Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
que el verdadero valor es cosa muy distinta de lo que la gente piensa. Asi, pues, juzgo tan valiente á aquel que arremete, él solo y á pecho descubierto, contra una batería haciendo fuego, porque en hacerlo está el honor de la bandera, como al que, teniendo elementos para resistir y quizá para vencer, se retira ante el enemigo obedeciendo órdenes superiores inexcusables. En resumen; el verdadero valor, á mi juicio, está en cumplir siempre y en todas ocasiones con el deber estricto. Pero, ¿qué móvil sano, elevado y recto podría impulsarme á entablar discusión con el primer quídam que me contradice, y llevarla hasta limites de violencia qu. e hicieran necesaria la cuestión personal? No; eso no sería digno de mí, no ya ahora, que soy un viejo temblón y caduco que para nada vale, sino en aquellos períodos de la vida en que tuve fuerzas y sangre hirviente y bulliciosa. -Sí; esa es la sana teoría- -le contestaba yo; -mas usted, en los tiempos á c (ue alude, no se limitó á veces al cumplimiento del estricto deber, sino que llegó á extremos de arrojo rayanos en el heroísmo. -Parece que tocan en lo heroico jiorque tuve la fortuna de no perecer en ellos, que si no, serían vulgares actos de temeridad inconsciente. -Eso es modestia pura. -No, es la verdad. Y, además, cuando ocurrió lo que usted dice, yo no tenía otra responsabiUdad que la de mis propios hechos, y pude jugarme la vida por móviles que pesan mucho cuando haj pocos años, tales como el afán de gloria, de notoriedad, la ambiciór... -Pero, en resumen, querido D. Baldomcro, ¿aprueba usted a Uora, en, frío, esos hechos que antaño realizó? -Hombre, los apruebo y, con mis años á cuestas, volveríalos á acometer si me pusieran en iguales circunstancias... Afirmación semejante da idea del carácter del anciano, que era muy capaz de hacerlo tal como lo decía. Asuntos que embargaron mi atención por espacio de algún tiempo, fueron causa de que no viese á D. Baldomcro en unas semanas y, cuando pude volver á I3 tertulia en donde antes diariamente nos reuníamos, me dijeron c ue iba poco y no parecía gozar de buena salud. Me alarmé con esto, pues muy de veras le estimaba, y fuime en su busca, teniendo la suerte de encontrarle á poca distancia de su casa. ¿i Vdónde bueno, D. Baldomcro? -le pregunté deteniéndole. -Estaba inquieto por no saber de usted. -Muchas gracias por su interés- -contestóme. -No ando bien, como verá en mi semblante. -Algo pálido le encuentro; ¿qué le ha ocurrido? Dudó un momento, y decidiéndose al fin, mé dijo: -Acompáñeme y se lo contaré. Se cogió de mi brazo y comenzamos á andar. -Habrá usted de saber que he pasado muy malos días por causa de una picara muela, que se puso en forma tal, que ni los emplastos, C 3.1 mantes y enjuagues que componen la terapéutica familiar y casera- de la que siempre echa uno mano a. níes de acudir á la ciencia- -consiguieron calmarla y adormecer los dolores que, la muy indina, me proporcionaba. Aquello era ínaguanta, ble, y tan pésimos días, con sus noches correspondientes, me propinó, que decidí ponerme en manos de un dentista para que me aliviara, si nodía. Fuime, pues, en busca del que me recomendaren como más hábil, llegué á la hora de consulta y, ¡oh, poi- tento! á medida que se acercaba el instante de ponerme frente á frente de él, se me iba quitando el dolor hasta desaparecer por completo. En esa situación, ¿á qué quitarme uno de los huesos que me pueden servir, aunque sólo sea como prueba de que tuve dientes en mi hoy desmantelada boca? Contento por librarme del tirón que le amenazaba, di como excusa al criado que guardaba la el que mis quehaceres no permitían mayor espera, y huí loco de júbilo por haberme curado con tan escaso sacrificio. Pero, transcurridas pocas horas, ¡qué desilusión tan grande me esperaba! El dolor reapareció más intenso, más tenaz, más desesperante, más enloquecedor, y pasé la noche revoleándome. A la mañana siguiente, vuelta á casa del dentista, y otra vez me ocurrió el fenómeno calmante; nuevamente salí de estampía, creyendo en la definitiva y milagrosa curación, y por la tarde volvióme el dolor con mayor violencia. ¡Y esto me ha pasado hasta cinco veces, amigo mío! ¡Y ya no había más dentistas afamado cuyos salones de espera visitar, pues excusado es decirle c ue nunca fui dos veces al mismo sitio, por vergüenza de que me reconocieran los criados ó los clientes y se burlasen de mí! En resumen; convencido al fin de que lo que me quitaba el dolor era el miedo á que me arrancasen el hueso enfermo, clecidime á emplear un remedio radical: vestí el uniforme, prendí en la levita mi cruz laureada de San Fernando, mi placa de María Cristina y las medallas del Mérito Militar y, así ataviado, me fui á casa del dentista que i me sacó la muela! ¡Hubiera tenido que ver que el coronel Fernández de Ortuño cometiera una cobardía llevando al pecho las veneras que recordaban sus antiguas proezas! No pude menos de soltar la carcajada; pero, sin enfadarse por ello, añadió: -Ríase, búrlese de mí; hace usted bien, que para eso se lo he contado. En fin, éste ha sido mi último hecho heroico. -Y, ¿usted qué sabe, D. Baldomcro? -i No lo he de saber, hombre! ¡Si ya no tengo más muelas! G. ANTHONY Dibujo de Méndez Lringa. 4 6 7 S-