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r? mmi En ímGmn PAGINAS FE MENINAS CRÓNICA DE PARÍS lElíCOLES 1 DE ENEUO A ntcs no se exigía á las pieles más que luia cosa: que fuesen buenas. Ahora, los peleteros tienen que ser hábiles modistos, ó los modistos, peleteros. Las vulgaridades nos horrorizan; queremos rjue las pieles sean tratadas como los inoircs fluidcs ó las sedas souplcs. P a r a obtener la i) osíbiiidad de manejarlas á capricho, se curten y trabajan con tal perfección, fjue parece increíble que la cibelina, la chinchilla y el armiño se conviertan en pieles tan flexibles como ui; terciopelo chiffon. u n a vez conseguido lo que casi parecía imposible, queda la segunda dificultad que vencer. Me refiero al arte de colocar las pieles, uniéndolas de algún modo original y nuevo para formar esos abrigos suntuosos uc son el ideal de toda mujer aficionada á la toilette. Se hacen verdaderos trabajos de mosaico combinando los distintos aires de la piel, sobre todo, cuando se trata de utilizarla como a d o r n o pero si lo que se desea es un abrigo entero, entonces debe prescindirsc de fantasías y hacerle como si fuese de una sola pieza. A mi juicio, resulta de una severidad más distinguida y elegante. Sin embargo, como hay gustos para todo, últimamente he visto un abrigo de chinchilla unido en bandas concéntricas. E s extraño y no carece de chic; pero da pena que se hagan pedacitO S pieles de tanto valor con el solo objeto de inventar algo nuevo. O t r o modelo, todavía desconocido para la mayoría de las parisienses: E s de armiño, en forma japonesa, con un gran cuello de renard blanco y una banda muy ancha al borde, colocada como un entredós, de tiras de armiño con colas negras, separadas unas de otras por un espacio de medio centímetro montees á jour. El tercero tiene también su encanto, característico de la presente estación: que. siendo de piel no lo parezca. Ese es el cachct de la suprema elegancia. A un vestido de encaje con viso de libcrty, se le interpone una gasa para que el raso no brille; á un tul, bordado con porcelana, se le cubre con un ligero voilc de soic, para qtie al verlo se dude qué es lo que oculta entre sus pliegues; á las gasas es indispensable bordearlas de piel, galones ó algo que pese, para qae pierdan su encantadora souplesse, y así todo lo demás. Realmente estamos atravesando un período de los más absurdos que la moda ha creado, y lo peor es que este constante afán de desfigurarlo todo no se limita á pieles y telas, sino que extiende su influencia más allá y llega hasta las personas más sensatas, envolviéndolas en ese ambiente frivolo que, como la gasa que cubre las cuentas de porcelana, amortigua los destellos brillantes de la inteligencia y detiene los impulsos sinceros del corazón. Pero volviendo al abrigo, diré que es bonito y muy gracioso de hechura. Está heclio con piel, ó, mejor dicho, con infinidad de pieles de topo, tan finas que se drapc como si fuese seda y á cierta tlistancia parece terciopelo miroir; como único adorno tiene un ctiello enorme de renard negro y stá forrado con gasa tissu fruncida con cabecillas muy menudas. El efecto será deslumbrador cuando con cierta naturalidad bien estn. diada se deje jacr el abrigo del revés sobre una l) utaca. Tnvoiuntariamcntc vendrá á la memoria el recuerdo de Lohengrin vestido de escamas de plata. Otro modelo de calle no menos suntuoso es una toilette en extremo mignonne, de crep blanco, pleíjadito en sentido vertical, con una banda al borde de armiño bastante ancha, casi de medio metro. La fjuiíupc y las mangas son de tul argenté cubierto de encaje de aplicación, y el gabán ligeramente entallado; el manguito, I echarpe y la toque también de armiño, con una guarnición de colitas negras. No puede idearse toilette más atractiva para una mujer joven, esbelta y bonita. Verdad es que reuniendo estas condiciones, no hay que esforzarse j ara encontrar toilette adecuada. Hace tiempo que las cabezas peinadas á la griega habían desterrado los adornos altos, pero ahora vuelven á estar en boga, sin que por esto cambie la tendencia (muy bonita, por cierto) de las cabccitas pequeñas y redondas. Con el pelo ondulado, dividido en el centro y recogido en medio de la cabeza, resulta muy artística una diadema de brillantes oculta de vez en cuando por algún rici 11o indómito y sosteniendo sobre el lado izquierdo, casi en el centro, un sprit monumental y tan fino que parezca humo. E o inevitable, un sprit que evoque un recuerdo cualquiera, menos su verdadero origen. CONDES. D ARMONVTLLE. OTRO CLUB FEMENINO I J ace pocos días referí á las lectoras de La Mujer y la Casa las bases del reglamento de una Socie: lad constituida en Londres para contener el excesi 70 desarrollo del lujo; pues bien, en París se habla mucho estos días de establecer un club análogo. Hasta ahora, creo que son inedia docena solamente las inscriptas con el carácter de socias fundadoras, y según tengo entendido, están siendo deliciosas las discusiones entre partidarias y detractoras de la idea. Una de las primeras hizo circular la otra noche una caricatura graciosísima. En un lado aparecía una elegante del año 1850, con miriñaque, y al otro lado, una elegante moderna, materialmente metida en una funda. Encima de ambos dibujos se leía: Lo que hace falta para vestirse. Debajo de la primera, clecía: Tres piezas de tela, 25 luises. Y debajo de la segunda: Un metro de seda, i.ooo francos. Claro es que, como en toda caricatura, la nota está exagerada; pero se aproxima á la realidad. El lujo ha tomado unas proporciones locas. No es preciso retroceder mucho para encontrar la época en f ue las 2 3 4 5 6 7 8-