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mitían calificarle de un modo desagradable é injusto. -Mira, ya está ahí ese imbécil de Perea. i Qué impresión de tristeza sentía él al ver la frialdad con que era devuelto su ceremonioso saludo! Por fortuna, á cada temporada, nuevos grupos de diablillos con faldas engrosaban las filas, compensando así las sensibles bajas. Y esto había durado cinco años, seis años. Y Perea era feliz y se sentía más joven y más fuerte que nunca. Pero una noche, las puertas del Ideal como le llamaban los asiduos, se cerraron para no abrirse al día siguiente. Precisamente en aquellos días, Perea acababa de ser nombrado Vicesubinspector de Pista Interino del Real Skating Ring de España, cuyo domicilio social era el redondel del Recreatorio El nombramiento había llegado en un sobre, en el cual se expresaba su nuevo cargo por medio de abreviaturas cabalísticas. Señor don Fernando Perea. V. de P. I. del R. S. R. de E. ¿De qué le serviría esa alta dignidad en lo sucesivo? ¿Quién alegraría sus horas? ¿Cómo mataría el hastío, el horrible hastío que le acechaba ya, presentando á su imaginación la serie infinita de días grises é interminables? Experimentaba la sensación desesperante del que se ve arrojado de pronto á la calle, perdiendo el abrigo del hogar y el dulce calor de la familia; su casa era el hermoso local del Recreatorio y su familia, aquella serie de mujercitas en miniatura, cuyas bocas no se abrirían más para sonreirle ni para pronunciar su nombre. No, eso no nodía ser; eso no sería. El seria empresa. ¿No era aquello un buen negocio, una ganancia brillante, clarísima f Todo consistía en hacer algunas mejoras y en gastar un poco de dinero en nuevas atracciones Y él estaba dispuesto á arriesgar su reducido capital, si es que se puede emplear la palabra arriesgar cuando se trata de obtener con seguridad enormes ganancias. Su socio industrial y administrador sería el que hasta entonces lo había sido del antiguo empresario; un hombre honrado y ducho en todo género de negocios, sin más defecto que su excesiva delicadeza. Perea se quedaba embobado cuando le oía desarrollar sus proyectos. ¡Qué felicidad! Ya estaba viendo los futuros carteles: I D E A L RECREATORIO (EMPRESA PEREA. Firmaba todo lo que le presentaban casi sin mirar, casi sin enterarse, impaciente por volver al redondel, donde le esperaban los brazos abiertos y las pantorrillas ligeras de sus amiguitas. Y en torno á su persona seguían los mismos gritos, las mismas carreras locas. Toda la gente menuda se ponía de acuerdo para perseguirle, ó viceversa, y mientras partían en diferentes direcciones, con objeto de cortarle por todas partes la retirada, él se escurría hábilmente entre unos y otros, sorteaba las dificultades, evitaba los encuentros y volaba sobre sus patines, perseguido de cerca por la alegre turba de chiquillas. Pero el círculo se iba apretando en torno de él; estrechado, rodeado, acosado implacablemente, llegaba un momento en que no tenía más remedio que rendirse. Un inmenso gozo se reflejaba entonces en la fisonomía de Perea. Se sentía envuelto en una red de tiernos brazo? femeninos, que durante unos segundos le oprimían, le sacudían con expresión de triunfo. ¡Se queda, se queda 1 Luego, era Perea el que empezaba á perseguirlas. Cuando ya llevaba mucho tiempo corriendo detrás de alguna de las mayores, la tropa menuda protestaba. ¡No vale, no vale! No los separaba ya más que un paso. Perea hacía un esfuerzo y lograba alcanzar á la muchacha. Algunas veces, como con la violencia del choque diera con el cuerpo de ella en tierra, él la rodeaba por la cintura y la ayudaba delicadamente á levantarse, sintiéndose envuelto de pronto en el suave calor del cuerpo aún sin formar de la adolescente. ¡Qué deliciosa, qué encantadora sensación! Una de las más jovencitas había tomado un día de la mano á Perea y le había arrastrado hasta su madre: -i Mamá, yo quiero que te lleves á este señor á casa! ¡Patina muy bien! ¡Le quiero! Unos meses después de ¡a quiebra, fui á verle á la cárcel. Todo el mundo le había abandonado en el último momento; estaba solo, enteramente solo. Su socio había huido á América, llevándose la caja y dejándole sin medios de satisfacer á la legión de acreedores. Se veía deshonrado, arruinado, envuelto en un vergonzoso proceso de estafa. Bruscamente, y en el fondo de un pasillo por el cual avanzaba yo precedido del guía, vi algo tan inesperado, tan extraordinario y tan inverosímil, que me detuve instantáneamente, pasmado, petrificado de asombro. El corredor daba á un estrecho recinto circular, roder, do de un muro de ladrillos; uno de esos patios que hay en las cárceles modernas para recreo de los presos. Scbre el pavimento de asfalto, un hombre de unos cuarenta años y una chiquilla de doce ó trece, patinaban. El señor director de la prisión había autorizado Perea para patinar dos veces á la semana y para educar y adiestrar en el deporte á la hiia de uno de lo; vigilantes. ¡Era tan buen hombre, tan decente, tan caballero! Además, aquello último lo había pedido casi llorando. Y como yo siguiera inmóvil, escuchando tan peregrinas e- xplicacicnes, el empleado me invitó á seguir, señalándome el patinillo con el brazo extendido. -i Eh, Perea que aquí vienen á buscarle! Pero él seguía patinando y no veía nada, no contestaba nada. Ni siquiera volvió la caneza. MANUEL A G U I R R E DE CARCER. Dibujo de Méndez Briiiga. 5 6 7 S- Agrandaría el cine; edificaría un teatrillo para el verano y fundaría un nuevo Club de patinadores, con el fin de nombrarse á sí mismo Presidente y Consiliario mayor. III Y cuando al cabo de unos meses la ruina apareció en el horizonte como una gran nube negra v amenazadora, Perea fué el único aue no vio acercarse la catástrofe. Era demasiado feliz para ocuparse de números y no sospechó nada hasta que se encontró vendido y despojado envuelto de un modo irremediable en el deshonor y en la quiebra. Había depositado en su socio una confianza ciega, para poder dedicarse en cuerpo y alma á los placeres de la pista. ¡Qué impresión de íntimo orgullo experimentaba al trasponer todos los días el umbral del Recreatorio (Empresa Perea) Ahora era él el amo de todo aquello y no había allí más voluntad que la suya.