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AL A I R E M EL DE LOS D E N T l F R l e I, lado de un trípode que soporta una caja llena de paquetítos misteriosos vese un hombre vestido con un traje muy viejo. El hombre se quita el mugriento hongo en guisa de saludo dirigido á unos esp- ectadores fantásticos, pues está completamente solo. Después agita vigorosamente una afónica campanilla que se encarga de atraer á chicos, criadas, obreros, soldados y dos ó tres á quienes los abrigos nuevos y los sombreros dan cierto barniz de elegancia. Entonces, y previos unos carraspeos, exclama: -i Señores... Aquí tienen ustedes una toalla. Esto dirán todos que no sirve más que para enjugarse las manos y el rostro... Y esto es verdad, aunque no toda la verdad... Yo os digo- ¡apartad, chiquillos I- -que sirve también para otros muchos usos; por ejemplo: doblada de esta manera y colocada sobre nuestro oído izquierdo, nos revelará cuanto queramos saber... El dinero que lleve en el bolsillo... quien lo lleve; la muchacha que tiene ganas de novio; los años que tengamos lo que nos va á ocurrir el mes que viene y lo (ue no ha de ocurrimos nunca, con otras muchas cosas á cual más interesante y pasmosa... Al llegar á este ptmto ya el auditorio se había hecho bastante numeroso. El prosiguió: -Todo nos lo dirá la toalla al instante; pero antes veamos esto... ¡Dejadme en paz, criaturas... -Aquí tienen una cajita llena de polvos, como ven, amarillos... No son los de la madre Celestina ni los de ninguna madre; no sirven para colorar vinos, ni enrubiar el pelo, ni atersar el cutis; no están hechos de piel de cocodrilo, ni de glándulas de ictiosauro, ni de entresijos de ballena; no proceden de Brooklin, de París ni de Londres, y tampoco los inventó tm mistcr ó un monsieur... Los hace, como indica un prospecto que acompaño, Sebastián López y López; entran en su composición, como primeras y fundamentales materias, varias plantas inofensivas, y son polvos dentífricos... Descansa un momento, que emplea en apartar á los chiquillos, empeñados en asaltar el establecimiento. En realida d, puede afirmarse que está satisfecho de su exordio. ¡Señores! -continúa. -La suciedad en todas partes es mala. Pero cuando está en la boca, el peligro es inminente, muy inminente... ¿Saben ustedes lo que en el caso más favorable ha de sucedemos? Se nos quedan siempre entre los dientes briznas de comida, éstas sufren la natural descomposición, y he aquí la primera lamentable consecuencia: la fetidez del aliento... Dos individuos de los del concurso se marchan, y sus carcajadas resuenan en el aire. El orador los contempla iracundo. Se lee ei; sus ojos el deseo vivísimo de reducirlos á polvo, á polvo dentífrico, naturalmente Pasándose las manos por la barba, dice: -i Qué le hemos de hacer... Esos imbéciles se ríen de quien puede abofetearlos con un título académico... El público le mira con lástima. ¡Cómo andan los titulitos... -exclama una cocinera atusándose bajo el mentón un disforme lazo. -Otro efecto de la suciedad -prosigue él- -es la escoriación de las encías. Además, los dientes pierden la brillantez del esmalte. En seguida se presenta la caries, y, al cabo de poco tiempo, tenemos en plena juventud la boca lo mismo que una caverna... Qué se impone, para evitar esto... El aseo, nada más que el aseo... Para conseguirlo no hay nada ¡fíjense bien! -no hay nada como el dentífrico López y López, que un servidor tiene el honor de presentarles... Las palabras se las lleva el viento... Aquí verán hechos... ¿Hay alguno entre ustedes con la boca sucia, con los dientes renegridos ó amarillos... Yo le agradeceré que se acerque. Soy un bienhechor de la humanidad... Todos, al oírlo, mantienen muy apretaditos los labios. Entonces el título atrapa al rapaz más cercano y empieza la demostración de la bondad del específico. -Abre la boca... así... (La criatura obedece. Miren qué dientes... Parecen, por lo grandes y sucios, habas de ámbar... Atiendan qué decoloración de encías... Fíjense en el perfume... Esto es una gran hediondez... Pues miren... Se coge una toalla ó un trapo cualquiera, se humedece un poco, se le adhieren unos cuantos polvos y no hay más que frotar... Me parece que el procedimiento no puede ser más sencillo... El muchacho hace gestos de poseso, bufa, lagri mea y pone los ojos en blanco. Intenta una vez hablar en son de protesta, y el bienhechor de la humanidad le introduce en la boca un buen pedazo de toalla. Después continúa frotando, como si se tratara de dar lustre á unas botas. -Toma, enjuágate. Así lo hace, y todos ven que los dientes se han puesto blancos y brillantes como nuevos. Con todo, por si alguien lo duda todavía, el orador, soltando á su víctima, le dice Enséñaselos al público... El rapaz, apenas se ve libre, echa á correr, jurando no caer más en tales manos: -Señores, ustedes imaginarán que estos polvos valen una fortuna... Así es; pero aquí la caja no vale un duro, ni medio, ni dos pesetas, ni una, ni dos reales, ni uno... Vale quince céntimos, dos valen un ireal... ¡Fíjense bien... I ¡Quin- ce cén- ti- mos una y dos un re- al... Se inicia rápidamente el desfile. La cocinera compra dos cajitas. S i r v e n para las escoriaciones de las encías, para la fetidez del aliento, para evitar la caries... Un mecánico compra otra caja. El público se aclara de una manera pasmosa. -Miren... Volvamos á la toalla... ¿Qué quieren ustedes que nos adivine... Nadie le contesta... ¡El título académico está solo... JOSÉ A. LUENGO. Dibujo, d e j Francés