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que salían de las gargantas enronquecidas con un tono de amenaza. -Baja p acá, Ramón- -gritó uno en nombre de todos al alcalde. -Ronipémoste el alma si non bajas... Júrete que venimos en son de jjaz- -rugió otra voz más ronca. -Anda, nena; vamos recoger votos pa las elecciones que vienen. El alcalde, entre los clamores de la hija y de la mujer, que temían ya instintivamente un trágico lance, conocedoras de las brutales bromas de los mozos aldeanos en Carnaval, asomó al portón, algo pálido, esforzándose por sonreír. El era condescendiente quería que los mozos del pueblo fuesen formales y que no diesen que hacer á la justicia: les recom. endaba que no entrasen en más ta. bernas. Ellos eran buenos muchachos; ¿por qué escandalizar así... -A casa, niñinos, á casa... A dormir, cjue ya va siendo hora... Pero un clamor escandalizado ahogó sus frases. Subieren dos á amordazar á la mujer y á la hija, mientras los dos más forzudos le arrastraron á empujones hasta el borde del camino. -Ñon, Ramónín- -gritaban; -si non te cjueremos mal... Si ye que queremos convidarte... Vamos á casa de Elias... A, nda, Ramonín, vamos á la sidra... Después á cortejar á Berdicio... A ti tamién te gustan un pocjuiñín las raj azas... ¿verdad, Ramón... El alcalde se resistía, no esperando nada bueno de acjuellos rapazones membrudos y un poco achispados. ¡Tenían mucho vino en el cuerpo... ¿Por qué no se retiraban á descansar... -Ye verdá... tenemos vino... y navajas... y votos prá las elecciones... -gruñeron algunas voces, cada vez más roncas. -Venimos en son de paz, Ramonín- -agregaron otras para suavizar la rudeza. -Tú yes buen rapaz... Avanzaban por la carretera, á la luz de la luna, que hacía más blanca la blancura de la línea ondulada que serjDentea por la montaña. Iban enmascarados, con grotescas colchas cubriéndoles el cuerpo y tiznado el rostro con hollín de las chimeneas. Sólo se distinguía al peregrino por su bordón enarbolado; abría la fúnebre marcha, cantando más roncamente que los otros, completamente ebrio. Cuando llegaron al recodo donde está situada la taberna de Elias, comenzaron á dar grandes gritos, que repercutían con lúgubre plañido en el silencio imponente de la noche de aldea. Las puertas de la taberna estaban ya cerradas; con los garrotes nudosos repiquetearon estruendosamente. Ehas, hombre desapacible y pendenciero, á mecho vestir, les abrió entre gruñidos. ¿Qué era aquello? ¡Nunca viera una cosa tal! ¡Mozos de Berdicio venir á su casa á aquellas horas... Jesús... ¡Arreniego del diablo 1 ¡Qué mocedad la de estos tiempos... os rapaces, ahogando sus gruñidos entre cantares, pidieron vino. Qugrían convidar al alcalde, excelente rapaz, que les había ayudado mucho en las elecciones. Cuando salieron, la luna se ocultaba entre un nublado fosco; comenzaba á orbayar. Un perro aullaba lastimeramente... Pasó un coche retrasado con las linternas medio apagadas. Los viajeros, asustados, gritaban al oír aquellos cánticos roncos, de una ferocidad primitiva. Algunos mozos quisieron parar el coche; otros, vociferaban: ¡Carrero, carrero... El peregrino iba delante, titubeando, cayendo á veces en las cunetas, entre las ortigas de los bardales. En un recodo de la carretera, dos mozos, cubriéndose la cara con las colchas, apuñalaron al alcalde. Dejáronle lívido- sa, ngrando, con los ojos agónicos y ía boca contraída en un espasmo de dolor. Vistiéronle con una colcha; pusiéronle en la iTiano el bordón de peregrino, como si fuese el cetro de un rey burlesco; cogiéronle en andas, hiciéronle irrisión y escarnio, como los judíos á Algunos m. ozos más lúcidos cjuedáronse atrás, dispersándose por los atajos. El peregrino iba junto al agonizante, haciéndole sangrienta mofa. Tambaleándose, tarareaba cantares obscenos. Cuando llegaron á casa del alcalde dieron grandes aldabonazos en la puerta. La criada salió con una luz, medio desnuda, temblando de espanto y de frío. i Pobre don Ramón, pobre don Ramón! -gritó llorando al verle. Los mozos penetraron en la cocina, donde crepitaba una amorosa hoguera doméstica. La mujei y la hija, que estaban á la vera del fuego haciendo calceta, se desmaj aron con grandes gritos al contemplarle en aquella posíiira. Los mozos clamaban irónicamente: -Aquí tienes al tu home, Falina. Mira qué bueno vi en pa otras elecciones... Emborrachóse en casa de Elias y nosotros trajímosle pa casa... Bastante ñcimos, muyer... Aquí tienes al tu home... Después bajaron en trojDel las escaleras, cantando en vociferación. El peregrino am. aneció tumbado al borde de una cuneta, con el bordón á su lado, lleno de sangré. -Emborrachóse ayer por ser día de antroxo- -decían las mujerucas que pasaban para el mercado de Ambiedes. Y dando grandes risotadas, se alejaban murmurando -i Mía qué homín... ¡Cristiano! ¿Usté qué fai ahí tirao? El diablo me lleve si non se emborrachó, ayer... ¡El demonio del jDelegrín... Después de vieyo, gaitero... ANDKES GONZÁLEZ- BLANCO. Dibujo de Ménáez Bringa. -1 2 3 4 5 6 7 8-