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antes permítame una pequeña digresión, que es absolutamente necesaria para que comprenda el doloroso paso. Soy acérrimo enemigo de toda clase de animales domésticos, y así por igual entran en mi odio sonoro canario, cotorra parlera, perro ladrador y gato goloso. ¿Bichos que me atolondren los oídos y empuerquen la casa? j Nunca! Mas de esta aversión no participaba mi próxima familia, que tenía colocados sus cinco sentidos en un gatillo negro, menos grande que del codo al puño, y archivo de mil coqueterías y donaires, tales como correr detrás de una bola de papel, darse de niochaditas cariñosas en las pantorrillas de las visitantes, pasearse por entre mil objetos sin derribarlos y otras muchas gracias largas de enumerar. ¿Ofender en lo más mínimo al bichejo? ¡Grave falta! ¿No aplaudir y ponderar sus gatunas monadas? Descortesía manifiesta, dado que todos los F eribáñez, sin excluir á mi novia, le consideraban cual si fuese importantísimo pariente suyo, cuya alma hubiese por arte mágico transmigrado al cuerpo del animalito. Claro es que para ganar el afecto de aquellas gentes uní al coro de alabanzas mi humilde voto, al que junté también pasar mi mano por el lomo del felino, llevarle terrones de azúcar y hasta permitirle la demasía de subírseme encima ó lamerme las botas, con el firme propósito que hice, por supuesto, de rechazarle como regalo de boda si á mis suegros les viniese la idea de poner al gato en la canastilla de Natalia. Figúrese usted mi sorpresa, mi espanto, mi aturdimiento, mi terror, cuando al derrumbarme en el supradicho sillón noté que estaba aplastando un cuerpo viviente, que se removía y pugnaba por huir de aquella enorme masa de carne... ¡Gran Dios! me d je, ¿qué es lo que hay bajo mi región glútea? ¿Qué ser diabólico se ha metido aquí para que yo pierda el juicio? ¿Quizá algún ratón malévolo que ha horadado la tela del asiento y quiere cebarse en mis blanduras? Será una broma de mis nervios, que se han dado cita en este delicado punto de mi persona para advertirme, por medio de tumultuosas palpitaciones, que debo renunciar á la mano de Natalia... j Todo, todo se me ocurrió, amigo don Santiago, menos que el ser viviente fuera el maldecido animal, encanto y joya de los Peribáñez! -Pero, hombre- -interrumpió D. Santiago, ¿por qué no se levantó uóted en cuanto sintió el bullebulle? ¡Levantarme! Ahí es nada. ¡Eso lo hace cualnuiera c ue mande en si mismo! Pero ya le he dicho á usted antes que este ataque de poquedad me corta el buen razonar y me conduce á los actos más disparatados... Temí ponerme en ridículo si en aquel instante me hubiera levantado. Además, una de las señoras que hacían la visita á los (le Peribáñez acabó de azorarme, porque con in- sistencia pégajosóttá empezó á páseáf SU vista pof mi traje, como si lo llevase al revés ó le faltase algún botón importante. Y á todo esto sin que se me pasara por la cabeza que est. ba ahogando des) íadadamente al favorito de mi novia y decidiéndose mi porvenir. ¿Y cómo salió usted del atolladero? -interrogó D. Santiago. -Verá usted, querido amigo. Resuelto á que aquello que bajo mi volumen se estremecía desapareciese de entre los vivos, redoblé mis esfuerzos apretando de firme, al modo de maza laminadora y con toda la saña del criminal que se place en el exterminio de su víctima, hasta que dejó de moverse... Pero vi que llegaba el momento fatal en que los visitantes habían de marcharse y se descubriese mi delito, y me eché á temblar como si fuese de gelatina... ¡Y llegó... Sí, señor, llegó. Nos levantamos, ya que no pude quedarme embutido en el sillón lo que de vida me restase, y entonces, como saliera de él un débil quejido, las miradas de todos á él convergieron; los Peribáñez á una lanzaron un grito desgarrador, y el jefe de la familia, precipitándose sobre el asiento, tomó en sus brazos el cuerpo, ya hecho una oblea, de la infeliz bestezuela, que en presencia de aquella atribulada gente exhaló el último suspiro... La escena que siguió al fallecimiento del animal es indescriptible. Yo, con los pelos de punta y sin saber dónde meterme; las niñas, llorando á meco y baba; los visitantes, poniendo cara de duelo y la de risa quedándoles por dentro, y don Juan Peribáñez, señorial y altanero, en la siniestra mano el cadáver del gato cogido por las patas de atrás y la diestra extendida mostrándome la puerta con el índice recto... Puerta que tomé, amigo mío, cual si me persiguiese una legión de diablos, no sin derribar otra vez el maldito velador, recompuesto por la criada... Desde aquel funesto día he apartado de mi mente la idea de casarme, porque ¿en qué paraje de la tierra hallar mujer que ni por semejas iguale á la que perdí? Y además sepa usted, señor don Santiago (y aquí D. Celedonio misterioso y tétrico bajó la voz) que aquel crimen me remuerde la conciencia y me roe el corazón, y todas las noches sueño con un gato negro, que me mira hosco y me hace guiños... ¡Ah! ¡Sí! ¡Sí... No me cabe duda. El que yo maté por sofocación y aplastamiento encerraba el espíritu de un Peribáñez que fué... -Realmente ello es grave- -interpuso D. Santiago, -y yo en el caso de usted haría una jaculatoria por el alma de todos los difuntos de la familia de su ex novia para que se la repartiesen, y algo le tocaría al ascendiente gatuno, dejándole á usted vivir en paz y dormir tranquilo. -Habrá que pensarlo- -dijo D. Celedonio, y se quedó meditabundo. E. GUTIERREZ- GAMERO. Dibujo de Méndez Briuga. -4 5 6 7 8-