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ras, desde los que soñaban aún con el biberón y corrían de un lado á otro de la pista con la velocidad de un juguetillo mecánico, hasta los que empezaban á estudiar la carrera y á fumar y á tener novia. Listo del ideal Kecreatorio favorecía y fomentaba los amores precoces. La intimidad y el barullo de la DÍsta encubrían las conversaciones infantilmente galantes y las rápidas declaraciones de amor, interrumpidas por terribles golpazos ó por peligrosos abordajes de unos grupos con otros. Después, en la obscuridad del cine, los señoritos se acercaban con disimulo, deslizando en los oídos de las muchachas la frase seductora ó dejando caer en sus manos el billete de declaración, aderezado laboriosamente la víspera. Los más asiduos salían á las ocho de la noche, acompañados por Perca. Marchaban de dos en dos, por la calle excéntrica, mal iluminada, bajo la mirada complaciente de las mamas y de las ayas. Y era curioso ver á aquel hombre cuarentón marcliando con aire satisfecho en medio de una nube de chiquillos. Parecía el director de un colegio que hubiera tenido el capricho de hacerse escoltar por una imponente falange de institutrices y de amas secas. y l llegar á un punto determinado- -el mismo todos los días, -el grupo se dispersaba en diferentes direcciones. -Adiós, Perca. -Hasta mañana, Perea. -Que usted descanse, Perea. líl entonces se despedía de Rosarito, de Isabel, de Amparo, de Guadalupe. Lo más frecuente era una palmadíta en las mejillas, pero también caía alguno que otro beso. El hombre entraba en la casa de huéspedes con el alma inundada de felicidad. Decididamente, la vida en Madrid ofrecía inmensos atractivos. Las horas de la mañana pasaban sin sentir en las oficinas del Banco Español de Montevideo bromeando alegremen je con los compañeros, hombres todos ellos francotes y á la buena de Dios. La conversación no era allí muy variada, pero estaba llena de enseñanzas. Cada uno de ellos contaba con minuciosidad lo que había hecho en las últimas veinticuatro horas, qué platos habían figurado en su mesa y cuáles habían sido las peripecias y los incidentes menudos del día. El jefe revelaba qué clase de sopa le había servido la víspera su mujer y á qué hora le habían llevado el Heraldo. Desde que observaron que Perea no acudía por las noches al café, ya hubo un tema más de conversación Perea tenía algún lío ó enredo amoroso, alguna historia oculta; Perea era un vivo, un pillín. No daba cuenta, como antes, de los menores incidentes de su vida, y en sus explicaciones se notaban extensas lagunas. En vista de esto, le guiñaban maliciosamente un oj, p y le daban grandes golpes en la espalda, seguidos de risotadas y frases de doble sentido groseras y ridiculas. El no se atrevería nunca á revelarles toda la inocencia de su secreto. Cuáles no serían sus burlas y sus procacidades si llegaran á descorrer el terrible velo? Afortunadamente, no era probable que eso sucediera. Nadie le conocía en Madrid; no tenía amigos ni parientes. Sus colegas del Banco Español de Montevideo se movían en esferas distintas -ésta era su f r a s e y no había miedo de que topara jamás con ninguno bajo la LóVeda del Ideal Recreatorio El público que acudía en aquella época á la pista del ideal Recreatorio era un público demasiado elegante, con el cual no podían aspirar á codearse. Los días de moda la pista era pequeña para contener la brillante muchedumbre de patinadores que daba vueltas sin parar bajo la espaciosa nave, cubierta de luces y de espejos. De vez en cuando, oía nombres y títulos que le producían una impresión de aturdimiento, de verdadero vértigo; su corazón latía precipitadamente y se ruborizaba sin saber por qué. Una sola pareja atraía á veces la atención general. Deslizábase vertiginosamente sobre la pulida superficie de cemento, recorriéndola y midiéndola en todos sentidos, en una serie de atrevidas evoluciones realizadas sin esfuerzo aparente, sin el menor indicio de fatiga muscular, sin perder ni un segundo la suprema soltura de los movimientos y la gracia de la actitud y del escorzo. Luego venían las filigranas y sublimidades del oficio: los ejercicios en el trampolín, las i) iructas, el vals V las increíbles marchas hacia atrás, con los ojos vendados. II Perea presenciaba la escena con aire caviloso, casi triste. ¿Llegaría él nunca á escalar aquellas altas cimas del arte? ¿Era esto posible y discreto á su edad? Pensando en ello, volvía á horas desusadas, cuando tenía todo el rin (á su disposición y podía ejercitarse durante horas y horas, bajo la experta mirada del profesor, que contemplaba sin reír sus emocionantes caídas. AI cabo de unos meses, los patines no tenían secretos para Perea, según declaraba él mismo con orgullo. El público femenino- -de quince para arriba- -exoerimentaba hacia él u n a antipatía mezclada d e desdén. i Qué quería decir aquel señor de cuarenta mil años, que se pasaba la vida patinando con las chiquillas? Era bajo, era gordo, llevaba siempre un algodón en los oídos, tenía barba y un hilito que unía permanentemente sus dos labios; un maravilloso hilito elástico, que no se rompía al hablar por nada del mundo. i Qué desastre! No, no; aquel hombre no podía gustarles; no era su tipo. A veces, se consultaban entre sí, sonriendo. -Oye, ¿te casarías tú con Perea? -Calla, hija, por Dios. ¡Qué miedo! En cambio, la gente menuda le adoraba. Veía en él á un señor pagado por la empresa con el exclusivo objeto de servir de diversión á las niñas de falda corta y trenza colgando. Estaba siempre rodeado, perseguido, acosado por todas ellas, envuelto en un ambiente de algazara, de risas, de gritos lanzados hacia él de un extremo á otro de la pista. Jugaban á la estrella, al tren, al molino, y rivalizaban en darle terribles empujones, en zarandearle á más y mejor y en entorpecer sus movimientos, abrazándole de pronto las rodillas ó agarrándole por detrás los faldones de la americana. De cuando en cuando se detenía un momento á descansar, apoyándose en la maroma que circunda la pista. Su rostro, sudoroso y encendido como el de un colegial después de una carrera prolongada, reflejaba en su expresión la inmensa alegría interna. En aquel instante no deseaba nada, no envidiaba á nadie, ni por el de nadie hubiera cambiado su modo de ser y de entender la vida. El personal infantil se renovaba periódicamente y todos los inviernos cinco ó seis de entre las más pequeñas entraban de pronto á formar parte del grupo de las señoritas. Poco á poco, iban dejando de patinar con Perea y acababan por no hacerle el menor caso ni saludarle apenas. Después las ponían de largo, y entonces desa arecian de la escena. Algunas continuaban yendo al Ideal Recreatorio pero ya no á la pista, sino á las sillas de alrededor, donde se sentaban muy formalitas con sus novios. Cuando pasaba Perea por delante de alguna pareja, ella se lo señalaba á él con disimulo, y le decía algunas frases por lo bajo. Entonces sonreían los dos y se quedaban mirándole un ratito con aire de curiosidad. Otras veces, al verle aparecer en la puerta, se per-