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Sobre la cresta de un pico, sobre sus rocas salvajes, que buscan luz desgarrando las crestas de los pinares, está la Irene, la moza más linda de Miravalles. Mientras, las águilas cruzan sobre tan hosco paraje; llegan los sones del Ángelus desde pueblos no distantes, y en los brazos de la Noche se va adurmiendo la Tarde. Tanto al menos como el torvo matorral, inabordable; como los pinos que arraigan en tan agrios peñascales; como las aguas cumbreñas, que en riscos tan altos nacen, es la Irene, parte viva de la Sierra... que es su madre. Parte gentil, primorosa... ¡Bella, fuerte, brava) arte! i Flor de la cumbre... ¡Sonrisa picaresca del paisaje! Llenan, inundan entonces, los ámbitos celestiales, lumbres del Sol en Poniente, como ráfagas de sangre. Y en tanto, la Irene gusta de bienestar inefable. En tanto, su cuerpo mozo sobre los cielos destácase; como fijado en la cumbre por obra de sabias artes; con que las rocas no pidan un más hermoso remate. ¡Su cuerpo feliz! ¡Con todos sus encantos montaraces! ¡Para dicha, para encanto de las águilas caudales! Luce, la Irene, cabellos del color del azabache; frente noble, que cobija limpios, honestos pensares; negros los ojos rasgados, que son como dos imanes; boca de labios muy rojos; barba con breves lunares... Y, en suma, belleza y gracias por todo el blanco semblante. Con salud de moza fuerte sus senos hermosos laten. Con esbeltez que enamora mueve su cenceño talle. Con ágil andar descubre primores mil, adorables; de todo su cuerpo rico, tan venturoso, tan ágil. Más que el pueblo, donde siempre la persiguen los galanes. por las vueltas y revueltas de sus plazas y sus calles, campos ceñudos requiere, cumbres adustas le placen. Así, con frecuencia tanta- -frecuentes son sus afanes, -la mira el Sol cuando vierte regueros tantos de sangre; sobre las cimas fragosas, en la quietud de sus aires Son sus amigas por ello tantas águilas audaces. Goza, por ello, pisando cumbres que pisara nadie. Mientras el Sol, que declina, viste de luz los celajes, dorados por él, á veces, con los tonos del esmalte. Mientras tocan á oraciones en los templos de los valles. Miróla yo, bien oculto por las matas y los árboles, y en ella la musa veo de los serranos cantares. Los de versos tan pulidos, los de gracias tan cabales. Los cantos mil de la Sierra, tan libres como sus aves. Los que pasan, los que vuelven á través de las edades, volando de boca en boca, sabidos siempre por alguien; con eternas armonías, con eternas mocedades. ¡Cantos que huelen á flores, y coplas que á mieles saben! i Ah, la Irene! Cuan galana cuan gentil en horas tales. i Parece que posa el vuelo sobre las peñas un ángel! Toda la sierra, tan noble, tribútala vasallaje, desde sus cumbres más altas á sus barrancos más grandes. La ofrendan su olor más puro los apretados pinares. El cantueso y el tomillo, sus olores más fragantes. La retama y el romero, sus mejores homenajes: i aromas también! Los pájaros trovas y trovas amables. Cantan las fuentes por ella, desatando sus raudales... Y para ver sus hechizos, de flor de los montes, ábrese como una rosa de plata el Lucero de la l a r d e Musa de la brava sierra, moza del bello talante.