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que Duscase discretamente ocasiones de conversar con él, que le proporcionara, por medio de hábiles preguntas, oportunidades de que luciese, delante de todos, su talento de narrador y su fácil verbo, cosa que la modestia de Amenábar no podía mnciías veces resistir. Este fino cuidado de mostrarle su preferencia, siempre que ello era compatible con el recato de una joven bien educada, hizo que los cortesanos se enterasen de la inclinación de Mirka por el adláterc del embajador de Felipe V, y que todos le dieran sus plácemes y sus enhorabuenas, tal era la fama de insensible de que ésta gozaba; á lo que D. Diego respondía siemj ire que ello eran imaginaciones de los desocupados, que la hija del canciller nunca reparó en su insignificante persona, ni él era bastante osado á levantar la mirada á tan alto lugar. El mismo Viétor, á pesar de sus negativas, diólc broma con la tal conquista, animándole á la empresa, muy digna de que la llevara á cabo un español. No obstante lo cual, Amenábar continuaba firme en su actitud, sin atender las insinuaciones cada vez más claras de Mirka, cjue no perdía coyuntura para ponerle en el disparadero de que le declarase su amor, desplegando para conseguirlo todas las artes de que las mujeres disponen cuando quieren hacer perder los estribos al varón más resistente y austero, hasta obligarle á dar de bruces en esc estado de anulación del albedrío que se llama amor Sabido es que las contrariedades más efecto producen en iuicn está menos aco. stumbrado á sufrirlas, por lo que á Mirka irritó extraordinariamente la reservada actitud del galán, el cual era el único en no enterarse de sus atenciones, sacándola de quicio la per etua cortesía de D. Diego, que era como el escudo protector tras del que se amparaba contra los avances de la muchacha. Y aunque ésta empleó el recurso de la coquetería con otros, porque los celos suelen ser buen espolique para avivar afectos del querer, convencióse al fin y al cabo de que no conseguía su objeto ni lograba alterar la imiJerturl) able serenidad de Amenábar. Decidida á jugarse el todo i: or el todo, aprovechando la primera oportunidad que presentarse udiera, animó un día á su corte habitual para que fuera con ella á admirar unos magníficos leones ciue acababa de regalar á Gustavo Leopoldo un rey (le no sabemos qué país, espectáculo que atraía la curiosidad de las gentes. Los tales leones estaban en un gran foso, lo bastante profundo para que no lo pudieran salvar ele un salto y, ahitos y bien cuidados, reposaban tranquilos ó paseándose de un lado para otro sin cuidarse de las personas que, apoyadas en la balaustrada, hacían comentarios acerca de la belleza y el poder de los felinos. Contemplaba Mirka las fieras cuando, no se sabe si por descuido involuntario, dejó caer al foso un bordado pañuelo que en la mano llevaba. j Mi pañuelo! -exclamó dando un ligero grito- ¡Qué lástima! ¡Tanto aprecio en que lo tenía! Miraron todos al suelo y vieron que uno de los leones, que se dio cuenta de la caída del objeto, acercóse al lienzo, alejándose otra vez, desdeñoso, cuando lo hubo olido. ¿No habrá nadie que, or amor hacia mí, baje á recogerlo? -preguntó la coqueta, mirando á sus acompañantes y, especialmente, á Amenábar. Todos los ojos fijáronse en éste, comprendiendo que á él iba dirigido el ruego y, mudos de asombro, le vieron despojarse del sombrero, trasponer la balaustrada y bajar al foso aprovechando para el descenso unas barras de hierro que, á guisa de escalones, estaban empotradas en la pared de piedra y concluían como á metro y medio del piso de aquél. -i Dios mío! -dijo Mirka pálida y convulsa. ¡Detenedle! Y una exclamación de angustia salió de los labios de todos los presentes, que seguían ansiosos el drama que ante su vista se estaba desarrollando. -i Loca de! ¿Qué hice? -gemía Mirka tapándose los ojos con las manos. Subid, subid! ¡Socorredle! Amenábar, al llegar al suelo, fuese sin prisa hasta donde el pañuelo estaba; regresó después, vuelta la espalda á las fieras, frente á Mirka y levantó el blanco lienzo en señal de triunfo, guardándolo después en su ropilla. Acercóse al muro, se asió al primer peldaño y á fuerza de puños conseguía ya alcanzar el segundo cuando uno de los leones, que había presenciado inmóvil la temeraria empresa, enderezóse como para saltar sobre don Diego. U n grito de horror se oyó entonces, varios aballeros cogieron piedras y se las tiraron á la ñera, que se detuvo un punto, vacilante, cuyo mollento aprovechó xA. menábar para alcanzar la balaustrada y saltar al suelo. ¡Qué entusiasmo entonces! ¡Q u é vítores al valor y a la serenidad del español! El cual acercóse á Mirka, medio desmayada, é inclinándose profundamente ante ella, le alargó el lienzo con tanta exposición recobrado, sin decir una palabra. -i Perdón, perdón! -suplicó ésta llorosa. -N o tengo que perdonar- -contestóla D. Diego. -Los deseos de las damas son siempre órdenes para mí. Cogió Mirka el pañuelo, lo llevó á sus labios rojos y, tendiéndolo á su interlocutor, h dijo: -Quedaos con él en recuerdo mío. -N o merezco esa honra, señora- -repuso Amenábar, inclinándose frió y respetuoso ante ella; -guardadlo vos, y os servirá de memor a de un caballero que, con gusto, puso la vida á vuestros pies antes de que perdierais ese trozo de lienzo. Bajó Mirka la cabeza, retiróse de allí, y es fama que no volvió á dirigir la palabra al español en todo el tiempo que éste permaneció en la corte de Simia, acompañando al conde- duque de Viétor. G. ANTHONY. Dibujo de Méndez lírijjíj a. 2 3 4 5 6 7