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mTm En m (smn y PAGINAS FEMENINAS CRÓNICA DE PARÍS MlEfiCOLES a i DE DiClEMBííE ü n la Última quincena he tenido ocasión de acl mirar un sinnúmero de encantadoras stlhonttes, que animan París con su incesante ir y venir. E n Auteuil obtuvieron un verdadero succés de curiosidad, nuis bien que de entusiasmo, tres señoras á quienes yo adjtidicaría el grand prix de extravagantes. Sus toilettes cjuerían ser Directorio pero más bien hubieran pasado por japonesas. U n a de ellas estaba hecha con raso parma y raso n e g r o sobre la unión de estos dos colores tenía, bordados en tonos azul porcelana, inmensos crisantemos, y una faja de liberty negro rodeaba el talle. 1. a segunda era de terciopelo azul marino, cerrada por delante hasta la rodilla, y desde ahí abierta sobre una falda de tissn, que dejaba al descubierto los pies y los tobillos. U n a cola pequeña, rodeada de rat musqué (la piel de última moda) hacía juego con una esclavina Marie Antoincíte, sujeta por un botón de excepcionales proporciones. Como complemento, un sombrero de terciopelo azul, empanachée detrás con flores del mismo color. L a tercera traspasaba los límites del atrevimiento. E r a toda de point de Milán, muy fino, sobre muselina de seda rosa, y revoile de gasa azul marino soiitachéc del mismo tono, sin más vuelo que puramente el preciso para echar el paso y con un viso casi tan transparente como las gasas. A propósito de estas transparencias voy á referir un sucedido muy gracioso Se trata de una mtichacha de la m c p r sociedad, muy mona y muy correcta, pero bastante corta de vista. Envuelta en su abrigo de noche, largo hasta el suelo y completamente cerrado, cruzó el foyer y entró en el palco; como es natural, se quitó el abrigo, y al verla su familia la rodeó, riendo en medio de grandes exclamaciones. ¡Se había puesto el vestido de crépe rosa sin nada debajo! Pretextando un fuerte catarro, se envolvió en sus pieles y pasó una noche horrible. Pero lo mejor de todo fué la contestación de la doncella, que escuchó respetuosamente cuanto le dijo su señorita, y después r e p u s o Creí cjue la señorita se vestía así para seguir la m o d a ¿Será posible qtie l l e n e m o s á llamar moda á lo que en realidad es una carencia total de juicio? Quizá tengamos esa desgracia, como nos ha sucedido con las faldas estrechas, que al principio todas las señoras las ridiculizaban y hoy se las ponen, alegando como excusa que la moda lo exige. Las modistas tienen varías banquetas de diferentes alturas, para que las señoras, al probarse los vestidos, los dejen con el vuelo necesario para poder subirfe al coche con relativa facilidad. Sería bonito que las elegantes se uniesen para crear modas propias y desechar las que, sin duda alguna, están en desacuerdo con sus ideas y sus costumbres. MUe. Gabriell Dorzíat, c ue tiene tanto talento como buen gusto, ha lucido preciosas toilettes en L Avent Hrier, la última obra de Mr. Capus. U n a de ellas, quizá la más sencilla, es ideal y moins osee que las del público. E s de liberty blanco, cubierto de gasa lamée d argent, formando fantásticos dibujos, con una doble túnica bordeada d, cristal, sujeta por la cintura con ancho bordado de plata igual al que guarnece el borde de la falda (que tiene bastante vuelo) O t r o vestido cjue se separa de las exageraciones por lo tanto, es muy bonito, está hecho de mesaline celeste, con un borde de terciopelo bordado con cristal y una guirnaldita de rosas. El cuerpo y la sobrefalda, de gasa, también celeste, ligeramente fruncida, termina con una guarnición de skimgs, lo mismo que las mangas. L a falda es corta; pero lo suficientemente amplia para que se pueda bailar con comodidad y sin amaneramiento. Los adornos de cabeza han decaído notablemente, sobre todo entre la gente joven y las personas que presumen de peinarse con artística sencillez. L o que el buen gusto aconseja es un hilo de perlas ó de brillantes entre rizos muy ligeros. CONDESA D A R M O N V I L L E EL E S T I L O A S I R I O U a s t a ahora era corriente amueblar las casas con arreglo á un estilo determinado, siendo los preferidos los estilos Luis XV, Luis XVI ó Lnperio; pero desde que los distinguidos exploradores M. et Mnie. Dieulafoy han descubierto muebles auténticos de los que decoraron las habitaciones de suntuosas casas de la antigua Nínive, el estilo asirlo ha venido á sintetizar la última palabra de la moda. Después de un penoso y detallado estudio, ha conseguido un fervoroso adorador de antigüedades -j unir y restaurar varios muebles de aquella época para decorar un salón, que en verdad no le falta detalle y permite al que lo contempla apreciar las bellezas artísticas del más puro estilo asirlo, que, hablando con sinceridad, lo encontraremos precioso si la moda llega á imponérnoslo; pero la primera impresión no es favorable. Yo no tengo más que un modo de expresar si una habitación está amueblada á mi gusto 6 no. Cuando al entrar en un cuarto por vez primera, pienso: i Cómo me gustaría estudiar en aquel rincón, ó descansar en esta butaca, contemplando aquella figurita de mármol y aspirando el aroma de un millar de violetas aprisionadas en un vaso de cristal! es que su confort me atrae, aunque carezca de algunos detalles característicos de uno ú otro estilo; pero si, por el contrario, al admirar un salón que todos califiquen de ideal, a mi imaginación se presenta el recuerdo de un cuartito modesto, pero que hable al alma, es indudable que no me gusta, y eso precisaments es lo que me sucede con el estilo asirlo. Admiro sus incrusta-