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-Aunque parezca imposible, el reo concilio el sueño, en su catre, blando, limpio, mullido. Quizá nunca le había brindado Morfeo sus favores en tan agradable yacija. No era, no, aquello el montón de hojarasca de la cueva, el banco del paseo, el camastro de la cárcel. Cama de seíior, lecho de rico era ac uel... Luego, la cena había sido abundante; las libaciones, copiosas... Durmió profundamente. Amaneció. Incendióse el cielo con resplandores de sangre, y se pensó en despertar al reo, para que asistiese- -i Dios sabe si por primera vez! -a la celebración de la Santa Misa; al incruento sacrificio en que el pecador inmola al Justo. A aquella misa, en la cual la propia víctima mandíicatoria habría de ofrecerse joara iluminar y fortalecer un alma, á través de las entrañas de un cuerpo... Daba compasión romper aciuel último sueño; traer á aquel desventurado á la cruel, á la imi 3l acable realidad, cuando él, acaso, vagaba libre y feliz por campos y montañas... Pero... apremiaba el tiempo... ¡qué horror... Los hermanos de la Paz y Caridad y el viejo capellán de la cárcel cumplieron tan penosa misión. Despertóse Riego azorado, espantado, echándose hacia atrás en instintivo movimiento de huida, pretendiendo embutirse en la pared... Cuando se dio cuenta de su estado, con ansiedad infinita, con indescriptible sonrisa de alegría forzada, incierta, insegura, exclamó: ¿El indulto, verdad? ¡Es el indulto... ¡Es el indulto... Callaron los hermanos, calló el sacerdote, callamos todos... El dolor partía nuestros pechos, oprii iía nuestras gargantas y llenaba de lágrimas nuestros ojos... -iQi. iél- -rugió, verdaderamente rugió el condenado. No es el indulto... ¿No viene el indulto? ¿Me matarán... ¿De veras me matarán... ¿Pero de veras me... Y no pudo concluir, porque ca 3 -ó á tierra como do por el rayo. Acudimos lodos en su ajaida. Reconocílo. Aque- llo era la muerte... Un violento ataque al corazón asistolia, colapso cardíaco... ¡Pronto! -grité. ¡El botiquín, á escape! No disponíamos entonces de los preciosos medios de combate que hoy empleamos para luchar con tan poderoso enemigo; los enérgicos inyectables modernos, los tubitos esterilizados, de esparteína, de cafeína, de digitalina mismo; pero allí tenía el remedio, si remedio había para aquello en el mundo. Desconfié del éter y tomé aceite alcanforado; preparé la jeringuilla de Pravaz... llené la capsulita... y mientras tanto, una voz fría, glacial, implacable, gritó en mis oídos: ¿Qué vas á hacer, insensato... ¿También tú... ¿Qué consuelos, qué bienandanzas, qué venturas vas á ofrecer á ese desdichado cuando lo devuelvas a l a vida, estorbando la piadosa tarea de la muerte... ¿Quieres que viva, para poder quitarle la vida? ¿Lo arrancas ahora, insensible, de las garras de la muerte, para entregarlo á la muerte misma cuando pueda sentir todos los horrores de su abrazo... ¿También tú, mediquillo, quieres cumplir con tu deber... ¿Y tu conciencia... ¿No te dice nada tu conciencia... ¿Y su conciencia, doctor? ¡Qué ansiedad... ¿Qué le gritó á usted su conciencia... -Mi conciencia, señora, sufrió un momentáneo eclipse; el golpeíazo recibido turbó mis sentidos; mi razón se obscureció un instante, y en este rápido intervalo, apliqué al moribundo una inyección hipodérmica... de aire... ¡El aceite se había quedado en la cápsula, y ésta se me caj ó de las manos... Cuando me di cuenta de lo ocurrido, era ya tarde... Con la pérdida de aquellos preciosos momentos, mi crimen se había consumado... ¡El reo había muerto! ¡Bravo, doctor... Ahorró usted un día de luto á la Í 3o blación; á Riego, un suplicio horrible... i Venga esa m. ano... ¡Cinco minutos después llegaba el indulto, señora... VICENTE DIEZ DE TEIADA. Dibujo de Méndez Bringa 5 S 7-