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i -1. i4 UJT ífe I L -f CORRESPONSAL DE GUERRA A LEXis Poltovskine era un hombre de pequeña es tatura, delgado, moreno, todo nervios. Lo oía todo, lo veía todo, y después repetía en uno de los o: randes diarios de San Petersburg- o lo que había oído y lo que había visto; sabía dibujar en dos rasg; os cualquier escena, y, sobre todo, sabía jugarse la vida siempre que hacía falta. Con la misma tranquilidad se ibu hacia el Polo, como se internaba en África. Era un correspoi. sal modelo. Desde el principlv de la campaña nos hicimos grandes amigos. Las tropas rusas se batían en retirada; sus pérdidas habían sido enormes. Habían tenido que ceder el terreno ante una lluvia de obuses, disparados por una artillería invisible, hábil en el fuego indirecto, y ante una infantería inverosímil de acometividad. Alexis y yo presenciábamos la batalla desde una fuerte posición, poco hostilizada hasta entonces: un monte en cuya cima se había construido un reducto de campaña, y en cuyas laderas, protegiendo el reducto y sus dos baterías, extendíanse líneas de atrincheramientos. Detrás de nosotros el monte formaba un ligero declive, resultando casi una meseta, y como los rusos se retiraban por este terreno abierto, tan á propósito para que la metralla lo barriese todo, fácil es comprender la importancia de conservar aquella posición para la salvación del ejército. Por desgracia, en el momento de iniciarse la retirada, un regimiento de cosacos que se hallaba mal situado quedó expuesto á un fuego terrible de artillería y tuvo que retirarse precipitadamente, introduciendo una gran confusión en varios regimientos é impidiéndose con esto que se cumpliese la orden del general en jefe de reforzar nuestra posición. En aquel momento empezaron á caer bombas, batiendo nuestros parapetos, y yo le indiqué á Poltovskine la oportunidad de unirnos con el grueso del ejército. Me contestó que hiciese yo lo que quisiera, pero que él se quedaba, pues quería presenciar la parte que seguramente sería más emocionante de la batalla. Al oírle esto mis piernai temblaron un momento; pero, sacando fuerzas de flaqueza, le contesté que donde podía estar un corresponsal ruso podía estar otro español. La artillería japonesa hacía un fuego horroroso, no sólo contra nosotros, sino también sobre la meseta, para impedir que nos llegasen refuerzos. Había, pues, que elegir entre morir ó entregarse. Nuestras fuerzas consistían en un regimiento de tiradores de Siberia y en dos baterías, desmontadas ya, Era el momento oportuno para el ataque, y allá, á lo lejos, veíamos largas filas de bayonetas evolucionar como en un campo de maniobras, á pesar de nuestro fuego mortífero. Nuestro jefe, el coronel Iván Vreuska, recibió por el teléfono de campaña la orden de defenderse á todo trance. Contestó que mientras le quedase un soldado de pie el reducto quedaría por Rusia. Yo, que le oí, me acordé en aquel momento de mi familia, de Madrid, y pensé que quizá estaba vivtenr do mis últimas horas. Los momentos eran decisivos. Reunió á todos los soldados en torno suyo, les mandó arro- illarse y, mi-