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jff i i f v n i EN VOZ ALTA i RA c o n t r a s t a r dignamente con esos hombres que hablan tan bajo, tan Ijajo tic no les oye el cuello de su camisa, hay en el mundo una especie de ciudadanos que liablan p a r a el cuello de la camisa del prójimo más distante. Yo no t r a t o de corregirles, ni siquiera de censurarles, porque á mí suele p a r e cerme bien casi todo lo que p a s a pero si me ¡icrmito decir que la costumbre de h a b l a r á gritos nie resulta bastante desagradable. P a r a ellos ha debido inventarse la conocida frase soy todo oídos pues se n e cesitan de r e g u l a r t a m a ñ o cuando se les escucha, y taniliién conviene t e n e r a l g u nos de repuesto por si con sus voces se estropean los que disfrutamos. A n t e uno de esos ejemplares de hombres ruidosos, vacilan hasta las más p r o fundas convicciones res ecto á la nobleza de ese instrumento sonoro y exjiresivo con el que todos cohdjoramos en el estruendo del planeta. Sabemos que la p a l a b r a es un don d i v i n o pero, la verdad, nos cuesta mucho trabajo suponernos á la D i vinidad vociferando por esos mundos. Y aunque no i g n o r a m o s la conveniencia de que liaya diferentes voces p a r a iue la vida no resulte un coro más ó menos desafinado, creemos que es más molesto elevarse al calderón de los tenores que sumirse en las profundidades de los bajos. o hay más que una regla respetable en el arte del bien halilar: ponerse á tono. P a r a los niomcntos distintos de la existencia se han hecho las diferentes voces i ¡c todos poseemos, y n i n g u n a persona que se estime eu algo deljc cambiarlas ni olvid a r su j u s t o y (fecoroso empleo... ¡H a s t a el contrabajo, gruñón y flatulcnto de suyo, tiene también sus pirjrjicatos! ivn voz baja se dicen las m á s dulces t e r n e z a s c uc nacen del corazón y sus alrededores, y las palabras más dolorosas, como ¿M e puede usted dejar un r ir de d u r o s? y las más sinceras, por e j e m p l o ¡Maldita sea tu estampa... lín voz alta no sé dicen más que t o n t e r í a s ya las proiiias (el o r a d o r) ya las ajenas (el cómico y sus esjiccies similares) También se dan en voz alta las órdenes de todas clases, y se r e g a ñ a á los inferiores, y se establece el intercambio de adjetivos den i g r a n t e s que suele acabar en un aci: a, aunque los combatientes disfruten ya la de cualquier distrito. J lstos diversos tonos con que matizamos la exiiresión de nuestros sentimientos son la v e r d a d e r a salsa de la jjalabra h u m a n a Y basta el iiltimo de bis cocineros sabe condimentarla con seguridad y p r e s e n t a r l a en su debiclo punto. A nadie se le o c u r r e decir á gritos á u n a m u j e r ¡T e quiero más que 4 mi v i d a! ni soltarle entre dientes á un ciudadano la bonita frase ¡E s usted un imbécil! con ánimo Hr- empezar una cuestión personal. E n ambos casos, estaría desentonado. Me rero á la palabra oral, ntituralmente. El a m o r se puede hacer también por señas, i. mo el insulto por escrito, y entonces la mujer a m a d a y el hombre odiado pueden f 4 t, f t