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Vamos á ver, francamente, ¿hay alguien á quien no importe lo que la Prensa y la gente murmura constanteniente de esta infeliz villa y corte? Que es horrible el pavimento; que la higiene no es mejor; caro y malo el alimento, igual que el Ayuntamiento; que la vida es un horror; que el tifus exantemático, la viruela, pulmonía y el cólera morbo asiático de casa en casa el Viático hacen ir de noche y día... ¡Calumnias, calumnias son! Eso cualquiera lo advierte, como la de aquel guasón que la llamó, sin razón, Madrid, ciudad de la muerte ¡Pueriles lamentaciones de las almas soñadoras i Em cambio, i qué diversiones, qué agradables emociones Madrid nos da á todas hora? ¿A quién no causa alegría ei automóvil centella, que lo mismo al viento envía su alegre trompetería que á un ciudadano atropella ¿Y el chaparrón incesante de piropos halagüeiíos con que te obsequia galante, cuando vas calle adelante, la turba de pedigüeños? ¿Y esos cines tan famosos que nada hay ya que los venza, porque en ellos son dichosos los viejos libidinosos y las niñas sin vergüenza? ¿Y el perfume embriagador de rosas y maravihas que en la calle, á lo mejor, de gratis y por mayor te dan las alcantarillas? ¿Y el espectáculo hermoso de los golfos colilleros? ¿Y el otro, tan oloroso, tan limpio y apetitoso de los carros carniceros? ¿Y el riego do las macetas, que baja como el maná? ¿Y el choque con las carrct; tranvías y bicicletas que tanto gusto nos da? Madrid, castillo famoso que todo el mundo desea, si todo en ti no es precioSv hasta el madroño y el oso, que venga Dios y lo vea. EDERICO JAQUES,