Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
-Bueno, ¿y de p e r s o n a l? -P u e s cíe personal les pondré á ustede de cochero á Sanluquita, que es mu bruto, pero tiene mu güeña m a n o y de lacayo, á Jinojo. Siento que haig an salió, porque si no, a h o r a mismito se los enscñal a á u s t e d e s los dos son de güen ve. ¿I r á n bien vestidos, í s i d o r i t o? -lístrenando. o me fío. -h sta misma tarde le mando yo asté á Jinojo, vestío tal y como ha de i en er p e s c a n t e usté lo ve y lo ersamina, y si le g u s t a la vestimenta, basemos cr t r a t o -M e parece muy bien. -Con él nic m a n d a s t e desí á qué hora ncsesita? r coche. -Perfectamente. diós. Ísidorito. ¡V a y a con Dio lo mejó der m u n d o Hallábanse doña, Silvia y sus hijas en la lujesa nabitación del hotelv rouy dedicadas á las labores propias de su sexo, es decir, á la dulce bostezadcra, cuando un criado pidió permiso p a r a e n t r a r -A d e l a n t e F r a n c i s c o ¿qué hay? -U n lacayo p r e g u n t a por la señora. h! Dígale que suba y que pase. Se m a r c h ó el criado, y la familia de ¡a farruca a g u a r d ó impaciente la llegada del lacayo que les enviaba jomo m u e s t r a el alquilador del c a r r u a j e -X i ñ a s ¿cómo dijo ísidorito que se llamaba este hombre? -C r e o que dijo Jinojo. ¡Es verdad, J i n o j o a h o r a recuerdo. ¡J e s ú s qué n o m b r e! débiles, miedosos. -I 1, -ntre usted. Jinojo! -dijeron casi á un tiempo doña Silvia y sus hijas. Abrióse la p u e r t a y, sombrero en mano, jjenctró en la estancia un mocetón ciue más bien que lacayo parecía el e s p a n t a g c r r i o n e s de una era. ¡Dios santo, qué tipo! Y, cobre todo, ¡qué i n d u m e n t a r i a 1 L a librea, n e g r a en sus tiempos, verdeaba de lo lindo, y ostentaba m a n c h a s de todas las especies. El pantalón, de un color indefinido y que r e m a t a b a en a b u n d a n t e s flecos, debió pertenecer á otro lacayo de menor estatura, j ues sus anchos p e m i l e s apenas si cubrían los gruesos tobillos del hastialón. Llevaba un calzado destaconado y sucio, y, por último, el sombrero de copa, no sé si de verse tan mal destinado, tenía todos sus pelos de punta. Doña Silvia y sus hijas, en presencia de aquel adefesio, se m i r a r o n a t e r r a d a s y quedaron m u d a s de indignación. Después, abrieron sus bocas, y pusieron al lacayo como digan dueñas. -i F í j a t e en el cuello, m a m á! ¡Esto es una indecencia! -Pues ¿y la librea? i Q u é porípiería! ¡Si no hay por donde cogerlo! -iQué tipo N o sé cómo no se le cae á usted la cara de verg üen a- ¡jesús! El pobre lacayo, cohibido y hecho un v e r d a d e r o taco, no sabía qué hacer ni qué contestar. -A h o r a mismo se m a r c h a usted, y le dice á Ísidorito que no queremos nada con él; que vaya enhoramala, que no se acuerde más del santo de nn nombre- -dijo doña Silvia con acento de ira- ¿A í s i d o r i t o? -i n t e r r o g ó el lacayo, abriendo un palmo de boca. -i Q u é ísidorito es ese, s e ñ o r a? -v o l vió á p r e g u n t a r más quemado que las y nimas. ¡Ay! ¿P e r o á usted no lo m a n d a Isidoro Casijuán, el alquilador de coches? -N o señora á mi n! e m a n d a mi amo, el señó arsobispo, á p r e g u n t a que cómo han hecho ustede cr viaje. -i j Dios m í o Y doña Silvia, la señora de Abajo la Oliva, cayó desniavada PEDRO M U Ñ O Z S E C A Dibujos de Medina Vera.