Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
MUJERES DE MI LUGAR LA HIJA DEL MAESTRO Y A las doce. Los chicos han cantado, con un sonN sonete que todos conocemos, la tabla de multiplicar. Luego, una oración. Luego han salido á la calle en trooel, danzarines, alocados, frenéticos. La escuela, solitaria, parece un campo de batalla. Flota en el sol, que entra á torrentes por las ventanas abiertas, una llamarada de polvo. Los bancos, viejos, gastados, son trincheras sin defensores; los papeles rotos, atalajes abandonados... Y hay una sola víctima: el maestro. El señor maestro baja de su tarima torpemente. Es bajito, regordete, tripón. Lleva una, s gafas negras, y detrás de las gafas, los ojos lloran como heridas recién abiertas. Limpia con el pañuelo las gafas negras y los OJOS, y otra vez los cristales de las gafas. Sale, muy lento, por la puertecilla que da al patio, y sin mirar las flores, los pájaros, el cielo azul, entra en su casa. Al poner la mano velluda en el blanco mantel, el señor maestro llama como todos los días: ¡Rosa! ¡Rosita! Y Rosita, que está á su lado sin que él la haya visto, le ofrece el pan, el plaío humeante, la copa de agua pura y un beso en la frente. Rosita... Perdonad si al hablar de Rosita, la hija del maestro, irrumpe en esta página una emoción demasiado personal. No soy dueño de las viejas imágenes que duermen en el seno de la memoria, acurrucadas dulcemente, y si despiertan tengo que dejarlas llegar, frescas y vivas, con una gran frazada de flores en la falda. Una vez, en pleno estío, al pasar ese mismo patio pintado de blanco, vi á Rosita sentada en el brocal del pozo, entre las macetas que ella cuidaba. El cabello negro, pesado como plomo; los ojos dulces, de un lento mirar; la figurita ágil... Así había yo visto erí todos los cuentos a las prmcesas encantadas, salvo qtíe las prince- sas suelen tener los cabellos de oro. Sin gigante, sin dragón, sin argollas en los pies, y, sin embargo, prisionera... ¡Vuelve á mirar Rosita el misterio del agua y la alegría del cielo sepultados bajo tierra! ¡Vuelve á ver cómo flota una rosa mustia en el agua temblante y cómo retumba en la bóveda un trágico rumor! ¡Rosa! i Rosita! El señor maestro no ve nada, no habla nada. Tiene los dedos gordezuelos y los deja caminar sin guía por la superficie de las cosas. Alguna vez, cuando la encuentran á ella, se detienen en una caricia, y entonces, si las gafas negras lo consienten, parece que los ojos lloran lágrimas de sangre. Alguna vez también llegan á interrumpir ei silencio de la comida un mozo del lugar, el secretario del Ayuntamiento, los padres de algún niño, un alumno nuevo. Ella es la encargada de poner en cada oído una palabra amable, y de contestar en tono familiar á las chanzonetas campesinas. Todos los mozos, al acercarse á ella, torturan el ala del sombrero, y como no aciertan á decirla nada, se encaran con el padre y se expresan bastante, á su manera: -Señor maestro, ¡quién fuá rico! Domingo; sale del cofre la mantilla de abuela para ir á misa muy de mañanita; un paseo al campo, una tertulia picotera á la puerta de la vecina antes de sonar el Ángelus. Rosita sube á su aposento, en el sobrado, y quizá ponga una silla á la ventana para ver cómo nace la luna... Muy rumboso, muy jaque, pasa el hijo de don Trifón, el ganadero, que vuelve de la feria en su caballo de cinco mil pesetas. Los cascos del noble bruto arrancan chispas en los pedernales, y la mirada del jinete choca en la reja con un fulgor de despecho ó de desdén. LTJTS BELLO. Dibujo de j rijfa