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diendo en, devota peregrinación á Santiago de Compostelci. Por el día caminaba sin descanso con sus zapatones ferrados, que chocleaban entre el fango. Los chiciuillos le tenían m i e d o al distinguirle de iejos, daban carreras, asustados. A las veces, montando sobre las saltaderas los rapaces más atrevidos le insidiaban entre grandes risas tremantes de miedo. ¡A h í va el pelegrín... i Al pelegrín, al pelegrín, que mata las gallinas como el r a p o s o T, os ojillos saltarines y animados se le inyectaban de cólera; eran su gran pasión las gallinas de T ncl: e hinchado, que estrangulaba á la hora del crepúsculo, cuando las ranas croan en los pantanos... Levantaba el bordón en alto con gesto amenazador, indicando que á ellos les retorcería tamIjíén el cuello como á las gallinas papudas... Solirecogidos de espanto, los rapaces echaban á correr por los prados húmedos. El romero les parecía un ser sobrenatural, cuyo solo aliento debía de matar, como el vaho de la ira de un Dios vengativo. Le rodeaban de atributos supraterrenos; sus barbas de dios fluvial les horrorizaban, como si entre sus greñas ralas hubiese un maleficio extraño. No acertaban á precisar bien esta sensación de terror y de respeto á la vez que á sus imaginaciones infantiles y aldeanas infundía la vista del romero con su figura desgarbada y su bordón en alto. U n a tarde, cuando tocaban á vísperas en la capilla de San Nicolás de B. erdicio, le apedrearon en la cuesta que bordea el monte Merín. El romero se desató en maldiciones; á la alta noche, sus alaridos vibraron medrosamente por las umbrosas callejas, mientras los canes desvelados le aullaban tras las cercas de las corraladas. Con las rapazas campesinas de altos pechos y rosetas en las mejillas, era todo palabras de miel. Les preguntaba por el novio; inquiría sí estaba en América, si les era fiel, si le querían. Daba consejos sentenciosos, de hombre versado en materias de amor. ¡Ah, rapaza, barrunto que el tu galán anda más penoso por ti de lo que tú piensas! Mira bien, nena, que el amor ye cosa... Y se enzarzaba en un discurso amatorio, narrando lances que las muchachas coreaban con grandes gestos de júbilo, mientras sostenían la ferrada en la cabeza. ¡Ah, cristiano! ¡Usted mucho sabe 1 Que me muera si no anda namorando por esos mundos de Dios... El sonreía ambiguamente, por puHdez. ¡E n a morar, n o! Ya era viejo para esas historias. Pero cuando su barba estaíá florida y sus ojos brillaban de juventud... Y se perdía en un cuento de galantería y de pasión juvenil que terminaba siempre con un ramillete de flores campesinas, humildes como las que crecen en los bardales, á las revueltas de los caminos umbrosos. Era muy galante; las rapazas le buscaban, entre esquivas y tentadoras, para que les dijese laudatorias frases acerca de sus modestas gracias, l i a s t a una mañana, á orillas de la clara fuente que entre juncos y espadañas gime, el señor pe- dáneo de Berdicio, que iba al mercado de la villa, le vio con la hija de Pin de Cantalarrana... Púdico, el señor pedáneo no daba otros detalles ni siquiera en la taberna del lugar, entre la alegría mareante de la sidra, le arrancaron una confesión plena y sencilla, cine hubiese desdorado la respetabilidad de su cargo. Se limitaba á sonreír equívocamente cuando pasaba al laclo del romero, que, á su vez, le dirigía una mirada de odio. E n la víspera del domingo de Carnaval de ac uel año- domingo el g o r d o como se dice por allá- -á los pocos días de las elecciones generales, los más bulliciosos rapaces del pueblo concertaron una farsa de Carnestolendas. El peregrino debía tomar parte en la fiesta; así tendría ésta cierto carácter tragicómico y algo exótico, que dejaría recuerdo perdurable en la aldea. Se le buscó aquella noche por todas las callejas; cuando iban á cortejar, camino de casa de las novias, los rapaces dieron grandes gritos. ¡Pelegrín, peleg r í n Le encontraron á las claras del día, en la tenada ó pajar de Pachín el indiano, roncando estrepitosamente. A su lado, una gallina pinta, con la garganta sangrando, yacía estrangulada. Algunos ciuisieron apalearle; por instigación de los más sensatos, se le perdonó el hurto, adviríiéndosele de él, sin embargo, para obligarle á seguirles. E r a n diez, todos con nudosos garrotes de avellano, el pañuelo de seda anudado sobre el cuello en elegante desaliño, simplones y alegres como si fuesen á una romería. Primero mandaron al peregrino por las caserías á pedir el aguilando para pagar el vino. El romero, rugiendo de rabia, se paraba á las puertas de las corraladas ó debajo de los hórreos, donde cuelgan 1 a s panojas cloradas, entrando al sol. ¿Tiene algo que me dé para antroxar, cristiana? U n a voz respondía en el corredor: ¡P e r d o n e por Dios, h o m í n ¡Muertos de fame estamos todos desde que empezó la costera del besugo! Los fios en la m a r sin traer pesca; los homes sallando las tierras... ¡El Señor le ampare, pelegrín... Los rapaces le seguían de lejos; para distraerse, iban cantando y riéndose entre sí, observando al romero, c ue á intervalos volvía la cabeza para ver si podía huir. Al mediodía, después de haber andado tres cuartos de legua por malos caminos, reunieron doce reales. Paráronse en la v e n t a d e Elias, á la legua de Santiago de Ambiedes, cerca del palacio de los señores ele Manzaneda. Bebieron tres jarros de sidra; el peregrino estaba más contento; doña Zósima, la hija mayor de los señores, dióle una peseta por ser día de antroxo. Siguieron caminando; cuando llegaban á una taberna, allá se metían entre los cánticos de las romerías vaciaban jai ros de sidra espumosa; los ojos del peregrino brillaban; comenzó á n a r r a r lances de a m o r mientras decía, se acariciaba las barbas glutinosas y un estremecimiento de mareo le corría por todo el cuerpo. Cuando anochecía llegaron á Santiago de Ambiedes, ebrios casi todos, cantando desafinadamente. Se pararon delante de la casa del alcalde; la hija, un poco despavorida, cerró el balcón de la solana al oír aquellos cantares, incoherentes j a,