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la tierna corteza en espiral, deiándole una primorosa combinación de verde y blanco. Esta vida era feliz, á pesar de los rig; ores de! clima. Sólo que los vecinos, viéndole crecer ágil y fuerte, empezaron á aconsejar á la abuela y á murmurar de su conducta respecto del chico, i Por qué no le ponia á trabajar, como hacían ellos con sus propios hijos? i Quería que fuese un vago toda la vida? La pobre mujer pensó en ello y se decidió á buscarle trabajo. Pero los mismos campesinos consejeros no querían admitirlo, recelosos de pagar á un muchacho no habituado á ganar el jornal y que seguramente lo haría peor que los otros. Abuela y nieto buscaron entonces por los pueblos ecinos, donde eran conocidos, pero hallaron las nismas dificultades. Las limosnas se hacían escasas. -Puede trabajar- -repetían las mujeres, que lo) ían decir á sus maridos. Y los mozuelos de su edad, ue antes eran sus camaradas, pasaban por su lado iin dirigirle apenas la palabra, con la azada al homiTO y el paso decidido ya de verdaderos hombres. El invierno adelantaba, despojando enteramente los grandes nogales y encapuchando de nieve los picos de las montañas. Y el muchacho, ignorante de la desgracia, sonreía siempre entre la indiferencia casi hostil de las gentes. Algunos días faltó el pan en el misérrimo hogar. El año había sido malo; los corazones se endurecían ante la perspectiva de la propia miseria. ¿Por qué no vas á trabajar á Extremadura? -deoían algunos á Quico. Un día se decidió. Todas las puertas estaban ce- radas, el cielo gris, la tierra inclemente, la abuela lambríenta y el nieto no muy harto. -Me voy á Extremadura- -dijo resueltamente. La abuela se echó á llorar; las lágrimas corrían por su cara surcada y ocrosa como el agua de un manantial por terreno árido, en el cual ya nada puede fructificar. -i Que Dios te acompañe! -le dijo abrazándole. Era tan pequeña y disminuida, que ya el niño le pasaba en estatura. -i Adiós, adiós! -exclamó él sonriendo siempre. para velar su emoción, la primera emoción de dolorida ternura de su alma. Una vecina compasiva le díó medio pan é iiivitó á la abuela á comer. Un mozo guió al chico un buen trecho por la sierra; había que andar por ella cuatro leguas de camino hasta el primer pueblo. -Por aquí, ya sabes- -le advirtió, -no hay lobos, no tengas miedo. Y lo abrazó también al despedirse con sribito arranque de fraternidad que le empañó los ojos. El niño se hundió en ¡a soledad de la montaña, bajo el cielo velado, en la trocha indecisa. A poco empezó á nevar; nevaba densamente, á grandes copos, hasta el punto de borrar toda perspectiva, como una inmensa gasa bordada de plumón de cisne. El muchacho se oprimía la manta contra el cuerpo, y, á pesar de las recomendaciones del mozo, sentía una confusa impresión de espanto; con todo, continuaba apresurando el paso. La nieve arreciaba, y él temblaba de frío y de temor, imaginando como un paraíso su sombrío hogar. Al cabo de algunas horas de marcha se arrepintió y quiso retroceder. -Me voy á helar- -pensó, sintiéndose aterido y calado hasta la medula; la nieve le rodeaba, dándole mareo en su descenso silencioso. Los senderos desaparecieron bajo el tapiz inmaculado, y el caminante se extravió; no sabía hacia dónde caminaba; cuando se dio cuenta lloró, se detuvo, cambió de itinerario, dio gritos desgarradores con la esperanza de ser oído por algún leñador, pero ninguno había ido en aquel día. Al otro si: el criado de un labrador subió á caballo á buscar una carga de leña. Y el corazón le dio un vuelco al tropezar en su camino, casi cubierto por la nieve, un bulto de líneas humanas, una cabeza obscura bajo la máscara de la nevada. Se aproximó venciendo su horror y se inclinó sobre el cadáver, limpiando la nieve del semblante para reconocerlo. ¡Ah! ¡La sonrisa inolvidable del mendigo! Aquella sonrisa estaba esculpida por la muerte, trágicamente esculpida... M. RAS, Dibujos de Kegidor. t