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EL I M P E R M E A B L E En este tiempo admirable que tantas cosas perdona, ya no parece persona quien no tiene impermeable. Fué ayer incómodo sayo más que prenda necesaria, propio de la indumentaria del cochero y del lacayo; pero hoy su rango se eleva, su necesidad se abulta, y de este modo resulta que todo el mundo lo lleva. Con que en los sucios Eneros, cuando la lluvia se crece, por nuestras calles parece que hay un mitin de cocheros... En esa funda embutidos se presentan los mortales, más ó menos. desiguales, pero todos parecidos. Suceso, en verdad, no extraño, pues el hombre, como es justo, no puede vivir á gusto sin la querencia al rebaño. Si de ese chisme el aprecio se ha extendido entre la gente, la caiisa es sencillamente su baratura de precio pues es cosa comprobada que, por suerte del negocio, se impermeabiliza un socio por poco menos de nada. Y así. modestos varones y presumidos horteras parten por esas aceras los húmedos corazones, gracias á los industriales que aman nuestros intereses, y dan géneros ingleses á los precios nacionales. Respecto á su resultado no hay que discutir siquiera, porque siendo de tercera, lo que dure es demasiado; pero de olvidarlo hay modo por sus formas caprichosas, que en esto y en muchas cosas la buena forma es el todo. Siempre de aspecto elegante, para que ocupen su plaza, los hay de papel de estraza que nunca ha sido secante, y dé otiras, que tal vez sean materias bien oportunas; pero, la verdad, algunas como la esponja chorrean... Uno de esa enorme tropa, que se sentó el otro día á mi vera en el tranvía, me puso como una sopa; y de esa prenda sañuda del útil, cóiñpdo, y nuevo, disfruté, aunque no lo llevo, la ventaja pistonuda... Pero, en íín, metido en aguas el tiempo, es. recomendable que se use el impermeable... ¡sin olvidar el paraguas! GIL PARRADO. Dibuio de Medina Vera