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t n el comedor del palacio de lord Carrington- -sito en Furfhull- Street- -éramos aquella noche treinta y dos comensales, entre ellos cuatro ó cinco grandes figuras de la primera aristocracia británica y un alumno del Real Colegio de Veterinaria de Manchester, que estaba en Londres para operarse una oreja y que, como yo, era recomendado y protegido del du ue. La comida transcurría en medio de esa digna sobriedad británica, que no impide á lo mejor la desaparición de unas cucharillas de postre, que se acogen al bolsillo de uno de los comensales... Cuando, después de la sobremesa, nos dispusimos á salir á la calle, ocurrió en el guardarropa- donde previamente habíamos depositado nuestros abrigos- -algo extraño y meterlinquiano. Según supimos días después, el encargado de nuestras prendas había sufrido una cruel indisposición durante nuestra comida que le había obligado á retirarse, dejando el puesto á otro servidor, sin darle todas las instrucciones necesarias, y la falta de estas instrucciones es lo que hizo que, al llegar la hora en que cada uno de los invitados había de recoger su abrigo para lanzarse á la calle envuelto en él, se produjese una confusión que ni la de la torre de Babel. Pero todo lo salvó la proverbial corrección británica cada cual tomó el paleto, el carrik ó el gabán entallado que el criado le largaba, sin protestar, sin fijarse siquiera en el color ni en las medidas de la prenda. Como todo había sido confiado á la memoria del enfermo, al faltar él, nos hicimos un lío. La hermosa escalera ducal presenció un desfile de visiones dantescas; proceres altos y huesudos enfundados en un sobretodo que no pasaba de sus riñones y cuyas mangas no se avenían á bajar más acá de los codos; lores bajitos y rechonchos como peonzas, envueltos en amplios abrigos que para no pisarlos tenían que recogérselos como faldas, sacando ias manos tras enormes esfuerzos de entre un ahogo de telas; hombres ágiles á quienes los excesos de pliegues de un impermeable privaban momentáneamente de su agilidad, y otros de abdomen pronunciado, que sostenían titánica lucha para abrochar el frente de un entallado á todas luces insuficiente. A mí- -á cambio de mi ranglán color tórtola, que me pareció verlo sobre los homljros del estudiante de Veterinaria- -me tocó un abrigo de jerga irre ¡irochable, no mal de medidas en cuello y pechera, pero que, desde la sisa de los brazos, comenzaba á dilatar sus dominios, abriéndose sin cesar por toda la es alda hasta acabar en una especie de minñaf ue, dejando á mis piernas en ridículo. Visto de perfil dcliía yo parecer un abanico ó una cúpula achatada. Aterrado gané la calle, temiendo que las turbas me siguiesen, y envuelto en la niebla, que ¡rotcgía mis vergüenzas, y en el abrigo, (ue parecía una nube, llegué al Club, donde me es cr; i! a una ovación. fjDs socios todos me aclamaron; mi abrigo tuvo un éxito de elegancia se alababa su corte, su aire, su colorido, y, sobre todo, aquel contraste entre su amplitud y lo esquelético de mi figura, que me hacia aparecer como el badajo de aquella colosal camjjana. Cuando yo osaba sacar el cuello por la abertura superior, para dar las gracias, unos nuevos ¡turras! frenéticos me hacían refugiarme de nuevo en el envoltorio como la tortuga en su caparazón. Durante cuarenta y ocho horas fui el hombre del día en Picadilly- -allí las famas duran poco. -Se pobló la ciudad de abrigos como el mío; por todas partes no se veía otra cosa. Al correrse la voz de que yo era español, se inventaron las más fantásticas historias para explicar la génesis de la ¡prenda: hasta se llegó á decir que ella había sido un regalo hecho á mi humilde persona por el Rey de Inglaterra, para testimoniar con la dádiva el afianzamiento de la entonces flamante amistad hispano- inglesa. ...Han pasado seis años y aún conservo en mi poder el abriguito; en los días de lluvia, al volver á casa con los pies húmedos y fríos, lo exhumo del ropero, en que yace como en una cripta, lo oreo un poco y me lo pongo á guisa de cubrepiés histórico. Jo. QuiN BE LDA. Uibujoá de MLUÍUU Vera,