Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
t; LA GRAN PLANCHA JOÑA Silvia de D ra de Abajo la Oliva, viuda de Abajo, ó la señola Oliva, como la llamaban más de cuatro chungones, era una señora inm. ensamente rica; pero más cursi que el chocolate de á peseta. Tenía dos hijas, Lutgarda y Rupertita, feas con fatigas, muy flacas, exageradamente altas, y tan ne 7 rillas y reverdosas de cutis, que, no obstante ser hijas de la señora de Abajo la Oliva, todo el mundo las conocía por las niñas de Arriba el limón. Estos tres adefesios que constituían la muy ilustre familia de la farruca, tenían la envidiable costumbre de pasar en Sevilla la temporada de primavera; para ello se instalaban en el más lujoso de los hoteles, tomaban un abono de carruaje de lujo y se daban la más episcopal de las vidas. Algo echaban de menos las comodidades de su casa, porque bueno es advertir que las muy reteeursis vivían en Madrid como los propios ángeles; pero por estar en Sevilla, por el gustazo de respirar ambiente de azahares, lo sufrían todo con cierta gruñona resignaciónUna sola cosa les sublevaba y las sacaba totalmente de quicios: el coche. ¡Vaya un cochecito de lujo! El laudó tenía hechuras de mecedora de tío vivo; el tronco, más cjue tronco, era una carga de leña, y ustedes disimulen el chistecito; y en cuanto al cochero y al lacayo, iban siempre tan dei- rotados y tan sucios, que parecían en el pescante una especie de apoteosis de la grasa. -Mira, mamá- -decía Ruperta á doña Silvia, ya en. el tren y camino de Sevilla; -es preciso que este año no se ría de nosotras Isidorito Casijuán; se acabaron las consecuencias y las amistades. Es una triste gracia que nos saque un ojo de la cara por alquilarnos un carromato indecente. Lo que sobran en Sevilla son buenas cocheras. Descuida, hijita; estoy ya muy sobre aviso; en cuanto nos instalemos iremo s á verle, y te aseguro que seré tan exigente c jaio inflexible. Y, en efecto, una vez en Sevilla, y apenas terminado el ahnuerzo, la señora de Ahajo la Oliva y sus dos espigados retoños, montaron en un mal simón y j se dirigieron á las cocheras de Isidorito Casijuán. I El gitanazo de Isidorito, al verlas llegar, corrió hacia ellas sombrero en mano y chorreando zalamerías. -i p i e! i Ya yegó lo güeno! ¡Ahora sí que emprinsipia la primavera... -Pues no crea usted que venimos tan primaveras como otros años- -repuso agriamente doña Silvia, dejando á Isidorito sentado de plano como aquel que dice. ¿Qué me quie usté sirnificá con eze rentoy, doña Sirvia de mi arma? -Que este año, antes de formalizar nada con usted, necesito ver muy de cerca lo que ha de ser objeto del trato; á mí no vuelve usted á tomarme el pclo- -i Ea! Ya estoy yo picac en mi amor propio; ábraste bien los ojos, y eche usté una miraíta hacia la izquierda; misté qué coche, ¿es regio ó no es regio? -y les enseñó un lando magnífico. -Es un buen coche- -contestó doña Silvia. -Pos ahora vasté á ve oro molió, i Rebujina! ¡Niño! ¡Saca er tronco alazano! Verasté qué dos animales; para el obispo de Siam han querío comprármelo, y he dicho yo que... jamón en durse. -i Hermosos! j Hermosísimos... -exclamó doña Silvia viendo desfilar á los dos piafadores brutos. Soberbios! -asintieron Lutgarda y Rupertita, calándose sus respectivos impertinentes. -i Como que van ustede á yamá la atensión...