Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
do- -del más desenfrenado lujo, el que allí se desplegó durante la vida del famoso Monarca, de donde viene el dicho popular que tanto emplearon nuestros escritores de antaño: ¡Anda, c ue gastas más boato que el Rey de Simia! Mas para los que gustamos de estudiar las cosas no en su aspecto exterior, muchas veces exagerado ó inexacto, pues nada hay como el transcurso del tiempo para abultar y desfigurar los sucesos pretéritos, es la verdad que la figura de Gustavo Leopoldo V merece mayores respetos que los que hasta aquí ha alcanzado, porque consiguió engrandecer á su patria- -insignificante estadillo desconocido hasta entonces, ahogado como está entre dos poderosas naciones- -aprovechando para su medro, con habilidad de sutilísimo diplomático, las discordias de sus temibles vecinos. Rota esta lanza en favor de la justicia, con objeto de restablecer la verdad histórica, bastante malparada en manos de investigadores chirles c ue sólo beben en las fuentes de las consejas y no en la documentación fehaciente que se custodia en los públicos archivos, explícase- -por la importancia que el reino de Simla- Khraonisky adquirió en aquella época- -que la católica Majestad de D. Felipe V expidiese Cartas Reales en favor del condeduque de Viétor, grande de España, acreditándole como su embajador extraordinario cerca de Gustavo Leopoldo y le enviase, con un lucido y brillante séquito, á saludar á este Monarca en nombre de su primo el Rey de todas las Españas. De la manera y forma en que el conde- duque desempeñó su delicada misión, da puntual noticia un manuscrito que hemos examinado (del c ue se toman todos los antecedentes de este exactísimo relato) así como también de la grandiosa acogida que la embajada obtuvo en la corte de Simia, de los agasajos que en su honor se celebraron, las distinciones de que Gustavo Leopoldo hizo objeto á Viétor y á sus compañeros de expedición, y la lista de los regalos, verdaderamente espléndidos, que el Monarca envió á su augusto colega el Borbón español. De entre el escogido grupo de los acompañantes del conde- duque destácase con mayor relieve el caballeresco tipo de D. Diego de Amenábar, verdadero ejemplar de nuestra raza de entonces, seleccionada por las consecuencias de aquella fiebre de conqtiista que nos llevó á los apartados confines del Nuevo Mundo en una empresa sin ejemplo en la vida humana, y por el continuo luchar en lejanos países de Europa, empeñados en sostener una hegemonía que tocaba á su fin. Era Amenábar un rico caballero vascongado al que, como á tantos otros paisanos suyos, tentó la seducción del mar y muy joven lanzóse á surcar la peligrosa vía, recorriendo Francia, Inglaterra, Italia y Flandes y, más tarde, Méjico y otras importantes posesiones españolas de América. En Méjico tuvo ocasión de conocerle el condeduque de Viétor, á la sazón virrey de Nueva España, y el natural despejo del joven, acrecentado por la experiencia y conocimiento del mundo y de las gentes que dan los viajes al que es inteligente y observador, conquistáronle pronto y desde entoncer le atrajo á su servicio, empleándole en cuantos asuntos difíciles, de monta ó riesgo, tuvo aquel que intervenir ó fué llamado á resolver. Cuando llegó á la corte de Simia, era D. Diego de Amenábar raj ano en la cuarentena, pero á quien la vida activa había conservado la esbeltez propia de la edad moza, sin que la blancura de alguna que otra cana se vislumbrase entre su abundante cabellera castaña. De porte principal y distinguido, lujoso en el vestir, en el conversar ameno como hombre que ha gozado de la vida en variados países y entre diversas gentes, y de genio alegre y comunicativo, adueñábase muy pronto de la simpatía de cuantos se le acercaban, sobre todo, si eran damas jóvenes y hermosas, pues entonces se decuplicaban sus naturales medios de atracción, mostrándose con ellas respetuoso y galante, generoso y tierno. Su inquieta vida no le dio ocasión para elegir mujer, y solía decir que como conociera tantas, bellas, inteligentes y buenas, nunca supo cuál le gustaba más, esperando siempre encontrar el término de comparación necesario para formar recto juicio y poder rendir á una de ellas su voluntad y su albedrío. El más preciado adorno de Simia era la bellísima Mirka Walewsky, la hija del canciller de Gustavo Leopoldo. Alta, arrogante, majestuosa, distinguida, música excelente, de cultura excepcional para aquella época, brillaba con los atractivos de la hermosura, realzados por el esplendor que presta una posición eminente. Tenía, sin embargo, un defecto: el de conocer su valer y estimarlo en mucho, pues cuantos la trataban desde que nació adularon en ella á su casi omnipotente padre, inculcando en la preciosa y rubia cabecita de la muchacha la idea de que no había otra mujer que reuniese mayor cúmulo de perfecciones ni fuese tan digna de ser admirada. No quiere esto decir que la dominaran los pecados de orgullo ó presunción, sino que acostumbrada á la lisonja, juzgaba que todos la debían tributar el vasallaje de su rendimiento, pero no como muestra de cortés deferencia á su rango y á su sexo, más como pleitesía á su hermosura y á su valer, superiores á los de las restantes damas. Y así, hombre que por primera vez la tratase quedaba, á juicio de Mirka, esclavo sumiso de sus encantos. Según era lógico, Amenábar fué presentado á la hermosa dama por el conde- duque de Viétor, ei cual no omitió elogios que realzaran la personalidad de su protegido, y en el ánimo de la hija del canciller prendieron, con la ayuda de la bella estampa del caballero, de su apuesto continente y de la aureola que entonces todavía rodeaba á lo que era español. Pero D. Diego, bien porque conociera el flaco de Mirka y no quisiera darle cordelejo á fin d reparase así en su persona, bien porque la elevada alcurnia de la joven le moviese á guardar una prudente reserva, muy propia de sus años y de su cautela, no hizo demostración alguna por donde Mirka pudiera colegir c ue le había inspirado otra cosa que una respetuosa deferencia. Y como el caballero se abstuvo cuidadoso de toda muestra de interés que no fuera la propia de su perfecta cortesanía, permaneciendo insensible- -en la apariencia al menos- -ante los encantos de la Walewsky, ésta, no acostumbrada á tales indiferentes actitudes, fijóse en D. Diego y puso empeño en vencer esa frialdad que no se explicaba. De ahí cpe le distinguiera con sus amabilidades,