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Córtese por esta raya. t EL POBRE CeRO LA SUERTE DE DON TANCREDO Hay gente que nunca lleva ninguna regla á la práctica sin alguna añadidura siiya para mejorarla, y sucede muchas veces que una regla acreditada, por la añadidura aquella resulta bastante mala. Esto- le ocurrió á Venancio, vecino de Vülaparda, con. la suerte del toreo de Don Tancredo llamada. Estaba el tal asombrado de que una fiera tan brava como él toro no embistiese á aquella figura blanca, y le explicaron que todo consistía en que la traza, el color y especialmente aquella completa falta de movimiento del hombre semejaban una estatua. Y como el toro creía que de estatua se trataba, se acercaba receloso íy huía sin atacarla, í i ñ vista de esto, Venancio, que tenía muchas ganas de lucirse en los novillos ante su novia Bernarda, hizo- un pedestal de un cubo le dio de pintura blanca, y para su vestidura -38- se hizo un sayo de una sábana, y se cubrió con harina manos, cabellos y cara, con lo cual se creyó un nuevo Tancredo de Villaparda. Llegó el día de l, a tiesta, llenó la gente la plaza y salió Venancio al centro para hacer la suerte magna. Estaba inmóvil el hombre en postura muy gallarda cuando soltaron el bicho, que se le acercó con calnia. Mas á pesar de lo quieto que el pobre Venancio estaba, el toro se iba acercando sin asustarse de nada. El nuevo, Tancredo entonces, viendo la cosa muy mala, pues no asiistándose el toro la embestida era inmediata, quiso mejorar la suerte, y, por ver si le asustaba, exclainó eh voz cavernosa: Toro, ¡que soy una estatua! Y el animal, al oírle, fuese á él con tanta rabia, que si no acuden á escape con los capotes, le mata: deséngafiándqse entonces del resultado que dafia la suerte de Don Tancredo corregida y aumentada. CH. í- Y) t observado qae escribimos sieTOpre peqüeñito el cero, y po be podido explicarroe la caasa 5 e tal empeño. Debe ser, sin óuóa algapa, porque coroo, de cbicueíos, al aprepder á bacer oúiweros, siempre nos dijo el maestro que el cero po vale pada, bemos acbicado al cero, y bace mal papel al lado de sus otros compañeros, upo, dos, tres, cuatro, cipco, seis, etcétera, que veó que los bacemos más gírapdes, sip saber por qué lo bacemos. Escribap ustedes upa cifra cualquiera, y ajDuesto á que, sip que se dep cuepta, y aupque se fijep ep ello, veráp que al cero le acbicap y que yo estoy ep lo cierto. Ho te acbiques, lector, tapto, que te pase lo que al cero, que dicep que pada vale y le bacemos más pequeño. JOSÉ R O D A O V í jii fí 2? ii t ñ 3 í