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poner la música que les parezca á la letra que re- (En cambio, cirTdido el hombre ruidoso descubre ciQen. desde la plataforma á un su amigo de carácter tímido Esto es lo que olvidan, precisamente, los hombres que va oculto en un rinconcito del interior, el especruidosos, que van derramando la susodicha salsa sotáculo resulta verdaderamente divertido y muy supebi- e ios demás. Todo lo dicen en voz alta cuando esrior al precio del billete. tán en público, lo que nos hace suponer que tampoco- ¿Sigues con aquella morenaza... i Qué suerte habrá quien los resista en privado. tienes, granuja 1- -le grita á las primeras de cambio. En la tertulia del café, en el tendido de la plaza de O también toros, en el vestíbulo de los teatros, en el salón de- ¿Compraste, al fin, aquel paraguas en el Monte? conferencias del Congreso ó del Senado, sueltan el- ¿Te hicieron daño los callos que comimos ayer chcrro grueso de su voz, que el Señor les conserve, en las Ventas? para que nos enteremos de sus opiniones y comen- -Y esa martingalita, ¿te da buen resultado? tarios. -Y a he leído tus versos en La lira y laurel. Y menos mal que en esos sitios, por lo mismo que- ¿Vas á escribir algo para el Apolo de Chamberí? son públicss, podemos librarnos de su presencia incóO cualquier otra intimidad por el estilo. moda con un mutis lo triste es cuando se cuelan en Todos los viajeros clavan sus ojos en el interro- un tranvía, por ejemplo, y allí tropiezan con un amigo en quien realizar el experimento... Entonces, el hombre que habla siempre en voz alta hace una edición especial de su biografía, y sabemos que ha tenido un catarro, que se mudó de casa, que no le gusta la perdiz á la catalana, que es intimo de Burell y otras cosas no menos interesantes. Si por casualidad coinciden dos hombres de esos en un tranvía, su conversación adquiere inmediatamente un aspecto de diálogo teatral, a veces entretenido y ameno. De todos modos, convendría que el cobrador anunciara á los pasajeros que en aquel viaje hay entremés por si prefieren esperar al otro coche. una cna. La tradicional galantería española me impide incluir á las señoras en el número de los que molestan con sus voces en esos recintos locomóviles; pero cualquiera que ha 3 a viajado en tranvía se habrá tragado más de una vez el encuentro de varias amigas y su conversación correspondiente. ¿No resultaría oportuno añadir á los le; reros autoritarios otra plaquita que dijera Se prohibe hab: r á gritos Difícil será conseguirlo... Contentémonos con que los gritadores tengan discreción y comprendan que sólo deben decirse en voz alta las cosas que no se pueden decir en voz ba. ja. GiL PARRADO.