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l C V p N Cierta cervecería QC iviaurui, ya desaparecida, reuníanse hace algunos años Duen golpe de escritores y artistas, que allí olvidaban la diferencia de sus edades, clases y tamaños para fundirse en una franca y sincera amistad. Alo era aquella reunión un cenáculo, al modo de los formados por jóvenes iconoclastas para transformar el mundo con la simpática inconsciencia de su entusiasmo; ora una tertulia, y nada más que una tertulia, sin otras pretensiones que la de pasar el rato de la mejor manera posible. Y siempre con alegría y buen humor, virtudes que nunca les faltaron á los contertulios. Claro es que allí se manejaba la tijera de lo lindo, pues la murmuración, siendo innata en el hombre, es el primer deber de toda sociedad bien constituida; pero se hablaba mal, no sólo de los ausentes, sino tambié- de log presentes, y con esto perdía todo su valor la maledicencia. Hacíase, además, con tanta gracia, que las frases no resultaban crueles ni mucho menos; pues si es verdad que el áspid se oculta entre las flores, como suelen decir todavía algunos moralistas de tercera mano, no es cierto que por un chiste se muera nadie, como no sea de risa. Vecino á esta simpática reunión de alegres camaradaSj apareció un señor como de cincuenta años, de buena presencia y con aspecto de hombre adinerado. Vestía bien y lucía valiosas alhajas y larga cadena de oro que, rodeándole el cuello, sujetaba un magnífico cronómetro sepultado en el correspondiente bolsillo del chaleco. Este señor entraba en la cervecería antes que ninguno de su vecindad y se marchaba después del último, luego de haber seguido toda su conversación sin perder palabra, saboreándola con inusitado regocijo. No duró mucho tiempo esta admiración extática. A les pocos días, sus sonrisas convirtiérose en francas carcajadas, aventuró después algunas frases aprobatorias; deslizó más tarde un tímido comentario; saludó en seguida á los tertulianos de carácter más abierto; fué luego saludando á los demás, y, últimamente, abandonó el velador contiguo á la tertulia, donde se situaba, sentándose á la esquina de la mesa adyacente. Hasta que, por fin, se acomodó en una de las principales, intervino en las discusiones, dijo sus cosas y recibió con extremada complacen- mas que le tocaban en suerte. Así ganó por su propio esfuerzo una plaza de contertulio, que parecía ser su aspiración suprema, sin que, á decir verdad, le chocara á nadie; antes bien, to los encontraron na. tural el ascenso, acabando por tratar al intruso con familiaridad largamente correspondida. Ya había declarado á trozos su pequeña historia: que se llamaba D. Manuel, que era andaluz, que estuvo empleado en Ultramar algunos años y esperaba un nuevo destino en la Península... Reíase él mismo de su pasado, de su presente y de su porvenir, invitando á los nuevos compañeros á que se le rieran en sus propias barbas, que estaban, por cierto, cuidadas con el mayor esmero. Esponjábase cuando le hacían im chiste, y exhibía con verdadero orgullo esta frase allí nacida é inspirada en el áureo y monumental adorno de su indumentaria: ¡Tú estás condenado á cadena perpetua, Manolo! ¡Manolo... ¿Quién se atrevía á llamarle D. Manuel, si suplicaba, hasta coa lágrimas en los ojos, ó poco menos, que se le tratara con cariñosa franqueza. El, por su parte, daba á todos el nombre de pila, sin que esta prueba de confianza significara desconocimiento ó menosprecio de la grandeza é importancia de cada quisque. Al contrario, los admiraba con sinceridad y tenia un elogio caluroso para los respectivos trabajos de aquellos profesionales: artículos, poesías, dramas, comedias, etc. e t c Algunas tardes, al disolverse la reunión, se llevaba á dos ó tres de los más íntimos á un establecimiento donde se expendía rico vino de Montilla, y allí los convidaba con largueza, revistiendo el convite de cierto aspecto de homenaje. Aniniauo por as primeras canas, ueciá un invitado cualquier tontería que á D. Manuel se le antojaba el dicho mái ingenioso del mundo, y después de celebrarlo con grandes elogios envueltos en carcajadas desopilantes, cambiando de tono, ordenaba al mozo con voz y ademanes ceremoniosos;