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¿Qué pasa? -És usted un inconsciente: después de haber escrito ese soneto está usted deshonrado. I Se quieren más pruebas de mi aserto? Yo creo que no hacen falta; pero habré de repetir que no conviene exagerar, ni es lícito dar á mis palabras una interpretación torcida; el honor reside en la. cara, pero esto no quiere decir que cuando, entre caballeros, haya que lavar el honor bastará con lavarse la cara. N o para ello- -todos ustedes lo saben- -están los lances, los duelos, los desafíos, los pasos honrosos, las actas y, en último caso, si la ofensa es muy grave, los almuerzos, en que no se sabe si el ofendido es eí que paga, ó el ofensor el dueño del restaiiranl. Sólo de un modo espiritual pueden lavarse las manchas del honor, de ese honor que lleva su sublimidad al extremo de n tener más consonantes que palabras nobles y elevadas: amor, rubor, pundonor, fervor, candor, asador y aguador. Lo malo de estos lavados son las consecuencias: yo tengo un amigo, hombre pundonoroso, corazón valiente si los hay, tan valiente que se lee tres veces los discursos grandilocuentes con que se ilumina en la alta Cámara la discusión de los presupuestos; pues á este hombre no hay quien le haga ir al terreno ni entre la Guardia civil. Dos veces se ha visto enredado en cuestiones de esa índole, y las dos ha quedado en La. muerte... Y qué importa la muerte cuando... Seco, brusco, me cortó el párrafo cuando yo empezaba á tomarle el gusto é iba á lanzarme á una hermosa arenga, con gotas de Calderón y de Courtelíne: -No, hombre, no, no es eso... tíi me conoces... Pero es que va uno á un lance de esos generoso, decidido, altivo, sereno, con ideas del romancero en la cabeza y dispuesto á dar la última gota de su sangre en ftolocausto á la propia honra... y al final se encuentra con que tiene que gastarse dos mil francos en champagne y dar unas pesetas al juez de campo para que pague los automóviles que nos han llevado v traído desde el campo del honor á la Cibeles. Todos nos quedamos convencidos... Y es que en el mundo todo se materializa, todo, hasta el honor, cuya exacta locálización n el cuerpo humano hemos tenido la honra de descubrir. Este hallazgo puede ser la base de ulteriores averiguaciones; es necesario, es preciso, es imprescindible localizar cuanto ante el alma humana; no debemos consentir que se aprueben los presupuestos para el año próximo sin haber logrado tamaña locálización... Al llegar á este punto tiendo la vista por la librería de mi despacho, y la detengo en el dorso de la conocida novela de D. Felipe Trigo Alma en los labios... Sí, indudablemente hay momentos en que cl alma está en los labios del que reza ó del que oscti- r el más espantoso de los ridículos por negarse á seguir los trámites que entre caballeros deben llevar ciertos asuntos; ni los consejos, ni las súplicas de sus amigos bastan á decidirle. Pero hombre, Riudecañas, ¿no ves que te vas á hundir para siempre? ¿Quién va á querer darte la mano de aquí en adelante? -No puedo, chicos, no puedo- -nos decía á todos, con una nube de tedio extendida por la faz; -le temo mucho á las consecuencias. -Pero hombre, por Dios! -intervine yo. -j Que. no se diga... Después de todo, ¿qué puede pasar... la... pero hay otros momentos, trágicos y solemnes, en que no ocurre así: por ejeriiplo, cuando nos sacan una muela el alma está toda en ella, y cuando hemos de pagar una factura de cierta importancia, el alma se traslada íntegra á nuestro bolsillo. -Pero i y el honor? -demandará, machacón, alguno de los lectores. ¿El honor... Se va á la cárcel conmigo. Como decía el personaje del célebre drama; y para evitar que todos paremos en la cárcel, lo mejor será dar por terminadas estas líneas. JOAQUÍN B E L D A Oibujos de Huertas.