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ftS: r nSkjmf J VA fSfeít ÍKÍ L S l- e- í í. ¿t- LA SONRISA p EA el mozuelo como una estatuilla de vivo bronce, con sus esbeltas proporciones de adolescente, sus morenas carnes ai) retadas y su perfil correcto y fino, dulcificado por su pcrjjetua sonrisa, una maravilla de nácar, de luz y de gracia. Su abuela le envió á mendigar desde chiquito, cuando se quedó sin) adres. Iba liasta los pueblos vecinos, siguiendo los itinerarios ondulantes de su capricho, entre las calles de robles, por las trochas borrosas de la sierra, interrumpidas por adustas rocas. Llevaba un saco al hombro, que las buenas gentes llenaban á mitad de atatas y de mendrugos. En invierno, su abuela tenía cuidado de llevarlo calzado con fuertes zapatones claveteados, que dejaban huellas profundas en las sendas nevadas. Guando llegaba el buen tiempo, la previsora mujer se los guardaba, reservándolos para el frío; aquel Octubre, al ir á calzárselos, advirtió que le estaban chicos, grave motivo de disgusto para la pobre vieja, que no podía comprarle otros y que cuidaba al pequeño mendigo con el triple amor de abuela, de madre y de desamparada, sin más apoyo ni más amor que el moreno muchacho sonriente. El chico no se disgustó lo más mínimo; tenía los pies curtidos y toda la flexible resistencia de. sus trece años de vagabundo campesino. Prosiguió sus correrías, posando lá firnie planta en la tierra ya fría, conformándose con el miserable abrigo de su manta agujereada; bajo la campana deformada de su sombrero de fieltro, un rizo rebelde cubría la tersura de la frente, y en sus ojos chispeantes y en la blancura luminosa dr su sonrisa brillaba la alegría de vivir, una alegría inconsciente de animal joven y sano en libertad. No tenía el aire indigno de los pordioseros urbanos, porque nadie le humillaba, conocido como era desde cqucñito, cuando las buenas mujeres le llevaban la limosna antes de que él supiera pedirla. Hacíanle entrar en las cocinas, donde había otros niños amparados bajo la custodia dulcísima de la familia; pero el contraste no hería su imaginación, y era feliz cuando se calentaba unos momentos en el hogar ajeno, en un escaño de bruñido roble, acercando los pies á los troncos hechos roja brasa ó llamas, que poblaban de extraños reflejos la obscuridad de la humosa cocina. Un plato de sopas humeantes ó una patata cocida, y, fuera otra vez, á llamar á otra puerta. Los chicos y las madres le llamaban por su nombre. ¡Eh, Ouico! ¡aguárdate! ¿Cómo está la tu agüela? Y él contestaba á todos con su calma castellana V sin dejar su sonrisa llena de simpatía. Al obscurecer regresaba con el paso tranquilo de quien no está solicitado por nada ni tiene medida ni noción del tiempo. Como esos millonarios espléndidos que no cuentan las monedas, él, rico de tiempo, no contaba las horas. Volvía entre las huertas, bajo los manzanos cargados de oloroso fruto, i Qué gusto! ¡manzanas maduras ya! Pronto su abuela asaría en el rescoldo las que él llevase, y el pobre hogar se embalsamaría de gratísimo aroma. L, os grandes nogales amarilleaban ya y las ráfagas de viento frío arrancaban las hojas de color enfermo: pero el niño no podía comprender toda la poesía y toda la nostalgia de las últimas estrofas del otoño. Sentábase al borde del camino, y apaciblemente, sin prisa, se zampaba un mendrugo de los del talego, ofreciendo con buena voluntad á algún muchacho que se cruzaba con él. ¿Quieres? Y el otro solía aceptar, y brindaba á su vez man zanas y nueces. Otras veces cortaba una vara aún. verde, y con su navajilla le arrancaba una tira de