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antes que el sol se pusiese pero le faltaron las fuerzas, sus piernas Haquearon y tuvo que detenerse, implorando la caridad de los dueños de aquella regia morada para que le diesen albergue hasta el día siguiente. -Prosiga su camino, hermano- -dijo el príncipe, que mi castillo no es posada de peregrinos. -Está bien, señor; pero antes de marcharme, permítarne que le haga tres preguntas- -repuso el anciano, mirándole fijamente con sus ojillos dulces y expresivos. -Pregúnteme lo que quiera- -dijo el príncipe, pensando que la extravagancia de aquel hombre le haría reir un rato. ¿Quién ocupó este hermoso castillo antes que vos? Mi padre. ¿Y antes que vuestro padre? -Mi abuelo. -i Y quién lo habitará después que vos? -Mi hijo. Pero i qué interés tiene nada de eso para usted? pregunto yo ahora. -Muy sencillo. Hace un mornento que me dijisteis que vuestro casuiiO no era posaba v c peregrinos, y anora os voy a prowar que estáis en un error. El peregrino que se va, cede su cuarto alreciér llegado; exactaniente lo mismo que hizo vüéstío abuelo con vuestro padre, vuestro padre con vos y vos haréis con vuestro hijo, sin más diferencia que vuestra familia sé sucede para ocupar un palacio y los peregrinos una modesta habitación. -Es cierto- -exclamó el príncipe. Y el anciano prosiguió: -Puesto que estáis conforme con mi opinión, os aconsejo que no derrochéis vuestra fortuna en adornar la posada, pues por muchc. que dure vuestra estancia en ella, pronto tendréis que dejarla parr proseguir el camino que conduce á la verdadera patria, y entonce os pesará haber descuidado el arreglo de vuestro alojamiento, al en contrario frío y destartalado. El príncipe tendió su mano al peregrino, le hizo entrar en el castillo, le colmó de atenciones y le dio mil gracias por su leéción. Al poco tiempo, un hermoso edificio se levantó frente al castillo de Peñafiel; es un asilo para recoger á los caminantes, proporcionándoles cama para descansar de sus fatigas, alimento que reponga sus fuerzas y abrigo que los preserve de los rigores del invierno. El príncipe Carlos visita frecuentemente á los peregrinos y se considera feliz oyendo el relato de sus desventuras y prodigándoles toda clase de consuelos. Alguna vez, contemplando las maravillas de su palacio, exclama: ¡Cuántos malos ratos me ha proporcionado decorar estos salones y cuántas alegrías el prepararme un cuartito en el cielo! MARÍA DE PERALES. -18- EL VUELQ Dñ PERICO CONCLUSIÓN El aguilucho vencedor se disponía á celebraT su victoria... Y el ronco son de una bocina le llenó de sobresalto. Era un artefacto, donde venía precisamente el amo de Perico. El ave decidió largarse para no caer en sus redes. Pero fué cazada n- un vuelo con su presa, que quedó libre. ¡Gracias á éste chisme he podido. salvar la pelleja I -28-