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-Venga de ahí- -dijo D. Santiago, se arrellanó er su butaca y se preparó á oir el caso de don Celedonio. -Verá usted- -comenzó éste. -Tengo la desgracia de poseer un ticrnísimo coi- azón, muy dado á inflamarse por causa de amores, y tal defecto de mi órgano seiisil) lc condújomc más de dos veces á punto de caer en la red matrimonial con hembra que no merecía llevar mi ilustre nombre, ues en cuanto columbraba una muchacha en pos de cuyas prendas se me fuesen los ojos y me pusiera los suyos dulces y pedigüeños, dábame la ocurrencia de pedírsela á sus seño. rcs padres en sagrado connubio, sin haber hecho i rimero, y mediante honesto trato, un jrofundo estudio de sus condiciones psíquicas. Sobre varias cayó mi gusto, y á alguna de ellas quise darla á entender cómo por la vía cordial habíame rendido hasta desear su posesión eterna, á virtud de las santas bendiciones. Pero ha de saber usted, amigo don Santiago, que en esto de declarar mi atrevido pensamiento í oy más tímido... ¿que una liebre? Ca! Las liebres, los conejos, los pajarillos y demás animales asustadizos de pluma ó pelo, son fieros leones si los comparamos con mi pusilanimidad y cobardía. Cobardía y pequenez de ánimo que no sólo me priva del habla en cuanto á decir amores á una mujer, sino que se extiende á todos los actos de mi vida, aun en sus menores deía lies. Y así parezco desmañado no atino á coordinar las ideas como me sea preciso expresarlas delante de dos personas; se me suben los colores al rostro si de repente me dirigen la pregunta más zonza: tropiezo en todos los muebles, me meto en todos los charcos, pienso una galantería y me sale una inconveniencia, y... ¿para qué cansar á usted, querido don Santiago, si de antiguo me conoce y de memoria sabe mis faltas? -Prosiga, amigo don Celedonio, déjeme que le califique de alma de Dios, cjue más vale ser bonachón tímido que atreviduelo descarado. -Pues, como iba refiriendo, andaba á la husma de persona femenina á quien tender mi mano de esposo, si tropezase con alguna que por clarísima n jiestra de su voluntad aquiescente me ahorrase el trabajo de decirla seamos para en uno los dos, pues ai llegar al instante de exponer mis ansias, con el otro sí de la inmediata coyunda, perdía de golpe y porrazo las facultades por cuyo medio se comunican los humanos. ¿Y por qué no adoptó el de la epístola reveladora, donde el amoroso florilegio tiene su na- hiral cabida? Quite allá, hombre! ¡Ye escribir cartitas cursis con aquello de desde qu ¿te vi te orné! iJsQ en mis años! ¡Poco que se reiría de mí la individua! i Calabazas seguras! Además, en esta clase de literatura soy un porro, v no bien me -pongo el papel delante no acierto á discurrir más que sandeces... El habla me cuesta, pero el escrito me asusta. -Entonces ya se me alcanza la razón de hal) -rse quedado virgen de compañera legítima. -P a r e usted el carro, y no juzgue hasta el final de mi tristísima historia, amigo mío. -P a r o y escucho. -Frecuentaba yo la amistad de los de Peribáñez... ¿N o se acuerda usted de los de Peribáfíez? -i Sí, hombre, sí! ¡N o me he de acordar! L a viuda de Peribáñez. U n a señora con dos ninas. Por cierto que el jefe de la familia, don J u a n Peribáñez, murió de un paseo, porque sus hijas tanto le zarandearon de aquí para allí que un día se decidió á descansar i) ara siempre. ¡Como iie á las muchachas las llamaban las parricidas! -P u e s la más pequeña, N atalia, me cogió el alma, y me entré por el amor de la preciosa cliiquilla como quien va camino de la gloria sin torv: rse uu ápice, y ella, así que la hube hecho notaicon el juego de mis ojos cuanto sus liechizos habíanme conmovido, de tal suerte fué poniendo en nuestras breves conversaciones el suave dejo de su aceptación placentera, á modo de unto resbaladizo facilitante de mi caída, que sólo me fali. aÍ 3 a, para salir- del tácito consentimiento y llegar al término de mi ventura, romper con una ex rc- síva frase de las que traen aparejado el sí apetecido... Y aquí de mis timideces. ¿L a diré se quiere usted casar conmigo? No. Estas palabrejas la. recordarían el cuento del ratoncito Pérez y adiós respuesta sin risa inmediata... Señorita, yo ¡a amo á usted... Menos. El verbo amar me suena á vocs lo de comedia, y de emplearse ha de ser en la tuga de la pasión desbo: -dada, y no con el artículo ceremonioso sino con el pronombre aproximativo y confidencial. En resumen, amigo don Santiago, que mascullando los conceptos, que no pasaban de la intención, habría llegado á viejc si no viene en mi ayuda la i ro ia Natalia, dándose por enterada de mi, casto amor y tratándome como si fuéramos novios de esos que cuchichean 3o r los rincones, van á paseo muy apretaditos á mucha distancia de la respetable familia y no pierden coyuntura de decirse ternezas... Y ya traspuesto el escollo inmenso de mi cobarde ñoñez, ¿cuál el finiquito de nuestras relaciones sino acudir á los papas de Natalia pedírsela solemnemente... Me puse mií ropa negra, el sombrero de copa recién planchado- unos guantes color de lila que estallaban de puro nue OS y, previo aviso á los de Peribáñez por conducto de su encantadora hija, un infausto día hice mi entrada en el salón familiar con malísima estrella, pues comencé derribando un velador que había lleno de cachivaches en medio del recibimiento- -hall decimos hoy los elegantes, -cuyo estrépito al caer derribó también mi serenidad, sumiéndome en las profundidades de mi torpeza... ¿P e r o á cjuién se le ocurre colocar en el centro de una habitación no muy clara el diclioso mueble, como no fuera para que yo en él tropezase? Sueltos y perdidos todos los cabos cjue atan la voluntad de no hacer simplezas, y seguro de que cnanto más cuidado pusiera peor sería, entré en la sala, donde mis futuros suegros me esperal. an de punta en blanco. ÍTallábanse á la sazón de visita tres señoras y un caballero, y su presencia me prestó cierto alivio, pues en el tiempo que allí permaneciesen recobraríame c ¡uizá del pasado susto y me vendrían mis cabales... PTechas las presentaciones de rúbrica, caí, con el peso de mis ochenta kilos y con el placer del que descansa, sobre el mullido asiento de un silloncito bajo, de esos que luego para abandonarlos precisa flexión ascendente, mayor aún si el cjue los stifre tiene las piernas largas y no sabe en qué sitio meterlas. Cayó á plomo y de una vez mi cuerpo, como le voy á usted contando, y entonces sentí... pero