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-Usted no sabe ya qué hacer páfa que suban sus azúcares. ¡Todo... Incluso que baje mi azúcar... Tulita, pasa esta taza al doctor... Tú, Perico, ofrece ésta á tu madre. ¿Con cuatro terrones también? -No, hija mía; sosa, completamente sosa. Para una vez que me he metido á confitera, me he caído en la melaza... Javier, ¿qué haces? ¿Ayunas? -Prima mía, me da mucha vergüenza pedirte unos emparedados. Tengo un hambre rabiosa; un hambre canina... ¡Señorita, que tengo haaambre! como dice por ahí ese mendigo borracho. -i Calla, por Dios! No menciones la palabra canina, y menos acompañada de rabiosa... ¿Tomas tostadas, tía... Me recuerdas el mal rato pasado con la pobre Fly... ¿Qué rabió por fin... ¿Y miss Katy? -Ni miss Katy tiene novedad, á Dios gracias, ni la perrilla estaba rabiosa, i Pobre animal... Manolo se empeñó en matarla... -Se emperró se dice, prima. -Y Cajal me ha asegurado que Fly no estaba hidrófoba... Ha hecho cultivos, y j o misma he isto los conejillos, tan frescos, con su carilla de diablejo japonés. El demonio tiene cara de conejo. Ya lo sabíamos. -Estás hoy saladísimo. -Y tú, dulcísima; que lo diga el doctor. -Yo, digo lo que entonces dije: no creí en la rabia de Fly, aunque no ha estado demás la inyección de miss Katy. Es verdad, doctor; pero el susto fué horrible. ¡Jesús! Ya veía yo ante mis ojos aquello de la sangría suelta. -Doctor, ¿es verdad que á los hidrófobos les daban una sangría suelta... -No lo creo... aunque eso se dice. -Y harían muy bien. ¿A qué prolongar los inf nales sufrimientos de un desventurado sin curación posible? Yo la daría á cierra ojos... -Tú, sí; sobre todo, á cierra ojos, como cuando disparas en el tiro de pichón. -Pues yo, no la daría... por todo el oro del mundo. -Son opiniones. Usted, no; yo, sí... -i El, doctor, que se desmayó cuando vacunaba usted á Lulú! -Pues yo, no; pollo. ¡No, por todo el oro del inundo... El deber del médico es prolongar la vida del enfermo, no abreviarla. Existe lo desconocido, lo inesperado... La diosa Casualidad... Algo de eso hice yo una vez, y de ello me he arrepentido, y me arrepiento, y me arrepentiré toda mi vida. ¿Usted? -Sí, yo... Muchas noches, el recuerdo de aquello ha hecho huir el sueño de mis ojos. ¡Cuéntenoslo, doctor 1 -i Que lo cuente, que lo cuente! -No es ocasión propicia para ello. Tomeiuos nuestro té, ya que Danie! a perfuma con él su azúcar exquisito... ¡Multa! i Multa por la adulación! ¡A contárnoslo, doctor! i A contárnoslo I- -Miren ustedes que se trata de cosa muy seria, y hasta muy fúnebre. Que se trata de un verdadero asesinato... De un crimen mío... ¡De mi crimen! ¡El crimen del doctor Amat! ¡Todo un folletín! -Realidad, y de lo más descarnado y más horrible... ¿Recuerdan ustedes la ejecución de... Riego? ¡Doctor, por Dios! ¡Que va usted á dejar en pañales á Matusalén! -Bueno; pues tampoco se acuerdan ustedes de la del infeliz á quien he de referirme, porque ello ocurrió hace algún tiempo; muchos años... Ninguna de ustedes, señoras, había nacido aún... ¡Las mamas, que saluden... ¡Espónjate, abuelita... -Riego... ¿Vamos á llamarlo Riego. Bueno; pues Riego había cometido un crimen horrible, espantoso. Baste decir que los trozos de su víctima aparecieron en forma tal, que semejaban uno de estos rompecabezas ahora tan en boga: mi verdadero piisde; por lo que tuvo tanto de embarazoso como de acertijo el ordenarlos para reconstituir el cuerpo de la interfecta... que era mujer, y joven. El ensañamiento había sido ferino; y como á éste acompañaron la alevosía, la premeditación y un sinnúmero más de agravantes, el asesino fué condenado á muerte. Y llegó el día horrendo, es decir, la víspera del día en que había de ser cumplida la sentencia. Apelaciones, recursos, peticiones de gracia, todo había sido inútil. El reo fué puesto en capilla. Yo fui el encargado de asistirlo como médico en sus últimas horas. En la cárcel pasé toda la noche, toda aquella horrible noche... Riego, confiado en el indulto, se sostenía enterillo, firme. Habíase confesado, dando muestras de un profundísimo dolor. Dios me perdone si me atrevo á indicar que aquel dolor no era de contrición, ni de atrición siquiera. Dolor de haber ofendido á Dios... Dolor por temor á las penas del infierno... ¿Qué sabía él de estas cosas? Dolor, sí; dolor rabioso de perder la vida; temor á la muerte... A morir siendo tan joven, tan sano, tan fornido... A morir cuando aún se tenía fuerzas y alientos para matar... El presidente de la Audiencia, el gobernador civil, senadores y diputados no dejaron en paz el telégrafo en toda la noche... ¡Y no llegaba el indulto... que nadie esperaba -a! Su Eminencia el cardenal- arzobispo, transido de dolor, se pasó la noche en oración. Sus ruegos al Rey no habían podido ser atendidos; dirigíase al Rey de Reyes en postrimera instancia. Y no vino el indulto... El Gobierno habíase visto imposibilitado para aconsejar á Su Majestad el ejercicio de la gracia; de la prerrogativa más alta y más dura de la Corona. A media noche cenó el reo. Se le sirvió jamón, pollo, dulces... Tomó café, bebió vino añejo, fumó un tabaco habano... ¡Ay, si todas acjuellas cosas, si alguna de aquellas cosas le hubieran sido ofrecidas... antes, á tiempo, cuando él era un pobre niño huérfano y abandonado, cuando pasaba hambres y fríos, cuando la sociedad le daba con el pie, y él barzoneaba por las calles, á la husma de un pañuelo, de un bolsillo cuando vagabundeaba por los huertos y por los corrales, al asalto de los frutos, á caza de las gallinas... ¡Cuando aún era tiempo, amigos rníos... ¡Qué responsabihdad, qué participación tan grande tenemos todos en el crimen de aquel hombre! Es verdad, doctor! Horroriza pensarlo...