ai vacío con sus ojos grises, ojos en los que en aquel momento podían leerse todos los fanatismos del alma eslava, les pregfuntó con un gesto de alucinado -Hijos de Rusia, al venir á la guerra, ¿por quién estabais dispuestos á morir? -i Por el Zar 1- -gritaron todos á una. -Pues bien, muchachos; el momento ha llegado... -y alzando los brazos con un ademán sacerdotal: -En nombre del Zar os bendigo. Poltovskine, con mano rápida, dibujaba la escena. En mí, loco de emoción, de entusiasmo, sólo había ya un sentimiento: sentimiento de orgullo al pensar que i b a á morir entre tanto valiente. El momento del ataque se acercaba. El coronel ordenó á un batallón que ocupase las trincheras, y al despedir á los que primero habían de recibir el beso de la muerte les bendecía por última vez, mientras aquellos hijos de la estepa helada desfilaban cantando á media voz cuacionca ac ritmo trisvc y moiiotoii visión nostálgica de remota aldea... Muchos con su último cartucho se suicidaban. Los japoneses estaban ya cerquísima, y de pronto, con su terrible grito Bantsai! ¡Bantzai! ¡Adelante! Adelante! cargaron á la bayoneta. Al ver sobre nosotros esa avalancha de demonios amarillos, de caras de hombres de otra raza, iluminadas desde detrás de nosotros, desde el reducto, por ios reflectores (ya el día i. abía concluido) se apoderó de mí un pánico de niño, pánico de tr use la cara para no ver. Y me escondí en el fonuo de la trinchera, entre un racimo de muertos... Las columnas de asalto pasaban sobre mí por oleadas, ebrias de entusiasmo, y e estrellaban allá arriba, contra la obstinación rusa. No sé cuanto tiempo duró esto; sólo sé que de pronto tembló el sucio, se oyó una explosión terrible y el reducto quedó reducido á escombros. Era que los rusos, allá á lo lejos, viendo que los del reducto no eran ya dueños de toda la posición y que el eiército japonés, rebasando las líneas, podía conti. u, movimiento de avance, enviaron por el so- Xi p y 3 H- V 0 canciones de abnegación servil, sombría, sin esperanza. Aquello era siniestro y lúgubre, y comprendí que tenía ante mí, no á un jefe que enviaba soldados á la muerte, sino á un pope enviando un rebaño de corderos, de moiijiks al matadero. Un inmenso desconsuelo me heló la sangre, y ya no fué el entusiasmo lo que me impulsó á coger un fusil y á irme con ellos, sino el deseo de acabar cuanto antes. La trinchera estaba llena de muertos y heridos; los que quedábamos de pie no disparábamos ya por falta de municiones, y, sin embargo, todos permanecíamos en nuestros puestos... los unos cantando, otros silenciosos, meditabundos, teniendo sin duda ante sus ojos terrado cable una corriente eléctrica á la mina y volaron el fuerte, matando un puñado de compatriotas con tal de matar muchos enemigos, con ese salvajismo eslavo que desconcierta nuestros corazones latinos. Ya de madrugada subí al reducto, y entre otra porción de espectáculos horribles, vi uno que no olvidaré nunca... Sentado en el suelo, con la espalda y la cabeza apoyadas en un pedazo de parapeto, y con el vientre y el pecho cosidos á bayonetazos, yacía Alexis Poltovskine, fiel hasta en la muerte á su misión de corresponsal de guerra, apretando con sus manos crispadas su lápiz y su cuaderno de notas, y mirando á lo lejos, hacia las tropas rusas y japonesas, con sus ojos inmóviles y vidriosos IGNACIO ROJO- ARIAS. Dibujos de Regidor,