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¡Yo! ¡Yo! i Yo! -gritamos á coro. -Vaya- -dijo el doctor seriamente, -va á hacerlo la persona menos crédula en esta materia para que se convenza. Va á ser Francisco. Francisco, él pariente de Jiían, sonrió maliciosa mente. -Me fijo en usted- -añadió el doctor- porque de cualquiera de éstos se podía creer que estaba de acuerdo conmigo para fingir. Nada, nada, usted va á ser el que nos convenza á todos. Francisco comenzó á creer, pero escamado de lo que udiera sucederle, trató de eludir la prueba diciendo al médico: -Y diga usted, D. José, eso... ¿no me hará daño para lo del brazo? -De ninguna manera- -contestó el interpelado. -El hipnotismo, en su aspecto telepático, contribu- ye eficacísimamente á la poliferación de la célula. Mientras los demás nos mordíamos los labios para contener la risa ante la cómica terminología del doctor, Francisco le miró con admiración, diciendo sin duda para sus adentros: ¡Lo que sabe este hombre -Ea, Francisco, piense usted en una persona querida que esté ausente. -En mi mujer- -contestó éste, que no tenía otra persona querida que estuviera ausente sino su parten ta. ¿En su mujer? ¡Sea! Ahora, señores, me van á hacer ustedes el favor de guardar el más profundo silencio. Esto del silencio es esencial para que Francisco no pierda el contacto telepático ni x) r un instante, y usted, Francisco, me va á hacer el obsef uio de pensar en su pueblo, en su casa, como si estuviera usted allí mismo. -Está muy bien. ¿Piensa usted donde está su mujer, como si la estuviera viendo? -Sí, señor, sí. ¡Pues mucho silencio todos! Francisco, llame usted á su mujer. ún dudó Francisco, y el doctor, con ínqicriosn tono, insistió: -Llámela usted ahora mismo. Francisco obedeció y dijo gravemente: ¡l enita! ¿Qué me quieres, Francisco? -contestó su mujer entonces desde la habitación inmediata. El marido se quedó pálido como la cera y nos miraba á todos, que fingíamos no haber oído nada. ¿Qué te pasa? -le preguntó Juan. -Que... ¡Que me ha contestado la Benita! -Vete á paseo. ¿Ahora quieres tú darnos la guasita á nosotros? -i ¡Que me ha contestado! -Vamos, cállate, embustero. ¡Por éstas, j uan, por éstas! Y besaba el hombre las cruces que hacía con los dedos en señal de juramento. -Señores- -dijo el doctor, -no lo tomen ustedes á broma, hrancisco está en lo cierto. -Pues nosotros no hemos oído nada. -Nada. -Nada- -fuimos diciendo todos. -Es natural- -contestó el doctor. -Como que se encuentran ustedes en un sector muy distinto de la circunferencia hipnótica de Francisco; pero él la ha oído erfectamente. ¡Y tan claro! -l- ie ita la pregunta, repita, que re ita la pregunta- -repitió á su vez el doctor. -i Benita! -gritó l- rancisco. -i Francisco! -gritó Benita. El hombre, conmovido, nervioso, se) Uso en pie y nos decía á los que seguíamos afectando no creerlo: -i Tan cierto como el sol ¡ue nos alumbra! -Ea, Francisco- -le dijo el doctor, -aproveche usted la ocasión para preguntar á su mujer algo interesante. Y el hombre, plenamente convencido ya de que se comunicaba con la parienta á través de la distancia de doce leguas, preguntó con el mayor interés: ¿Y la íjorrica? La carcajada fué general y so descubrió todo, líl deseo de Juan de prorrogar la broma y nuestro pro) ósito de ayudarle con nuestra fingida seriedad se íueron al traste al oir aquella pregunta inesperada. ¿Quién dominaba la risa ante aquel hombre que aprovechaba la ocasión de disiioner de un- poder sobrenatural para enterarse del estado de salud de una burra? Cuando, aclaradas las cosas, le manifestamos á Francisco nuestra extrañeza, nos contestó gravemente ¡Otra! Es que cuando me vine del pueblo dejé á la borrica algo malucha y me ha costado muchas pesetas, j Cómo se conoce que ustedes no tienen burras! CARLOS LUIS DE CUENCA. Dibujos de Medina Veía.