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g dER Ei C S HH señoras de mediana posición vtian á las que poseian grandes fortunas envueltas en magníficas pieles, sin que cruzase por su imaginación aspirar á ellas, considerando como lo más natural que la cibelina y el armiño estuviesen destinados á las mismas que podían adornarse con perlas y brillantes. Hoy no sucede esto todas quieren ser iguales, aunque sus rentas las distancie enormemente, y no sé cómo se hace, pero lo cierto es que en la calle no se ve una sola señora sin sus bonitas pieles. Como la igualdad no puede subsistir, las que están más altas no toleran que las del escalón anterior se empinen para resultar, aunque sólo sea de lejos, á su mismo nivel, y las modistas, que observan esta lucha silenciosa, aprovechan la ocasión, secundadas por peleteros y fabricantes, para hacer un buen negocio, poniendo precios inaudiícs á unos cuantos artículos para complacer á sus clientes; pero como todo aumenta en proporción y nadie se atreve á ser el primero en separarse de la corriente, los sacrificios se multiplican, las fortunas desaparecen y las familias que se refugian en el campo son innumerables. Es lástima que, por no quedarse cada uno en su puesto, la sociedad pierda el equilibrio y se derrumbe. Los precios de los sombreros son fabulosos. Hace diez años se hablaba de uno adquirido por una artista de las más notables, y se consideraba extraordinario que hubiese costado 600 francos; hoy son varios los vendidos en dos mil quinientos. Respecto á los vestidos, me dirán que á principios del siglo pasado costaban los vestidos de corte dos y tres mil pesetas; pero eran de telas tan sólidas en su magnificencia que alguno de ellos se conserva en un estado que podría creérsele nuevo. En cambio, los vestidos modernos cuestan lo mismo, por lo menos; son deliciosos, encantadores, de una vaporosidad soñada pero como un sueño desaparecen, y s la segunda postura tules y gasas están inservibles. De las joyas más vale no hablar. Los hilos de perlas, que constituían la ilusión de una muchacha modesta cuando se casaba, son los que hoy, adornan el cuello de la que se escota por vez primera, y las madres que no tienen joyas renuncian á la vida de sociedad, privando á sus hij s ce los goces naturales de la juventud, porque el lujo desenfrenado se opone con su tiránica locura. Veremos si en París triunfa la incipiente Asociación, y como aquí copiamos con facilidad iodo lo que hacen nuestros vecinos, puede ser que lleguemos á fundar una liga contra el lujo, y que ia mujer española, que tiene tantas buenas cualidades, se convenza de que las posiciones tienen sus grados y no aspire á igualarse á las más altas en su manera de vestir, sino en su manera de pensar y de sentir. DE TIENDAS jp s una verdadera tontería, así lo reonozco; pero para mí resulta molestísima la visita semanal del relojero. Me ataca á los nervios ese hombre con cara de estatua, sin expresión, que perfectamente poseído de sus funciones, recorre toda la casa para dar cuerda á los relojes. Me hace el efecto de un ser que sin derecho ni auto- ídad viene á reglamentar mi vida. Cuando adelanta un reloj, se me figura que dice: Es más tarde de lo que piensas; no vas á llegar, date prisa. Y si, por el contrario, lo atrasa, creo escuchar: Ten calma, que todavía faltan quince ó veinte minutos más de lo que tú pensabas para que llegue lo que tanto deseas. Otras veces, destornilla impasible una máquina y se la mete en el bolsillo; entonces siento una angustia indescriptible, algo así como si quedase mí vida en suspenso hasta que el relojero volviese el jueves próximo á colocar la esfera en su sitio, autorizándome de nuevo á vivir. Todo esto es absurdo, pero irremediable si no existiese el reloj eléctrico, que anda con admirable precisión cuatro años sin que nadie le dé cuerda. 0 hay nada tan higiénico como hacer gimnasia diaria; desarrolla los músculos, conserva la agilidad de la infancia y hace crecer al que la practica con constancia. Líe visto un nuevo aparato muy útil, que no es necesario colocar en ningún sitio determinado y que puede transportarse con P ran facilidad. Se compone de seis tirantes de elástico, sujetos á una placa de metal; cuatro terminan en argollas para meter les pies y las manos, y los otros dos, por medio de tres gomas, se adaptan á la cabeza. El mecanismo es muy sencillo y se presta á todo género de ejercicios; pero es conveniente usarlo bajo la dirección de un médico ó persona competente, porque la gimnasia bien hecha es inmejorable, y mal hecha podría ser muy perjudicial. MUEBLES MOüEHNOS Jilcsa, silla, sillón y macetero para gabinete, f ttmolr ü otra Habitación análoga, de caballero.