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K l 1 1- aX HA ¿í UN DESENGAÑO de los viles burladores; ¡que hay corazones de cieno, de vida asaz disoluta, que sólo quieren la fruta cuando es del cercado ajeno! Casarse con una bella le resultaba terrible; con una fea, ¡qué horrible vivir siempre al lado de ella! ¿Dónde encontrar una cara de tal forma y de tal ciase que á, ninguno le gustase y á él, en cambio, le gustara? Por fin halló para esposa, y bendijo su fortuna, cierta muchachita, de una vulgaridad espantosa. Ni era guapa ni era fea; pero tenía un defecto: la nariz; ¡triste proyecto de una tristísima idea! W -i La boda estaba acordada y á falta de algún detalle, cuando se la halló en la calle por un hombre acompañada. Furioso no, dolorido se acercó á la eompaiíía, mientras que la infiel huía, después de dar un chillido... ¿Por qué mi amor me arrebatas? -preguntó al otro, severo. T éste dijo: -Caballero, ime gustan mucho las chatas! GIL PARRADO. Dibujo de Mcdinn Vera. Era el buen Francisco Antonio Garci- Rodríguez Ozores uno de los defensores más firmes del matrimonio. Para él no habla en el mundc nada que iguale á ese estado, base del hogar sagrado, consolador y fecundo; y al exaltar sus deberes proclamaba, con voz tierna, la fe de esa unión eterna que funde en uno á dos sercE Ninguno le convencía, con sus argumentos varios, de los muchos, partidarios que tiene la soltería; y hallaba triste y absurdo que aún exista quien exclame: ¡El buey suelto bien se lame! axioma egoísta y burdo. Pero el buen Francisco Antonio Garci- Rodríguez Ozores, siendo de los defensores más firmes del matrimonio, y aunque del todo sincero la noble unión exaltaba, en demostrarlo tardaba, ¡permanecía soltero! T ora, en verdad, poco lógico que, al fin, no diese tal paso, pues resultaba su caso, desde luego, paradójico. ¡Ay! Por los mismos fervores de sus puras alabanzas, temía las asechanzas