Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
FILOSOFÍA BARATA LA es la Q UE Decía elegancia? Metastasio: ELEGANCIA lo son asimismo las salas de ciertos teatros de concurrencia tan numerosa como distinguida; las toaletas de las primeras actrices que no tienen agravios pendientes con los cronistas, y, finalmente, las sesiones del Ayuntamiento los días en que tienen que levantarse por falta de número. Claro que ésta es la verdad oficial; la otra, la verdadera, hay que atraparla al acaso. Donde menos se piensa salta un adefesio en forma de mujer torpemente vestida, de vals pesado y popular ó de libro de algún amigo, pero también donde menos lo esperamos surge una nota suave y correcta con todos los tonos y los matices de lo elegante per se; ora un chaquet bien cortado, ora un sombrero femenino... al fondo de un escaparate, ora un tranvía de las Ventas que, al dar la vuelta á la Cibeles, lo hace con una euritmia tal, que nos tran. sporta por unos segundos á las avenidas del Cerámico. Por todo ello, he llegado en este asunto á una conclusión déimitiva, ¡y si vieran ustedes qué descansado se queda uno cuando llega á una afirmación de esa índole! La elegancia es la casualidad; ésta es mi conclusión; el que se proponga ser elegante no lo conseguirá nunca; el que no se lo proponga... tampoco lo conseguirá, á no ser en casos rarísimos. A este propósito recuerdo un sucedido de mi vida que viene como anillo al dedo á demostrar mi afirmación. Estaba yo en Londres- -ya hará de ello seis años- -y después de tres semanas no había sabido salir de Picadilly; un atardecer, en que llovía á través de la niebla proverbial, me guarecí en el Club, refugio de mis siestas de ocho horas, con las que procuraba ir entrando poco á poco en los hábitos somnolientos de la gran urbe. Al entrar pusieron en mis manos una carta: era una invitación del duque de Carrington, que me brindaba su mesa para aquella noche. El ilustre lord era el único habitante de Londres á quien yo había llegado recomendado por unos parientes suyos que tienen una fábrica de percebes en la Ciudad Lineal; es decir, el único no; un modesto comerciante que tenía un tenducho de bebidas junto á San Pablo era el otro pilar en que yo me apoyaba para andar sin tropiezos por la ciudad. ...la elegancia es una virtud, como la pureza, como la honra; consiste en la adecuación del medio justo con el fin moral. Richemberger afirma: Nada hay en el mundo que no pueda ser elegante. Una sonata de Mozart lleva en sí los mismos gérmenes de elegancia que un viejo acueducto romano. A pesar del profundo respeto iíie nos ha inspirado siempre el Sr. Richemberger y toda su distinguida familia, nunca accederemos á llamar elegante á un biftec con patatas, aunque nos lo pague un amigo. Poí- último, madame Stael escribió: La elegancia es la armonía; en esto, como en otras muchas cosas, no se ha dado un paso desde los griegos hasta nosotros. Los atenienses eran elegantes sin saberlo, porque profesaban la divina religión de la armonía. A pesar de que he procurado seleccionar mis citas- -dándome de paso un tinte de hombre culto, indispensable en esta época en que triunfan toda clase de tintes, -habrán ustedes observado que no hemos logrado enterarnos de lo que es la elegancia. Lo mismo ocurriría si llenásemos cien volúmenes con palabras de todos los filósofos que ha producido la grey humana; y es que esos filósofos, por lo general, han sido unos cursis en su vida privada, lo cual no les ha impedido dogmatizar sobre toda clase de elegancias. Acudamos á los hechos, desdeñando un poco las teorías. ¿Fué un elegante Petronio... De este ilustre personaje yo no tengo más referencias plásticas que las representaciones del Quo vadis? de Sienkiewiz, presenciadas en los escenarios madrileños hará cuatro ó cinco años; y de esas representaciones- -sin ofender á nadie- -yo no guardo un recuerdo que me permita asociar la idea de la elegancia al libertino poeta, cortesano de Nerón... Entonces, quizá Alcibiadcs... No tengo datos: sólo diré que un hombre que le corta el rabo á su perro para llamar la atención, carece de uno de los fundamentos de la verdadera elegancia: la despreocupación. Vengamos á nuestros días: en ellos son elegantes las damas, del alto mundo á quienes resultaría calumnioso llamar hermosas, ingeniosas ú opulentas;