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nados hombros, que se doblaba á escuadra dcslizáiidosc por los iiácidos brazos abajo, ilabíascle consumido el vientre, y dentro de las perneras holgadas de su pantalón sólo debía de ocultar los fémures, pelados, sin muslos, mondos los huesos ílc las piernas, sin pantorrilla, esqueletados, con la chueca prominente oscilando sobre ellos en la rodilla afilada, puntiaguda. El viento, al agitar sus ropas, lo desnudaba sin despojarlo, y los alambres de aquella armazón se adivinaíjan clavados en los grandes zapatos de lona, huecos también. Tosía secamente, hondamente, constantemente... y sus descarnadas manos, de largos y aporrados dedos, queriendo esconder aquella tos, tapábanle toda la cara. Sudal) a. sudaba m u c h o sudaba siempre; y se moría d j frío dentro de su gabán, en plena canícula. Jadeaba. Sólo, sólo con su perro, salía del hotel (donde no recibía á nadie ni n a d a ni visitas, ni cartas, ni periódicos) y, dcsi) aciío, bamboleándose, i) iaya adelante, se internaba en el pinar ó se encaramaba en las rocas de la punta, donde, mirando al mar, se cjuedaba absorto, mudo, exrasiado, coní; em lando el lento ir y venir ele las inquietas linfas en los días serenos, y en tardes de marejada, los alborotados cachones, las ingentes olas bramadoras, las ondas espumosas, enamorada? de la arena húmeda, oloro sa, dorada por los rayos del sol. Y allí permanecía inmóvil horas y horas, viendo reflejada su historia triste en la esmeralda viva de las aguas, donde acaso una mujer- -sirena de otros mares- -mostrábale las perlas de sus dientes, los zafiros de sus ojos, los corales de sus líibios, los múrices nacarinos de su seno... ocultando su cola escamosa de monstruo, con ondulaciones de serpiente. Miraba él al mar y el perro lo miraba á él, y cuando él tosía, el can ululaba... Nunca pudimos saber uién él fuese. E n el hotel no lo conocía nadie; á nadie saludaba. E r a hosco, huraño, taciturno, aunc ue correctísimo. ünp. dama, curiosa impenitente, aventuróse cierto día á decirle: -Y o creo c ue lo conozco á usted, caballero. Y él contestó sonriendo galantemente: -E s muy fácil, señora. Y no pasó de ahí. En el registro de la fonda, un nombre que trascendía á criptónimo disfraz respondía por é l I) Vicente Ferrer, de Valencia. Aquello no colaba: pero no había más que aciuello. Del perro, sí; del perro sabíamos mucho más que del a m o ac nel amo sombrío, que lo llevaba encadenado constantemente; constantemente preso paso á paso al suyo: medido, lento, desesperante... El can- -un ampuloso perro de aguas, blanco, rizado, embarnecido; con su rapado nalgatorio ornado con el rufo pomjwn caudal; con pulseritas en las esquiladas p a t a s pingüedinoso, embor r a d o por exceso de alimento y por falta de ejercicio- -se llamaba Sirio. Sirio lo había llamado una vez su dueño y cazamos al vuelo el n o m b r e y por Sirio respondía él, ó, por lo menos, así lo llamamos ya todos. E r a guíusmcro, agradecido y hasta un poquito habilidoso y bien cd ido, pues sabía enderezarse con las ancas en t! e; -ra, y dar la mano á, quien se acercaba á pedírsela. Por un terrón de azúcar ladraba una v e z dos, por d o s por tres, tres. De aquí no pasaba, quizá porque tampoco pasaban de ahí los teirrones. Sin duda, seguía la táctica de su a m o ¡E s muy fácil! y nada mas. Cuando el verano siguiente volví á pasar una temporada a! mismo hotel de aquella muerta playa levantina, ya no encontré allí ni á D. Vicente ni á su perro. Contáronme que una tarde otoñal, fría y lluviosa, con lluvia de aguas nuevas, con lluvia de hojas viejas, D. Vicente F e r r e r no salió de la fonda; lo sacaron, camino del cementerio; y tras el menguado cortejó fúnebre, marchó Sirio. sin cadena por primera vez en su vida. Entró el can en el camposanto, vio cómo encerraban á su amo en un estrecho compartimento de una estantería colosal de innúmeras portezuelas... Retiróse la gente y Sirio permaneció allí, agazajiado, es erando que su dueño se levantase y saliera de su encierro; y como esto no ocurría, intentando despertarlo, se enderezó sobre sus ancas, ladró una, vez, dos veces, tres veces... ¡no sabía más! sintió frío, sacudióse las mojadas melenas y salió, encontrándose con toda la libertad del mundo y con todo un mund. o de libertad i or delante. Y desapareció Sirio... ¡el perro del hético! por nadie a etecido, por todos rechazado, y no volvió á vérsele más. I7 na tarde me encaminé á las rocas de la unta, y al sentarme en ellas, con el mar á mis pies, al alcance de mi mano, en el mismo sitio tanta. veces visitado jior el misántro o enfermo ya desa arecido, el recuerdo de éste acudió á mi mente y, unido á este recuerdo, quizá por invisible cadena, el de! orondo y atildado jierro, comjDañen inse 5 arable del difunto. Y como si mi remembranza fuese un conjuro, res ondiendo á mi evocación, resenLÓse ante mis ojos Sirio: sí, el propio Sirio, saltando de roca en roca, libre, feliz, horro... Pero ¡en qué estado! Su gordura se había trocado en delgadez: su i) acborra, en agilidad; sus rizadas melenas nítidas, pulcras, en informe vellón de vedijas enmarañadas, apeñuscadas, sucias sus rosadas ancas, rapadas y pulidas er oíros tiempos, desaparecían bajo una apelmazada capa de ai: ielotados rizos; las patas peludas, sin esbeltez, elefantinas; los ojos invisibles, hundidos en la maraña de sus guedejas; el hociquito negro, comido por los bisuntos bigotes, que si no púrpura de Tiro, destilaban inmundicias. ¡Qué cambio! i Oué transformaciém... ¡Quantum mutatus ah ilío... ¡Sirio! -le dije, sin poder contenerme. -Pero ¿eres tú, Sirio... f Y él, mirándome de hito en hito, reconocióme también; y plantándose ante mí. se irguió, jraniéndose en centinela, y ladrando, en espera del no olvidado terrón, recibido otras veces de mi mano. -P e r o ¿qué ha sido de tu vida. Sirio? -torné á preguntar. Y entonces ocurrió una cosa estupenda, inaudita, que me dejó atontado, con ruido en los oídos, sin luz en los ojos, con desvanecimiento de cabeza... ¡Sirio me hablé) Sí, me habkS como un hombrecito. Lo oí perfectamente. -i Pues ahí verá usted, señor! -me dijo. -Corriendo la briba... ¡Si vuera usted cuánto he sufrido desde c ue no nos vemos... Cuando murió mi amo, me encontré en la calle... y en c u e r o s sí, señor; ¡en c u e r o s ¡Vergonzosamente en c u