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m ni. afable trato y conversación air. nr. apreciábanle cuantos tuvieron la fortuna de conocerle 3 tratarle, pues á esas no usuales condiciones se iinia la de un altruismo á prueba de desengaños é ingratitudes, que le hacía desvivirse por complacer á todo aquel que de su actividad, de su no escasa influencia ó de su bolsillo había menester, pudienlo estar seguro de que, en cualquier momento, encontrábasele dispuesto á otorgar el socorro, facilitar la recomendación ó gestionar el asunto que, á punto de atranco, no salía de los recovecos de la covachuela donde yacía, como no recibiese el salvador empellón que le hiciese sobrenadar en el marernagnmn de los expedientes faltos de eficaz apoyo. Don Baldomcro, como familiarmente le llamábamos, había llegado á los setenta y tres años de su edad sin alifafes considerables, y cuidaba de sus dolores reumáticos y de su catarro crónico con el desahogo que le permitían las escasas rentas de unas tierras de pan llevar que poseía en la Mancha, con más su retiro de coronel y las pensiones de una laureada de San Fernando, una Cristina y varias cruces del Mérito Militar, pues ha de saberse que Fernández de Ortuño fué, en sus verdes años, no sólo un cumplidor de su deber, sino que tuvo por norma constante de su vida militar el excederse en la ejecución de cuanto tuvo ciue realizar, siempre qae para ello hubiese c ue exponer la propia vida, á la que sistemáticamente antepuso el arrojo temerario y la caballerosidad á usanza de los tiempos heroicos. Como aprovechó una época de turbulencias en l a siempre agitada historia de nuestra asendereada patria, tuvo muchas ocasiones de hacer gala de esa bizarría suya característica, y tanto en su mocedad en la guerra civil de la Península, como, hombre yz, en la de Cuba, y más tarde en algunas campañas de Filipinas, demostró no sólo su indómito valor, sino dotes de mando muy más que estimables, que le hubieran llevado á más altos puestos si la edad del. retiro no le hubiera cogido en el empleo de coronel del arma de Caballería, con lo que tuvo cpe resignarse á pasar á la escala de reserva, cuando su estado físico le permitía continuar desempeñando cargos activos por espacio de bastantes años aún. Limitó, pues, su vida, por la fuerza de los hechos, al cuidado de su persona, algo quebrantada por las penalidades que las campañas traen consigo, y más cuando se trata de quien no escatimó coyuntura de hacerse agujerear la piel, llevando en su cuerpo gloriosas huellas del valor de que constantemente hizo gala. Retazo viviente de una época que ya pasó, era interesante oírle recatar hechos en los que tomó parte ó que ante su vista se desarrollaron, pues habiendo tenido relaciones con muchas primeras partes, tanto de la política como de la milicia, con- servaba clasificados con todo esmero autógrafos ¿e la mayor parte de ellas, así como tambiéii gacetas y periódicos en los que se detallaban al menudeo aquellos sucesos, documentos que gustaba de sacar á luz ante los que de su intimidad gozábamos, cuando la ocasión lo requería y como complemento justificativo de su argumentación ó de sus asertos. Era, por lo que va dicho, el buen D. Baldomcro Fernández de O r t u ñ o un militar de los de valor acreditado, ya que las proezas que realizara proliábanse en su refulgente hoja de servicios, limpia ejecutoria que honraba, no sólo al que á ella diera lugar, mas también al arma en que prestó sus eminentes servicios, en las cruces ue en jjremio de ellos recibiera y en la estimación que todos los militares le profesaban, por ser el anciano uno de los pocos actores ó testigos de lo que sólo figura ya en las páginas de la historia ó corre de boca en l) oca como tradicional. No se crea, sin embargo, que nuestro D. Baldomcro fué en sus mocedades un profesional del valor, dígase matón. N o pacifico y tranquilo, reservó sus arrestos para los casos en cjue puede lucirlos c (uien los tiene; es decir, en los campos de batalla y frente al enemigo, mientras cpie en la vida ordinaria 5 corriente era un caballero extremadamente cortés, muy respetuoso con el parecer de los demás y nada amigo de hacer que prevaleciera el suyo, porque, poco aficionado á las discusiones, inclinábase ante la apinión ajena como el (lue la sostuviese lo hiciera con extremos de energía ó de violencia, ajenos á su educación exciuisita. -Nadie se imaginará- -decíale yo algunas veces- -cjue usted, tan prudente y callado ahora ante las afirmaciones más ó menos fundadas de cualc (uier chisgarabís, sea el personaje que con su ejecutiva expedición resolvió situaciones tan arduas y difíciles como la de la acción de Monte- Izarriz, en la guerra carlista, cpie le valió la laureada, ó la de Cayo Rojo, en Cuba, ó la de la I aguna Sampay, en Filipinas. -E s que en esos casos la lucha era por algún móvil muy g r a n d e el triunfo de nuestras armas sobre las del enemigo, la defensa de una posición que me estaba confiada, la salvaguardia de las vidas cjue de mi gestión dependían... ¡qué sé 3- 0! mientras que en estas menudas discusiones, en las que, como dice usted muy bien, me retiro ante cuakjuiera que tenga más voz, aunque menos razón, no se pone más eme el trivial empeño de amor propio, consistente en aparecer como mejor enterado, más sabio ó más razonador. -Como usted quiera; pero ello no deja de ser notable tratándose de un carácter tan decidido y tan entero como el suj o. -Es que yo, amigo mío, no he tenido ese carácter que me atribuye más que cuando las circunstancias me han impelido, porque creí siempre