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C mTm ER ímGmn PAGINAS F E M E N I N A S mm CONDESA D ARMONVILLE. CRÓNICA DE PARÍS MlélíCOLES sS DE ENERO P a r a sujetarlas á la cintura puede empicarse una banda ancha de liberty con borlas, ó una cordeliére. C i e m p r e el estilo Imperio. H a s t a ahora sigue triunfando. P o r todas partes, especialmente de noche, no se ven más que talles altos, evocando el recucr Jo de Josefina y María Luisa. H e tenido ocasión de comprobarlo en las primeras fiestas íntimas de A ñ o Nuevo, donde he podido admirar primorosas toilettes en bellezas de la más alta aristocíaria. U n a de las más bonitas era de raso blanco, voilé de muselina negra, con un encaje de oro incrustado en la muselina sobre borde de terciopelo negro. O t r a gran dama lucía un vestido de una severidad ideal; de terciopelo negro, combinado con tul bordado en oro y sedas vieitx rose. Su cabeza, rubia cendrée, estaba coronada por pequeña diadema de brillantes, sosteniendo un sprit negro que, simulando gotas de rocío, de cada varita pendía tm brillante. L a stylisation de los vestidos con el gran saco plano, ha obtenido un succés que ha llegado á su apogeo en estos momentos. Se hacen de telas antiguas, de un color con apariencias de haber sido muy vivo y cpe el tiempo hubiese fanée, y bordada con mil arabescos de oro ó plata. Por su adorno, recuerdan los ornamentos sacerdotales; por su forma ancha, cuadrada y plana, los portapliegos de los gloriosos húsares, cuj- o uniforme galoneado hacía tan bonito efecto af lado de los vestidos callantes de entonces... Indudablemente, t r i u n i a el imperio por el momento. E n t r e las novedades que yo espero que no llegarán a ser copiadas, se encuentra la falda fendite delante, como lo estaban por un costado las de las M. erveiileuses, que al andar descubrían el tobillo, listo produce la im rcsíón de un accidente que hubiese roto la falda, y sobre no ser correcto, es feo. Nuestras echarpes ofrecen también algo muy nuevo y fantástico. LEay una en forma de manteleta verdaderamente ravissante. E s de breitschwana, rodeada de armiño. Se presta á colocarla con gracia, dejándola caer sobre los brazos ó reteniéndola suavemente alrededor de los hombros. Otra, muy elegante ara toilette de día, es de pequeñas tiras de skutujs, unidas con tiras de muselina de seda. Como la piel en sí es un poco lourde, la combinación con muselina la presta cierta soiiplesse muy elegante. L a tunique chemise, una de las ultimas creaciones, es completamente recta, abierta por ambos costados, ue una sencillez extremada, y que se pone sobre cualquier vestido de seda. Su sencillez no excluye, sin embargo, toda clase de adorno. H e visto una de muselina de seaa Dlarica, bordada é incrustada de jtn milan, m u y bonita. Tienen el triple encanto de ser elegantes, costosas si se quiere, ó económicas y muy distinguidas. OBSERVACIONES SOBRE EL GUSTO p o r un accidente Uiesperado me veo en la precisión de pasar una hora, quizá dos, no sé cuánto tiempo, en una casa desconocida para mí, como igualmente lo es su dueña. El día está triste y lluvioso, hace frío, y mi ánimo se inclina á la melancolía. Con la resignación forzosa del que no tiene más remedio que esperar, me siento al lado de la chimenea y empiezo á pasar minuciosa revista al salón, con la esperanza de adivinar las costumbres, las aficiones y él carácter de la que habita aquella casa. LOS muebles, del más puro estilo Luis XVÍ, lo mismo que la tela que tapiza las paredes, los espejos y hasta los bronces de las puertas, todo me hace creer que estoy en Trianon. En la habitación reina el orden más perfecto, no hay un solo detalle que revele el paso de una mujer por aquel cuarto, arreglado bajo la dirección de un tapicero que decora la casa, copiando uno ú otro estilo con tanta fidelidad, que si fuese posible entrar con los ojos cerrados, dudaría uno para reconocer el salón de ésta ó aquella familia. Yo considero que incurren en un error lamcnta) lc los que creen que patentizan su buen gusto amueblando un cuarto conforme al gusto de tal ó cual época, generalmente en desacuerdo con las costumbres y las necesidades modernas, y el error es imperdonable cuando se une á la pureza del estilo antiguo un detalle de confort, como sucede en este salón cuya contemplación me ha sugerido la idea de definir el gusto. Me senté al lado de la chimenea porque hacía frío pero en vez de encontrar el dulce calor de la leñai con su alegre chisporroteo, y las llamas azuladas ue evocando mil recuerdos transportan la imaginación velozmente de la infancia á la vejez y del pasado al incierto porvenir, mis ojos tropezaron con la luna biselada de glacial transparencia. La atmósfera, casi irrespirable, me- nizo buscar el fuego que indudablemente calentaba la pieza, y, en efecto, encontré el antiartístico calorífero, con su rejilla metálica que encierra las llaves de los tubos por los cuales corre el vapor del agua. ¿Puede darse contrasentido mayor que ese antipático aparato en el ángulo de im salón Luis X V I? Demuestra una carencia de imaginación ó un exceso de mal gusto cuando á estas horas existen infinidad de muebles bonitos en armonía con toda clase de mobiliarios para ocultar el aparato. Llegó el momento de abandonar el sillón que me había dado hospitalidad durante tres cuartos de hora, sin haber tenido el gusto de conocer al ama de la casa, y me marché sin conseguir, á pesar de los esfuerzos de mi imaginación, figurármela semejante á ninguna mujer; no podía verla más que de mármol, rígida, fría, sin alma ni cerebro. Una mujer que siente y piensa imprime á cuanto la rodea un sello propio, que revele su manera de ser é irnprima carácter y hasta fisonomía á los objetos. El gusto no se adquiere con unos cuantos miles de